EE.UU contra la unidad e integración de América Latina y el Caribe. Una historia bicentenaria. (I)

 

 

Elier Ramírez Cañedo

 

Introducción

 

En la actualidad, cuando vemos cómo el imperialismo estadounidense ha desatado la más virulenta guerra sucia contra la hermana república bolivariana de Venezuela, siguiendo los manuales de guerra no convencional, sabemos que el objetivo supremo no solo es Venezuela, sino toda la América Latina y el Caribe. Venezuela se ha convertido en la prioridad número uno por factores geopolíticos y geoestratégicos, pues nunca antes la hegemonía estadounidense había sido tan desafiada por varios países de la región de conjunto, como ocurrió a partir del triunfo de Hugo Chávez en las elecciones de 1998. Jamás la integración y unidad de nuestros pueblos y gobiernos había representado una “amenaza” de tal magnitud para los intereses de seguridad imperial de la clase dominante en los Estados Unidos.

 

Sabemos por la historia que la principal arma implementada por Washington contra nuestros pueblos fue la división –y lo sigue siendo hoy-, y esa historia no comenzó en el siglo XX, sino en el propio XIX. Así fue como logró que el monroísmo se impusiera al bolivarismo. Cuando en 1829 Bolívar señaló que los Estados Unidos parecían destinados por la providencia a plagar la América de miserias a nombre de la libertad, solo conocía parte del daño que la nación del norte estaba causando en Hispanoamérica. Cientos de documentos publicados muchos años después de la muerte de Bolívar, quizás una especie de Wikileaks del siglo XIX, nos revelan hasta que punto estuvo Washington implicado en las campañas e intrigas antibolivarianas. Lecciones imprescindibles de la historia que debemos leer en la contemporaneidad.

 

 

 

 

La actividad diplomática de los Estados Unidos contra la Anfictionía.

 

Uno de los sueños más hermosos y visionarios de Bolívar fue la unión de los países hispanoamericanos independizados en una gran confederación de estados. Para él, esa era la única vía que podía mantener la invulnerabilidad de la independencia alcanzada frente a los apetitos imperiales de la época, sobre todo a los que ya se veían venir desde el Norte.

 

Desde su célebre Carta de Jamaica (1915), Bolívar dio muestras de un profundo conocimiento de la realidad americana, de sus virtudes y defectos, y de los elementos que unían y dividían a sus pueblos. En este trascendental documento El Libertador adelantó su idea de una América unida en gran confederación de naciones libres, guiadas por aspiraciones internacionales comunes, pero sin menoscabo de las individualidades:

 

“Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; más no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que Corinto fue para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso (…)”[i].

 

La tarea de confederar a las repúblicas hispanoamericanas la inició Bolívar poco después de la creación en 1819 de la Gran Colombia, cuando envió dos emisarios al Perú, Chile, Buenos Aires y México con la misión de negociar y suscribir tratados de “unión, liga y confederación perpetua”. El senador Joaquín Mosquera firma el primero el 6 de junio de 1822 con el encargado de Relaciones Exteriores de Perú, Bernardo Monteagudo; el segundo el 23 de octubre de 1823 con los representantes de Chile, Joaquín Echeverría y José Antonio Rodríguez. Miguel Santamaría suscribe el tercer tratado confederativo el 3 de diciembre de 1823 con el canciller mexicano Lucas Alamán; luego de la independencia de Centroamérica, Pedro Molina, enviado de ese país, firma uno similar el 15 de marzo de 1825 con Pedro Gual, canciller colombiano.[ii]

 

El 7 de diciembre de 1824, desde Lima, Bolívar convocó oficialmente al Congreso de Panamá, en circular a los Gobiernos de la América del Sur:

 

“Después de quince años de sacrificios consagrados a la libertad de América por obtener el sistema de garantías que, en paz y en guerra, sea el escudo nuestro destino, es tiempo ya que los intereses y relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos Gobiernos. Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político pertenece al ejercicio de una autoridad sublime, que dirija la política de nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios y cuyo solo nombre calme nuestras tempestades. Tan respetable autoridad no puede existir sino en una asamblea de plenipotenciarios nombrados por cada una de nuestras Repúblicas y reunidos bajo los auspicios de la victoria obtenida por nuestras armas contra el poder español”.[iii]

 

Por supuesto, este fue unos de los propósitos bolivarianos que recibió el mayor antagonismo de los Estados Unidos. Washington aplaudía cualquier iniciativa que significara unir la política del sur con la del norte bajo su rectoría y sin intervención europea, más se negaba a aceptar una confederación cuyo protagonismo correspondiera a la Gran Colombia de Bolívar. En 1825, en referencia a la proyectada unión del libertador de las repúblicas hispanoamericanas, el presidente estadounidense John Quincy Adams declaró: “Nosotros con esa alianza saldríamos perdiendo, pues qué quedará de la independencia que no sea solamente la palabra, en caso que las cuestiones de la paz y la guerra no se determinen ya por el Congreso de los Estados Unidos sino por una gran confederación en la que Estados Unidos posea solamente un voto”.[iv] Joel Roberts Poinsett, representante diplomático de Estados Unidos en México, llegaría a proferir en una ocasión: “…sería absurdo suponer que el presidente de los Estados Unidos llegara a firmar un tratado por el cual ese país quedaría excluido de una federación de la cual él debería ser el jefe”.[v]

 

En el largo pliego de instrucciones –casi 40 páginas- entregado por Clay a sus enviados al Congreso de Panamá se distingue con facilidad la animadversión de Washington con los propósitos fundamentales que Bolívar aspiraba se lograsen en la magna cita: “Se desecha la idea de un consejo anfictiónico, revestido de poderes para decidir las controversias que suscitaren entre los Estados americanos, o para arreglar, de cualquiera manera, su conducta”.[vi]

 

El problema de dicha ojeriza residía en que esos propósitos chocaban con los intereses hegemónicos de los Estados Unidos. Por ejemplo, la idea de una alianza ofensiva y defensiva entre los países concurrentes –uno de los mayores objetivos de Bolívar- evidentemente podía a largo plazo entorpecer las ambiciones estadounidenses de dominio sobre toda la región de América Latina y el Caribe. Clay instruyó sus representantes que defendieran en el cónclave  la idea de que no existía la necesidad de una alianza ofensiva y defensiva entre las naciones americanas, pues ya se había despejado el  peligro de un ataque de la Santa Alianza contra las Repúblicas americanas:

 

Sea cual fuere la conducta de España, la acogida favorable que ha dado el Emperador de Rusia a las propuestas de Estados Unidos, con la conocida inclinación que tienen Francia y demás potencias europeas a seguir nuestro ejemplo, nos hace creer que la Santa Alianza no tomará parte en la guerra, sino que conservará su actual neutralidad. Habiendo, pues, desaparecido el peligro que nos amenazaba desde aquel punto, no existe la necesidad de una alianza ofensiva y defensiva entre las potencias americanas, la que sólo podrá justificarse en el caso de la continuación de semejante peligro. En las actuales circunstancias ese alianza sería más que inútil, pues sólo tendría el efecto de engendrar en el Emperador de Rusia y en sus aliados sentimientos que no debían provocarse inútilmente”.[vii]

 

Otro tema de la agenda del Congreso de Panamá que seguramente  –no aparece aludido en las instrucciones citadas- disgustaba al gobierno de los Estados Unidos era la propuesta bolivariana de abolir la esclavitud en el conjunto del territorio confederado.

 

Pese a que en cónclave de Panamá hubo resistencias de algunas delegaciones a aceptar la propuesta de Bolívar de formar un ejército continental hispanoamericano, respuesta natural a los proyectos agresivos de la Santa Alianza favorecidos con la restauración del absolutismo en España, al final se aceptó una tácita coordinación como parte de los cuatro tratados signados. El más importante de esos acuerdos fue el de la Unión, Liga y Confederación Perpetua -abierto a la firma de los restantes países de Hispanoamérica-, “cual conviene a naciones de un origen común, que han combatido simultáneamente por asegurarse los bienes de libertad e independencia”,[viii]pero que más tarde no fue ratificado por los gobiernos representados en Panamá, con excepción de Colombia. Este tratado tenía 32 artículos y uno de ellos especificaba: “El objeto de este pacto perpetuo será sostener en común, defensiva y ofensivamente si fuese necesario, la soberanía e independencia de todas y cada una de las potencias confederadas de América contra toda dominación extranjera (…)”. [ix]

 

Desde la contemporaneidad es fácil advertir el error cometido por las naciones de América Latina y el Caribe al no haber suscrito un tratado de este tipo que las protegiera de los ataques y la dominación de potencias extra regionales. Lamentablemente muy pocos de los líderes latinoamericanos tenían la claridad meridiana de Bolívar sobre los mayores peligros que enfrentaban los países hispanoamericanos recién independizados. No pasaría mucho tiempo en que se hiciera ostensible que el mayor de ellos venía del Norte. De ese Norte que se presentaba como protector de los intereses del hemisferio, pero que lo único que le preocupaba realmente eran sus propios intereses, y  estos nada tenían que ver con los del resto de los países de la región. Esta era la verdad que se escondía detrás de algunas de las instrucciones que dio Clay -en nombre del presidente de los Estados Unidos- a sus enviados al congreso de Panamá: “Deben, pues, rechazar todas las propuestas que estriben sobre el principio de una concesión perpetua de privilegios comerciales a una potencia extranjera”.[x] También cuando orienta a los mismos que se adscribieran a cualquier declaración “dirigida a prohibir la colonización europea dentro de los límites territoriales de las naciones americanas”.[xi]

 

Por igual, fueron cínicas y denigrantes las instrucciones de Clay al plantear el rechazo estadounidense al reconocimiento de la independencia de Haití: “Las potencias representadas en Panamá, tal vez propondrán como un punto de consideración si se debe o no reconocer a Haití como un Estado independiente. (…) El Presidente es de la opinión, que en la actualidad Haití no debe ser reconocida como una potencia soberana independiente.”[xii]

 

Clay explica esta posición señalando que Haití había hecho tales concesiones a su antigua metrópoli que no podía proclamarse soberana. Lo de las concesiones era cierto, pero la explicación de fondo del rechazo norteamericano a que Haití fuera reconocida como república independiente, estaba en las palabras que había pronunciado en los debates del Congreso el senador Berrien, de Georgia:

 

“…la interacción que resultaría de tales relaciones (diplomáticas) sería productiva de la más horrible calamidad –mostrarían un contagio moral, que comparado con pestilencia física, en el mayor horror imaginable, sería ligera e insignificante…y el esclavo libre, con sus manos aún ensangrentadas de su amo asesinado; sería admitido en los puertos de los (Estados del Sur), para difundir las doctrinas de la insurrección y fortalecerse, poniendo su propio ejemplo de la revuelta próspera”.[xiii]

 

Claro, tampoco puede descartarse como un elemento a tomar en cuenta, y que puede haber influido en la conducta estadounidense hacia Haití, su inquietud con el hecho de que esta nación hubiese ofrecido concesiones a Francia y no a los Estados Unidos. Ello pudo haber sido visto en la nación norteña como un mal precedente de concesiones a países extra regionales, con posibilidad de ser imitado por otros países hispanoamericanos recién independizados, lo cual resultaba inadmisible para el gobierno de los Estados Unidos en medio de su disputa con las potencias europeas por el predominio económico en el continente americano.

 

Los primeros ministros que destaca Washington a Hispanoamérica fueron instruidos concretamente sobre el Congreso Anfictiónico.  John Quincy Adams, en ese momento secretario de Estado de Monroe, expresaría el 17 de mayo de 1823, en nota enviada al ministro en Buenos Aires: “Bajo los auspicios del nuevo gobierno de la República de Colombia se ha proyectado una Confederación más extensa…comprende tanto al Norte como el Sur de América para lo que se le traza al Gobierno de los Estados Unidos una proposición formal a fin de que se una y tome su dirección…Este Gobierno tendrá tiempo de deliberar respecto a lo que le concierne cuando se le presente en forma más precisa y específica. Por ahora indica más claramente el propósito de la República de Colombia de asumir un carácter director en este Hemisferio que cualquier objeto factible de utilidad que pueda ser discernido por nosotros. Con relación a Europa se advierte sólo un objeto en el cual los intereses y deseos de los Estados Unidos pueden ser los mismos de las naciones suramericanas, cual es el de que todas sean gobernadas por instituciones republicanas, política y comercialmente independientes de Europa. Para una Confederación de las provincias hispanoamericanas con ese fin, los Estados Unidos prestarán su aprobación…”.[xiv]

 

Diez días después, las instrucciones de John Quincy Adams a Richard C. Anderson, nombrado ministro de los Estados Unidos en Bogotá, serían aun más explícitas: “Durante algún tiempo han fermentado en la imaginación de muchos estadistas teóricos los propósitos flotantes e indigestos de esa gran Confederación americana…Mientras la propuesta confederación colombiana tenga por objeto un régimen combinado de independencia total e ilimitada de Europa…merecerá la más completa aprobación y los mejores deseos de los Estados Unidos; pero no requerirá acción especial de ellos para ser llevada a efecto.

(…)

Y Mientras sus propósitos consistan en realizar una reunión que los Estados Unidos presidan para asimilar la política del sur con la del norte, se necesitará tener una opinión más precisa y exacta del fin perseguido con este designio, así como de los medios con que se llevará a cabo para que nos ponga en condiciones de resolver acerca de nuestra asistencia a la misma”.[xv]

 

Lima fue otro foco de intrigas contra los proyectos integracionistas de Bolívar. Allí actuaba William Tudor como encargado de negocios de los Estados Unidos. El 15 de junio de 1826 éste escribe a Clay: “De los resultados de la primera sesión del Congreso de Panamá necesito decir poco…Algunas de las medidas del Congreso han producido gran enojo y desilusión aquí, habiendo existido la intención de trasladar sus sesiones a esta ciudad. La traslación a México demuestra el celo sentido por esa república y por Guatemala por los planes de Bolívar: Chile y Buenos Aires enviarán ahora sus delegados al mismo y todos esos Estados se unirán para oponerse a la influencia del dictador”.[xvi]

 

Finalmente la idea anfictiónica de Bolívar no concluyó en Panamá, sino en Tacubaya, México. En esa ciudad permanecieron los ministros enviados durante más de dos años esperando la ratificación de sus gobiernos de los tratados celebrados en Panamá. Esa ratificación resultó más difícil de lo esperado debido a las crisis políticas que vivieron los países implicados: campaña antibolivariana, conflictos en la Gran Colombia, desintegración de la Federación Centroamericana, golpe de estado en Perú y desalojo de las tropas bolivarianas y guerra contra la Gran Colombia. Pero la inestabilidad del país anfitrión, atrapado en el enfrentamiento entre las logias yorquinas y la escosesa, fue decisiva en el fracaso de la idea Anfictiónica. Dicha pugna había sido incitada en gran medida por el ministro estadounidense Poinsett, quien luego de haber contribuido a la organización de la logia York, la apoya desde la sombra –y en ocasiones a la luz pública- por considerarla más cercana al modelo estadounidense y a sus partidarios defensores del régimen liberal y federalista.

 

También el diplomático estadounidense ejerció no pocas de sus influencias en las cámaras de la Federación y otras instituciones del país con la intención de evitar que las Cámaras legislativas mexicanas ratificaran los acuerdos del Congreso.[xvii]En las instrucciones que Clay le había enviado a él y a Sergeant, el 16 de marzo de 1827, les advertía que Bolívar tenía ambiciones monárquicas y pretendía manipular al Congreso Anfictiónico. En ese propio año 1827 se observa cierto interés por parte del Gobierno de México de buscar la instalación inmediata de la asamblea de Tacubaya, al existir una solicitud del gobierno centroamericano de que la asamblea medie en la guerra civil que devora al país, pero una vez más, Poinsett presiona al ejecutivo mexicano señalando que desde la separación de Guatemala del Imperio de Iturbide, Estados Unidos considera que toda injerencia de México es dañina para la independencia centroamericana.[xviii]

 

Después de conocida la ratificación de los tratados de Panamá por el gobierno de la Gran Colombia y de una última exhortación por la aprobación de los tratados del presidente mexicano Guadalupe de Victoria al legislativo, el Senado mexicano termina desaprobando la iniciativa. Fue luego de conocida esta noticia que Pedro Gual, enviado de la Gran Colombia y Antonio Larrazábal de Centroamérica, deciden retirarse a sus países de origen en 1828.

 

Como en juicio docto señaló el destacado intelectual cubano Francisco Pividal: “Con paciente laboriosidad, los Estados Unidos demoraron 63 años para desvirtuar el ideal del Libertador, concretado en el Congreso Hispanoamericano de Panamá. Durante todo ese tiempo fueron llevando al “rebaño de gobiernos latinoamericanos” al redil de Washington, hasta que en 1889 pudieron celebrar la Primera Conferencia Americana, haciendo creer que, entre las repúblicas hispanoamericanas y los Estados Unidos, podían existir intereses comunes”.[xix] 

 

La repulsa que provocó Poinsett en el pueblo mexicano, que lo acusaba de intromisión en los asuntos internos del país llegó a tal extremo que, en 1829, el presidente Guerrero pidió a Washington su remplazo. A pesar de que el presidente estadounidense Andrew Jackson y su secretario de Estado, Van Buren, exculparon a su ministro, en el fondo sabían que había metido demasiado las narices en los asuntos internos de México. Así se demuestra en las instrucciones entregadas por la administración Jackson a Van Buren a Butler, quien sustituiría a Poinsett: “Con respecto a vuestra correspondencia oficial futura con el Gobierno de México, y a vuestras relaciones, públicas y privadas, con el pueblo y sus funcionarios, el pasado os advierte rigurosamente que evitéis dar ningún pretexto para que se repitan contra vos las imputaciones que han sido arrojadas contra Mr. Poinsett de haberse inmiscuido en los asuntos internos o políticos del país; o ni siquiera demostrar parcialidad alguna hacia uno u otro de los partidos que ahora parecen dividir al pueblo mexicano. La manifestación de tal preferencia o de cualquier relación, por más remota que sea, con sus asociaciones políticas, podría nuevamente interpretarse como un deseo de influenciar o fomentar sus divisiones de partido. El Presidente, por tanto, espera que ejercitaréis el más diligente cuidado en guardaros de imputaciones semejantes, y desea que uséis de vuestros mejores esfuerzos para calmar la irritación que parece prevalecer entre una gran parte del pueblo y hacer desaparecer los infundados e injustos prejuicios que se han excitado contra el Gobierno de los Estados Unidos. Una conducta social, abierta y franca hacia todas las clases y partidos; un grado apropiado de respeto por sus opiniones, cualquiera que éstas sean; una constante franqueza en exponer la verdadera política de vuestro gobierno, sin dar vuestro parecer a menos que éste os haya sido pedido; y el más vigilante cuidado al condenar o censurar el suyo, se encuentran entre los medios que el Presidente indicaría como los más apropiados para obtener la confianza del pueblo, y asegurar para vos mismo una posición respetable en el concepto de sus funcionarios públicos”.[xx]

 

Debe mencionarse que la conducta de Butler en México sería peor que la de Poinsett, por lo que el gobierno mexicano solicitaría también a Washington su remplazo.

 

 

Notas

[i] Citado por Sergio Guerra Vilaboy  y Alejo Maldonado Gallardo en: Laberintos de Integración latinoamericana. Historia, mito y realidad de una utopía, Caracas, Editorial Melvin, 2006, p.39.

[ii] Germán A. de la Reza, Documentos sobre el Congreso Anfictiónico de Panamá, Fundación Biblioteca Ayacucho y Banco Central de Venezuela, 2010, p.XI.

[iii] Emilio Roig de Leuchesering, Bolívar, El Congreso Interamericano de Panamá, en 1826, y la independencia de Cuba y Puerto Rico, La Habana, Oficina del Historiador, 1956, p.23.

[iv] Citado por Carlos Oliva Campos, en: Estados Unidos-América Latina y el Caribe: Entre el Panamericanismo Hegemónico y la Integración Independiente, www.ieei-unesp.com.br/portal/artigos/estadosunidos.pdf, (Internet)  p.239.

[v] Manuel Medina Castro, Ob.Cit, p.182.

[vi] Germán A de la Reza, Ob.Cit, p.109.

[vii] Citado por Germán A. de la Reza, Ob.Cit, p.113.

[viii] Citado por Sergio Guerra y Alejo Maldonado, en: Ob. Cit, p. 44.

[ix] Ibídem.

[x] Germán A de la Reza, Ob.Cit

[xi] Ibídem, p.115.

[xii] Ibídem, p.131-132.

[xiii] Citado por Piero Gleijeses en: Ob.Cit, p.500.

[xiv]Instrucciones generales de John Quincy Adams, Secretario de Estado, para Cesar A. Rodney, nombrado Ministro de los Estados Unidos en Buenos Aires, Washington, 17 de mayo de 1823, en: Correspondencia Diplomática de los Estados Unidos concerniente a independencia de las naciones latinoamericanas, seleccionada y arreglada por William R.Manning …., pp.219-220.

[xv] John Quincy Adams, Secretario de Estado, a Richard C. Anderson, nombrado Ministro de los Estados Unidos en Colombia, Washington, 27 de mayo de 1823, en: Correspondencia Diplomática de los Estados Unidos concerniente a independencia de las naciones latinoamericanas, seleccionada y arreglada por William R.Manning …, pp.238-239.

[xvi] Ibídem, p.180.

[xvii] Germán A. de la Reza, Ob.Cit, p.LXIV.

[xviii] Germán A. de la Reeza, El Congreso anfictiónico en la ciudad de México a la luz de un documento inédito (1826-1828), 2013, p.75, en: http://www.sci.unal.edu.co/scielo.php?script=sci_pdf&pid=S0121-16172014000200004&lng=es&nrm=iso&tlng=es (Internet)

 

[xix] Francisco Pividal, Ob.Cit, p.204.

[xx] William R. Manning, La misión de Poinsett a México. Disquisiciones acerca de su intromisión en los asuntos internos del país, Washington D.C, octubre de 1913, p.45 en: https://archive.org/stream/lamisindepoins00mann/lamisindepoins00mann_djvu.txt, (Internet)

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Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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