EE.UU contra la unidad e integración de América Latina y el Caribe. Una historia bicentenaria. (III)

 

 

Elier Ramírez Cañedo

 

Al tiempo que sucedía la rebelión de Córdova, desde el exterior Santander -había sido   expulsado de Colombia a raíz de sus vínculos con el fallido intento de asesinar a Bolívar en septiembre de 1828- se convertía en el máximo calumniador de la figura del Libertador. La prensa estadounidense y europea se hacía eco de dichas difamaciones. Al respecto señaló Bolívar: “crecerán en superlativo grado las detracciones, las calumnias y todas las furias contra mí. ¡Que no escribirá ese monstruo y su comparsa en el Norte (de América), en Europa y en todas partes¡ Me parece que veo ya desatarse todo el infierno en abominaciones contra mí”.[i]

 

Culminada la investigación sobre la conspiración de Córdova el Consejo de Estado de la Gran Colombia ordenó que los agentes extranjeros que habían tomado parte en ella fueran expulsados del país. No obstante, Obando atacó a Bolívar por el asesinato de Córdova y otro tanto hicieron los enemigos del Libertador en Venezuela y otras partes. El lamentable hecho, amargó a Bolívar, ordenando que Ruperto Hand, el asesino de Córdova, fuese execrado, expulsado del ejército y desterrado  de Colombia. Al mismo tiempo, ratificó la amnistía concedida por O´ Leary a los seguidores del manipulado general.[ii] William Henry Harrison, había llegado a Colombia como coronel y regresaba a su país como general. Posteriormente sería presidente de los Estados Unidos.

 

La documentación de los representantes del gobierno de Washington revela, salvando pocas excepciones, un odio visceral hacia Bolívar.  “¡La maligna hostilidad de los yanquis hacia el Libertador es tal –escribió el procónsul inglés en Lima a su secretario de Estado-, que algunos de ellos llevan animosidad hasta el extremo de lamentar abiertamente que allí donde ha surgido un segundo César no hubiera surgido un segundo Bruto¡[iii] Pero, ¿a qué se debía tal animadversión? El racista ministro de Estados Unidos en España, Alexander H. Everett, dio en 1827 algunas de las claves: “Difícilmente podría ser la intención de los Estados Unidos alentar el establecimiento de un despotismo militar en Colombia y Perú, cuyo primer movimiento sería establecer un puesto de avanzada en la isla de Cuba. Si Bolívar realiza su proyecto, será casi completamente con la ayuda de las clases de color; las que naturalmente, bajo esas circunstancias, constituirían las dominantes del país. Un déspota militar de talento y experiencia al frente de un ejército de negros no es ciertamente la clase de vecinos que naturalmente quisiéramos tener…vacilaría mucho acerca de si estaría bien insistir por más tiempo sobre el reconocimiento de la República de Colombia como cosa agradable para los Estados Unidos”.[iv]

 

Los diplomáticos del gobierno de los Estados Unidos tildaron una y otra vez a Bolívar de “loco”, “usurpador”, “ambicioso”, “dictador”. Hasta el propio presidente Jonh Quincy Adams, escribiría en su diario el 17 de mayo de 1826: “Como líder militar (el) desempeño (de Bolívar) ha sido despótico y sanguinario. Sus apoyos en el Gobierno han sido siempre monárquicos, pero favorables a él mismo. Ha jugado repetidamente la farsa de renunciar a su poder y retirarse. Todavía tiene esa pretensión, mientras que al mismo tiempo no puede enmascarar su languidez por una corona”.[v]

 

Tildar a Bolívar como un déspota, como un dictador ambicioso, era una de las bajezas más atroces que podían llevar a cabo las autoridades norteamericanas contra el hombre que había declarado su intención de revocar, “desde la esclavitud para abajo, todos los privilegios”.[vi] Ese Bolívar que calificaban de ambicioso y tirano era el mismo que había empezado la lucha por la independencia siendo uno de los hombres más ricos de América del Sur y terminado prácticamente como un mendigo. También el que una y otra vez había rechazado las propuestas que le habían hecho de coronación A su amigo Briceño Méndez le había expresado: “Ese proyecto va a arruinar mi crédito y manchar eternamente mi reputación”.[vii] Asimismo, le había dicho a Santander refiriéndose a las insinuaciones de Páez dirigidas a que aceptara coronarse: “me ofende más que todas las injurias de mis enemigos, pues él me supone de una ambición vulgar y de un alma infame”. Según esos señores –agrega- “nadie puede ser grande sino a la manera de Alejandro, César y Napoleón. Yo quiero superarlos a todos en desprendimiento, ya que no puedo igualarlos en hazañas”.[viii] Y al contestarle directamente al general Paéz, rechazando por completo sus ofrecimientos le expresa que “el título de Libertador es superior a cuantos ha recibido el orgullo humano y me es imposible degradarlo”.[ix] Al mismo tiempo le envía su proyecto de Constitución, indicándole que sólo por la soberanía popular y la alternabilidad en el gobierno es como puede buscarse solución adecuada para los conflictos nacionales americanos.

 

Haciendo gala de su total desprendimiento y ya sujeto a un deplorable estado de salud, el 20 de enero de 1830, el Libertador renuncia a la presidencia de Colombia ante el llamado “Congreso Admirable”, después de haber declarado:

 

“Obligados, como estáis, a constituir el gobierno de la República, dentro y fuera de vuestro seno, hallaréis ilustres ciudadanos que desempeñen la presidencia del Estado con gloria y ventajas. Todos, todos mis conciudadanos gozan de la fortuna inestimable de parecer inocentes a los ojos de la sospecha, sólo yo estoy tildado de aspirar a la tiranía.

 

Libradme, os ruego, del baldón que me espera si continúo ocupando un destino, que nunca podrá alejar de si el vituperio de la ambición. Creedme: un nuevo magistrado es ya indispensable para la República. El pueblo quiere saber si dejaré alguna vez de mandarlo. Los estados americanos me consideran con cierta inquietud, que puede atraer algún día a Colombia males semejantes a los de la guerra del Perú. En Europa mismo no faltan quienes teman que yo desacredite con mi conducta la hermosa causa de la libertad. ¡Ah¡ cuántas conspiraciones y guerras no hemos sufrido por atentar a mi autoridad y a mi persona. Estos golpes han hecho padecer a los pueblos, cuyos sacrificios se habrían ahorrado, si desde el principio los legisladores de Colombia no me hubiesen forzado a sobrellevar una carga que me ha abrumado más que la guerra y todos sus azotes.

 

Mostraos, conciudadanos, dignos de representar un pueblo libre, alejando toda idea que me suponga necesario para la República. Si un hombre fuese necesario para sostener el Estado, este Estado no debería existir, y al fin no existiría.

 

(…)

 

La República será feliz, si al admitir mi renuncia nombráis de presidente a un ciudadano querido de la nación: ella sucumbiría si os obstinaseis en que yo la mandara. Oíd mis súplicas: salvad la República: salvad mi gloria que es de Colombia”.

 

Disponed de la presidencia que respetuosamente abdico en vuestras manos. Desde hoy no soy más que un ciudadano armado para defender la patria y obedecer al gobierno; cesaron mis funciones públicas para siempre. Os hago formal y solemne entrega de la autoridad suprema, que los sufragios nacionales me habían conferido”.[x]

 

Y concluye: “¡Conciudadanos¡ Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás. Pero ella nos abre la puerta para reconquistarlos bajo vuestros soberanos auspicios, con todo el esplendor de la gloria y la libertad”.[xi]

 

Ese mismo día Bolívar hace una proclama dirigida a toda la nación, pidiéndole su apoyo y solidaridad hacia el Congreso Constituyente e informando de su renuncia al poder:

 

“Colombianos:

 

Hoy he dejado de mandarlos. Veinte años ha que os he servido en calidad de soldado y magistrado. En este largo período hemos reconquistado la patria, libertado tres repúblicas, conjurado muchas guerras civiles, y cuatro veces he devuelto al pueblo su omnipotencia, reuniendo espontáneamente cuatro Congresos constituyentes. A vuestras virtudes, valor y patriotismo se deben estos servicios; a mí la gloria de haberos dirigido. El Congreso constituyente, que en este día se ha instalado, se halla encargado por la Providencia de dar a la nación las instituciones que ella desea, siguiendo el curso de las circunstancias y la naturaleza de las cosas.

 

Temiendo que se me considere como un obstáculo para asentar la república sobre la verdadera base de su felicidad, yo mismo me he precipitado de la alta magistratura que vuestra bondad me había elevado.

 

Colombianos: he sido víctima de sospechas ignominiosas; sin que haya podido defenderme la pureza de mis principios. Los mismos que aspiran a mando supremo se han empeñado en arrancarme de vuestros corazones, atribuyéndome sus propios sentimientos; haciéndome aparecer autor de proyectos que ellos han concebido; representándome, en fin, con aspiración a una corona, que ellos me han ofrecido más de una vez, y que yo he rechazado con la indignación del más fiero republicano. Nunca, nunca, os lo juro, ha manchado mi mente la ambición de un reino, que mis enemigos han forjado artificialmente para perderme en vuestra opinión. Desengañaos, colombianos, mi único anhelo ha sido el de contribuir a vuestra libertad y a la conservación de vuestro reposo: si por esto he sido culpable, merezco más que otro vuestra indignación. No escuchéis, os ruego, la vil calumnia y la torpe codicia, que por todas partes agitan la discordia. ¿Os dejaréis deslumbrar por las imposturas de mis detractores? ¡Vosotros no sois insensatos¡

(…)

Compatriotas, escuchad mi última voz, al terminar mi carrera política: a nombre de Colombia os pido, os ruego que permanezcáis unidos, para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros propios verdugos”. [xii]

 

He citado en extenso al Libertador, para dejar constancia de cuán crueles y falsas eran las acusaciones de sus enemigos internos y externos, los  cuales se referían constantemente a él como: “dictador”, “ambicioso”, “usurpador” y otros miserables calificativos. También, para pulverizar de una vez y por todas a los que aún hoy persisten en trasmitir una imagen distorsionada de la figura de Bolívar y en tergiversar y ocultar la verdadera historia. Las palabras de Bolívar reflejan cuánto daño y tormento le causó en sus últimos meses de vida toda la gran campaña de calumnias que sus enemigos tejieron con denuedo contra su persona. José Antonio Páez, quien había traicionado a Bolívar más de una vez y se había convertido en unos de sus críticos fundamentales, debió de haber sentido vergüenza cuando años después escribiera en su autobiografía que el Libertador “Ha excedido en desprendimiento y en adhesión a la libertad a todos los hombres que han preexistido”.[xiii]

 

Después de apartarse del poder, Bolívar cifraba todas sus esperanzas en su más fiel y valeroso discípulo, José Antonio José de Sucre. Pero este también sería víctima de las campañas difamatorias y de la más insidiosa intriga, dirigida por los más connotados opositores de los ideales bolivarianos. El 4 de junio de 1830, el Gran Mariscal de Ayacucho sería emboscado y asesinado en Berruecos, cuando se dirigía a Quito. La muerte de Sucre afectó profundamente a Bolívar, quien ya se encontraba muy enfermo. El 17 de diciembre de ese mismo año, en la finca de San Pedro Alejandrino (Santa Marta),  moría el Libertador, a la edad de 47 años.[xiv] Siete días antes había dado a conocer su última proclama a los pueblos de Colombia:

 

Colombianos:

 

Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aún mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.

Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para librarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales.

¡Colombianos¡ Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.[xv]

 

A modo de conclusión

 

La imposibilidad de llevar a vías de hecho los planes unitarios por los que Bolívar abogaba, y que tenían como epicentro fundamental la intención de crear una América fuerte y democrática después de la independencia, capaz de asegurarse una existencia perdurable en el contexto internacional decimonónico, donde se movían los insaciables apetitos colonialistas de las potencias de la época, dejó consecuencias funestas que llegan hasta nuestros días. Pese a las coincidencias en idioma, orígenes, religión y destinos, los países hispanoamericanos carecieron durante el todo el siglo XX de un núcleo común que las ligara y diera fuerza, quedando en cierta manera escuálidos ante las pretensiones neocolonizadoras del imperialismo estadounidense.

 

Como en juicio docto advirtiera el historiador Germán A. de la Reza: “El intervencionismo de Tudor y de otros agentes estadounidenses, así como la cobertura que otorga el Departamento de Estado a éste y otros agentes, no son suficientes para explicar la fuerza, los objetivos y los resultados de la campaña antibolivariana. La disidencia de una parte de las élites locales y sus aspiraciones políticas contribuyen de manera importante al impulso y concepción del movimiento subversivo. Con esa salvedad en mente, puede decirse que el intervencionismo estadounidense logra conjuntar en su favor los efectos de dos procesos paralelos. El primero corresponde a la dinámica de consolidación de sus sistema de inteligencia a través de agentes, “amigos” y aliados en las repúblicas de la América antes española. El segundo lo encarna la difícil formación de esos Estados, lo que permite y agiganta su vulnerabilidad frente al intervencionismo foráneo. En buena medida estamos ante el preludio de guerra subversiva, destinada a destruir la estructura moral, social y administrativa del movimiento bolivariano. Para ello se vale de un red de agentes enquistados en la estructura de poder de esos países y se incrementa a medida que desgrana o neutraliza los apoyos a Bolívar”.[xvi]

 

De esta manera, Estados Unidos logró los objetivos fundamentales de su política exterior hacia América Latina y el Caribe en el siglo XIX: su expansión territorial a costa de más del 50% del territorio mexicano; la posesión de la Florida; hacer permanecer a Cuba y Puerto Rico en manos de España, en espera de la hora oportuna en que pudiera adueñarse de ellas; frustrar los propósitos unitarios de Bolívar y sembrar las discordias y la división entre los países recién independizados de España para conducirlos a la idea del panamericanismo, en la cual Estados Unidos tendría absoluto control; y comenzar a desplazar a Inglaterra del dominio económico de la región.

 

Los objetivos de dominación política, económica y cultural de América Latina y el Caribe por el gobierno de los Estados Unidos, han sobrevivido hasta nuestros días, refinándose los mecanismos por los cuales estos se ejecutan. Mas si no conocemos cómo históricamente los distintos gobiernos de los Estados Unidos se han comportado ante los procesos independentistas de nuestros pueblos, así como frente a los más elaborados proyectos de unidad que defendieron Bolívar, Martí y otros próceres de Nuestra América, no podremos contar con una amplitud de miras que en el presente nos permita dilucidar las nuevas estrategias que se tejen en el Norte para dividirnos y someternos.

 

La hora decisiva de la segunda y definitiva independencia ha llegado. O nos unimos o morimos para siempre. Con los peligros que enfrenta hoy la humanidad no hay oportunidad para una tercera independencia. Para los que consideran imposible el triunfo habría que recordarles las palabras de Bolívar en 1819 cuando señaló: ¡Lo imposible es lo que nosotros tenemos que hacer, porque de lo posible se encargan los demás todos los días¡[xvii]

 

Notas

[i] Citado por Juvenal Herrera Torres, Ob.Cit, p.515.

[ii] Juvenal Herrera Torres, Ob.Cit, p. 517.

[iii] Citado por Juvenal Herrera Torres, Ob.Cit, p.571.

[iv] Ibídem, p.521.

[v] Germán A. de la Reza, “Amistades convenientes: William Tudor Jr; primer  cónsul de Estados Unidos en Perú (1824-1828)”, p. 81, en: Ibídem

[vi] Citado por Indalecio Liévano, en: Ob.Cit, p. 365.

[vii] Emilio Roig De Leuchesenring, Bolívar, El Congreso Interamericano de Panamá, en 1826, y la Independencia de Cuba y Puerto Rico, Oficina del Historiador de la Ciudad, Municipio de La Habana, 1956,  p.71.

[viii] Ibídem, p.71.

[ix] Ibídem, p.71.

[x] Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, “Mensaje al Congreso Constituyente de la República de Colombia”, en: Antología Simón Bolívar, Caracas, 2009, pp.191-202.

[xi] Ibídem.

[xii] Simón Bolívar, Discursos y Proclamas, Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2007, pp.297-298.

[xiii] Citado por Juvenal Herrera Torres, en: Ob.Cit, p.541, t.II.

[xiv]Al llegar el año a su término, la América estaba dos veces viuda. Con la muerte de su paladín en junio, y la de su genio en diciembre se acababa el tiempo de los héroes. El de los asesinos iba a abrirse. Santander regresó del destierro para presidir por fin solo los destinos de una república que repudiará hasta el nombre de Colombia para tomar el de Nueva Granada. José Hilario López se instalará, también, con la frente en alto en el solio del primer magistrado del país, y lo mismo José María Obando. Desde entonces la vida política tendrá el semblante de esos hombres, estrechez, demagogia y crueldad. Bajo etiquetas diferentes, sus herederos ocuparán por turnos el proscenio. Se darán golpes de pecho en nombre de la patria –de ellos esta no recibirá grandeza alguna- y del pueblo que solo conocerá la ignorancia, la miseria y servidumbre. Así se preparará el soporte de una estirpe de tiranos que abandonarán el continente a la explotación económica del extranjero”. Véase en: Gilette Saurat, Bolívar, el Libertador, Traducción de Gonzalo Mallarino, Bogotá, D.E, 1987, p.602.

[xv] Simón Bolívar, Para nosotros la patria es América, Fundación Biblioteca Ayacucho, 1991, pp.223-224.

[xvi] Germán A. de la Reza, “Amistades convenientes: William Tudor Jr; primer  cónsul de Estados Unidos en Perú (1824-1828)”, p. 83, en: Ibídem.

[xvii] Citado por Juvenal Herrera Torres, en: Ob.Cit, p.560.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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