Donald Trump en el atolladero: la insostenibilidad estratégica de su retórica anticubana.

 

Hassan Pérez Casabona⃰

 

Breves antecedentes y premisas

La historia no es un amasijo inerte de acontecimientos. Tampoco la sumatoria de hechos ordenados con precisión cronológica. Es, ante todo, la posibilidad de establecer una conexión en el tiempo entre lo que sucedió, lo que tiene lugar ahora y lo que podría ocurrir más adelante. Apreciar con organicidad el sustrato proteico de la trinidad pasado-presente futuro (no desde el maniqueísmo de lo blanco y negro, sino captando toda su policromía) es una de las grandes tareas que le corresponde a cada generación.

El éxito no está en la repetición mimética de cada pesaje o personalidad. La declaración memorística de lo que aconteció también conduce al cadalso, casi tanto como el olvido de las raíces que sustentan el alma de una nación. La clave estriba en el análisis dialéctico y multifacético que conduce a aportar nuevas luces. Hay que reinterpretar, desde la apoyatura de las nuevas herramientas que pone al alcance de la mano la ciencia, pero nunca se puede desconocer los “dramas” y “dilemas” que debieron encarar quienes nos precedieron.  Solo mirando hacia atrás con pulcritud y compromiso es posible otear el horizonte.

Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba desde sus orígenes han estado marcadas por influencias recíprocas derivadas de la propia vecindad geográfica. Tal cercanía impulsó nexos significativos en todos los campos (economía, política, ideología, cultura y deporte, entre otros) a lo largo de distintas etapas. Esas intensas interacciones no pueden examinarse desconociendo las asimetrías existentes entre ambas partes.

De un lado, un país de más de 300 millones de habitantes y casi nueve millones de kilómetros cuadrados (poseedor de armas nucleares, con un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la principal potencia económica y militar a nivel mundial) mientras del otro, un pequeño archipiélago de poco más de 11 millones de habitantes y 112 000 kilómetros cuadrados de extensión territorial, sin cuantiosos recursos naturales y que ha sufrido durante seis décadas (jamás pueblo alguno sintió en carne propia a lo largo de tiempo tan prolongado los embates de una política de esa naturaleza) los efectos de un criminal bloqueo económico, comercial y financiero.

De igual manera, muchos de los rasgos incorporados en la identidad nacional cubana, las condiciones y características de su pueblo, sus preferencias y motivaciones, no pueden considerarse como parte del problema, en el contexto de los vínculos bilaterales, sino como reservas de oportunidades para expandir los beneficios recíprocos.

La comunicación entre los pueblos de Estados Unidos y Cuba, ha sido relativamente fácil a pesar de las diferencias de idioma, origen colonial, tradición, valores, e identidad. Las pretensiones estadounidenses sobre los destinos de esta porción territorial, sin embargo, están en las raíces del problema y se sustentan, en lo principal, en las diferencias de poder y las percepciones en el imaginario generado por la clase política de Estados Unidos, sobre la supuesta inferioridad del pueblo cubano. La región latinoamericana y caribeña, en general, se identificó desde los albores de aquella nación como un conglomerado de pueblos menores sobre los cuales debía ejercerse el dominio por una u otra vía.

No es posible en el presente trabajo detenernos en cada una de las etapas históricas en que ese desprecio se manifestó.  Bastaría recordar que, aún antes de la proclamación del acta de independencia el 4 de julio de 1776, hombres como Benjamin Franklin dejaron claro su interés por la isla; lo mismo que el presidente Thomas Jefferson, quien llegó a señalar en 1805 que Cuba y Canadá eran las adiciones más importantes que podrían agenciarse. Esa percepción se mantuvo durante todo el siglo XIX, expresándose por diferentes vías: intentando comprarle el territorio antillano a España; no reconociendo el estado de beligerancia cuando estalló la gesta libertaria en 1868, o a través de formulaciones como la Doctrina Monroe, en 1823, la cual propugnaba la idea de no aceptar la intromisión de otras potencias europeas en este lado del mundo.

Esa posición -que tuvo como bujía a John Quincy Adams, a la sazón secretario de Estado y poco después convertido en el sexto inquilino de la Casa Blanca- significó, al mismo tiempo, la conveniencia para los sectores dominantes en dicho país de que Cuba y otros territorios permanecieran bajo el control de actores relativamente débiles, como la metrópolis española, hasta que llegara el momento -en la medida en que se fortalecían en su proceso de expansión- de dar un zarpazo y controlar los destinos regionales. La oportunidad se concretó en 1898, utilizando como pretexto la voladura del acorazado Maine, el 15 de febrero de aquel año.

No en balde Lenin calificó a la guerra hispano-cubano-norteamericana como la primera de carácter imperialista de la historia –con independencia de que su obra definiendo esta fase del desarrollo capitalista fue escrita casi veinte años más tarde- pues los rasgos distintivos de la misma ya estaban perfilados con nitidez en la nación norteña. La intromisión yanqui (luego de la Resolución Conjunta emitida por ambas cámaras y suscrita por el presidente McKinley el 20 de abril) persiguió también el propósito de sentar en la palestra pública la idea de que emergía un nuevo imperio, el cual asumiría la preponderancia a escala internacional que antaño ocuparon Inglaterra, Francia, Holanda o la propia España. [1]

Con posterioridad al ignominioso Tratado de París del 10 de diciembre, en el que se ignoró a la parte cubana que batalló con las armas por su independencia por treinta años, Estados Unidos encontró hasta finales de la década del 50 (primero con la ocupación militar, después bajo el engendro constitucional que representó la Enmienda Platt, y luego mediante otros instrumentos) un camino expedito para interferir en nuestros asuntos internos. Ese comportamiento trataron de validarlo invocando la incapacidad de los cubanos para gobernarse. [2]

Esas apreciaciones, en las que los otros y diferentes somos menores –que entroncan con los preceptos fundamentales estadounidense, los cuales se remontan a la llegada del Mayflower-trasciende hasta nuestros días y sirvieron como baza, en buena medida, para que el discurso chovinista de Trump sonará como música en los oídos de numerosos sectores que, pese a los cambios de toda clase experimentados en ese país, continúan aferrados a la idea mesiánica de que son un pueblo elegido, cuyo ordenamiento social debe ser imitado.

Es decir, el conflicto entre los dos países surge de los intereses y objetivos establecidos desde los Padres Fundadores y sus tempranas expresiones imperialistas hasta nuestros días. La élite dominante consideró siempre necesario, para el bienestar y seguridad de Estados Unidos, poseer o al menos controlar y subordinar los destinos de Cuba a sus pretensiones. Desde la perspectiva antillana, aunque se transitó por distintas etapas y tendencias imposibles de explicar con detenimiento en pocas cuartillas, la identidad fraguó con el sentimiento de que Cuba debía ser libre e independiente de España y Estados Unidos. No es obra del azar que prevaleciera la posición revolucionaria -que encontró en José Martí y Fidel Castro el pináculo- sobre las corrientes autonomistas y anexionistas, inviables desde cualquier consideración para garantizar la existencia misma de la nación cubana.

La esencia del conflicto bilateral -y es algo que jamás podrá  dejarse de contemplar- emerge de la pretensión de los gobiernos estadounidenses de maniatar a Cuba, determinando el sistema económico, político y social, como soportes que faciliten la subordinación de nuestro archipiélago.  De éste lado se consolidó el propósito de oponerse a ese objetivo imperialista, y lograr una patria independiente, soberana y con justicia social para todo su pueblo. Dicho ideario y valores se forjaron a través de una larga y costosa lucha, que logró finalmente romper el patrón de dominación con el triunfo de la Revolución en 1959. Desde ese momento, la política de Estados Unidos empleó todos los instrumentos y recursos para restablecer su dominación sobre la Mayor de las Antillas.

La voluntad de la dirección revolucionaria, en apego a la verdad histórica, fue establecer nexos normales con Estados Unidos. De qué otra manera podría interpretarse la visita de Fidel a ese país entre el 15 y el 27 de abril de 1959, apenas la segunda nación a la que viajó luego de la entrada triunfal a La Habana. En ese periplo, que lo llevó a reunirse con importantes sectores de la prensa, los negocios, estudiantes y representantes de diferentes comunidades, el líder rebelde tuvo dos ideas como centro de sus intervenciones: venimos a explicar los objetivos fundamentales de las transformaciones que desarrollaremos en nuestro país y solo necesitamos respeto hacia las decisiones que surjan del seno del pueblo.[3] El presidente Dwight Eisenhower no quiso reunirse con él -prefirió jugar golf- asignándole esa tarea al vicepresidente Richard Nixon.

Lo cierto es que Washington procedió en el sentido contrario: arremetió por todas las vías (incluyendo el diseño, financiamiento y preparación de la brigada mercenaria derrotada en Playa Girón) con el objetivo de exterminar al naciente proyecto que despertaba ilusiones en todas las latitudes. La clase dominante de  aquel país no comprendió que ese recorrido de Fidel, y otras muestras dadas, creaban condiciones para sostener otro tipo de relaciones con el archipiélago caribeño basadas en el respeto mutuo. La arrogancia de dicha élite los llevó a continuar ejecutado el guión tradicional, donde solo encontraba cabida la sumisión de la isla a sus designios. Dos “pecados” cometió la Revolución que surgía: quebrar el sistema de dominación hemisférica cimentado por EE.UU. con la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA) y convertirse en un ejemplo que irradiaba luz propia hacia uno y otro confín planetario. Esa cúpula acostumbrada a concebir a los territorios latinoamericanos como traspatio no podía tolerar tamaña osadía.

Desde entonces, los hechos son conocidos, se acentuó el carácter profundo de la contradicción entre ambos países, en tanto incorporada a las respectivas identidades nacionales.  Bajo esos presupuestos la única alternativa favorable para el bienestar de los dos pueblos, que tienen tanto en común, es lograr una coexistencia civilizada, que respete las diferencias y haga avanzar las relaciones bilaterales con beneficios recíprocos. Ese espíritu fue el que prevaleció en el proceso que condujo a los anuncios del 17 de diciembre del 2014, momento en el que por primera vez Estados Unidos aceptó que solo reconociendo al gobierno cubano como interlocutor (es decir, sentados en la mesa de negociaciones en calidad de iguales) se podían dar pasos en la dirección correcta.

Entuertos por doquier: la propensión a errar en múltiples campos

Desde antes de asumir como el cuadragésimo quinto presidente estadounidense, Trump recibió innumerables críticas de los sectores más diversos, a partir de las posiciones intolerantes que, sin pudor alguno, utilizó a lo largo de los mítines electorales y en comparecencias ante la prensa. No quedó ninguna esfera que no arremetiera contra esos pronunciamientos discriminatorios. Por la fecha en que escribimos estas líneas un nuevo escándalo tiene al mandatario en el epicentro, esta vez recibiendo el rechazo de grandes personalidades del mundo atlético (y de las entidades responsabilizadas con varios de los deportes emblemáticos de ese país) las cuales poseen extraordinaria ascendencia sobre numerosos segmentos poblacionales, de manera especial los jóvenes.

De un lado el basquetbolista Stephen Curry, estrella de los Golden State Warriors, monarcas de la última temporada de la NBA, se negó a visitar la Casa Blanca, como parte del tradicional homenaje que le rinden los mandatarios a los campeones de las principales ligas profesionales. A esa posición se sumaron de inmediato, entre muchas celebridades,  Kevin Durant, compañero de Curry en el conjunto californiano y Lebron James, ícono de los Cleveland Cavaliers, además de ejecutivos de varios de los equipos de una de las disciplinas más populares en Norteamérica. Trump retiró entonces esa invitación. Curry indicó que: “No sé por qué él siente la necesidad de señalar a ciertos individuos más que a otros”, a lo que añadió: “tengo una idea de por qué, pero lo que puedo decir en este momento es que eso no es lo que hacen los líderes”. James, quien llamó a Trump “holgazán”, expresó: “Ir a la Casa Blanca era un gran honor, hasta que usted apareció”.

Todavía más, 29 de los 30 conjuntos del “más dinámico y creativo de los deportes de equipo” se negaron a alojarse en las instalaciones hoteleras pertenecientes al conglomerado de Trump, en manifestación nítida del alcance que posee el rechazo al mandatario en estos sectores, donde el respeto al esfuerzo y talento ajeno es piedra angular, a partir de las historias de vida sustancialmente diferentes de quienes se enrolan en la competición.

Al unísono –con el tono bravucón del que no puede desprenderse- el presidente la emprendió contra varios jugadores de fútbol americano los cuales, para protestar contra la creciente discriminación y otros males, se quedaban de rodillas en el momento de entonar el himno nacional antes de cada partido. La National Futbol League (NFL) respaldó la libertad de sus miembros de expresar sus opiniones y, lo más llamativo, cientos de jugadores comenzaron a arrodillarse como expresión contundente de rechazo a las posturas de Trump. A esta práctica se sumaron además miembros de los conjuntos de béisbol, en un  hecho sin precedentes dentro de esa disciplina. Otras figuras relevantes del mundo del espectáculo, como el cantante Marc Anthony también pusieron énfasis en su rechazo a Trump: “Señor presidente, cállese la boca acerca de la NFL. Haga algo por nuestra gente necesitada en Puerto Rico”. [4]

En esta línea, sin respeto alguno por lo diferente (la cual entronca con los postulados fundacionales de la clase dominante en Estados Unidos, conceptualizados como el predominio del blanco, anglosajón y protestante, WASP, por sus siglas en inglés) se inscribe la intervención de Trump en la 72 Asamblea General de Naciones Unidas, el pasado 19 de septiembre. Ese discurso reflejó –con independencia de las expresiones patrioteristas pronunciadas en el mismo estilo de la campaña, las cuales lo condujeron al Salón Oval- que esa mirada de subvaloración hacia nuestros pueblos es visceral. [5]

Más allá del examen en cuanto al papel específico de Trump dentro del entramado de poder en los Estados Unidos, para determinar si este es una anomalía, un episodio coyuntural, o expresión de las mutaciones del sistema para mantenerse en la cima (días atrás, en la 42 Conferencia de la Asociación de Sociólogos Humanistas, celebrada en La Habana con el coauspicio del Programa Cuba de FLACSO, y que agrupó a 300 delegados de 15 países, la mayor parte de ellos estadounidenses, una destacada profesora preguntaba medio en broma y muy en serio en qué medida el multimillonario neoyorquino era el perro o la cola, en relación a quien movía en verdad los hilos) lo cierto es que la élite gobernante ha configurado un modelo de país donde solo tienen cabida quienes se avienen a la idiosincrasia de esos grupos históricos dominantes, marcada por un profundo irrespeto e intolerancia a lo diferente.

Es un proyecto donde lo alternativo (entendido como aquello que no se ajusta al patrón dominante) no solo continúa siendo rechazado por la cúpula que detenta el poderío, sino que se conciben y ejecutan innumerables acciones que configuran un ordenamiento represivo, que desmonta los avances, por pálidos que fueran, en materia de cuestiones civiles y del pensamiento liberal. La victoria de Trump es también expresión inequívoca de la crisis del estado-nación, la cual posee manifestaciones en diversos ámbitos, entre ellos el sistema político. Representa, asimismo, evidencia de la carencia de herramientas políticas y culturales en las grandes masas para desentrañar el calado de fenómenos complejos. Desde esa óptica la ciencia política tradicional se dio de bruces, pues concentrada más en cuántos fueron a votar en el pasado se olvidó de examinar en su carácter integral –y desde enfoques trans y multidisciplinarios- la profundidad de lo que acontecía y de las ideas que iban emergiendo en la sociedad, desbordando los espacios formales. [6]

El desfase del Memorándum Trump hacia Cuba

El viernes 16 de junio Donald Trump mostró su verdadero rostro sobre el tema de las relaciones con Cuba. Si bien a lo largo de la campaña, y a través de diferentes twitters una vez instalado en el Despacho Oval, brindó señales de hacia dónde podría inclinarse fue en el podio del teatro Manuel Artimes de Miami donde sacó a relucir sus entrañas sobre el tema.

Esa tarde echó por la borda cualquier “beneficio de la duda” que muchos le otorgaron, al tiempo que reveló su incapacidad para comprender las esencias de un asunto sobre el que existe cada vez mayor consenso, a nivel global, acerca de la pertinencia de los pasos dados desde el 17 de diciembre del 2014, entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos.

Trump, sin pudor alguno, se explayó contra el gobierno cubano. Estuvo flanqueado por lo más retrógrado de los sectores anticubanos asentados en el sur de la Florida, una parte de ellos connotados terroristas vinculados a la CIA y a otras entidades de inteligencia, y por políticos que representan las mezquindades de esos grupúsculos cada vez más desprestigiados, como el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz-Balart.

La reversión de la Directiva Presidencial adoptada por Barack Obama el 14 de octubre del 2016 y algunas de las decisiones ejecutivas impulsadas por este desentonó con los reclamos de la inmensa mayoría de la población cubanoamericana y estadounidense, quienes aprecian las medidas adoptadas por su predecesor como el sendero más efectivo y beneficioso para ambas naciones, en pos de un convivencia respetuosa. En un mundo signado por el uso constante de datos y estadísticas para los más diversos fines, Trump ignoró olímpicamente hechos concretos que beneficiaron a los dos países.

Con odio en la mirada fustigó el sistema político antillano, intentado establecer una fractura entre los ciudadanos y sus instituciones. El presidente del poderoso vecino olvidó que desde el triunfo de enero de 1959 no hay fisura entre pueblo y gobierno, porque precisamente el primero es quien hace realidad al segundo, en tanto este se compone de las aspiraciones más genuinas de los habitantes de uno a otro extremo del archipiélago. Dicha verborrea, por tanto, sirvió apenas para hacer aflorar otra vez la bilis de quienes se quedaron detenidos en el tiempo y no aceptan que los cambios –con sentido opuesto a sus pretensiones anexionistas- marchan con dinámica propia.

Esos energúmenos —quienes quemaron banderas y pidieron que cayera el avión en que viajaba el pequeño Elián González y su padre, rabiosos ante la decisión de las autoridades de que este regresara a su tierra— saben que la aplastante mayoría de las personas, y de la opinión pública, respaldan el acercamiento entre los dos países y abogan por que se intensifiquen esos nexos, acorde a las grandes potencialidades que existen en múltiples esferas.

Trump y dicha fauna comprenden que es imposible tirar al fondo del océano lo alcanzado en más de veinte acuerdos, arreglos y memorandos de entendimiento, especialmente porque cada uno de ellos beneficia a las dos partes y no son una dádiva a Cuba, como en vano presentan determinados medios. Ello implica que los intereses de seguridad nacional de EE.UU. también se fortalecieron mediante tales instrumentos y eso es algo muy complejo de desmontar, sobre todo porque dicha percepción está clara para muchos sectores, incluyendo ex altos oficiales y expertos en la materia.

Numerosas evidencias apuntan a que el presidente Trump retribuyó en Miami los favores de figuras como Marcos Rubio y Díaz- Balart. El primero con un papel activo dentro del Comité de Inteligencia del Senado en el examen del escándalo por el despido del ex director del FBI James Comey (a partir de la reticencia del mismo a abandonar la investigación por las supuestas relaciones de Rusia con la campaña de Trump), mientras el segundo adquirió protagonismo con su voto para intentar desbancar el Obamacare, uno de los tantos frentes donde el multimillonario neoyorquino pretende borrar cualquier vestigio del legado de su antecesor.

Solo por esta tenebrosa relación (en la que colocó como pieza de intercambio lo que se reconstruyó con una contraparte con la cual no existieron relaciones diplomáticas durante casi 55 años) el presidente haría “méritos” para ser sometido a un proceso de enjuiciamiento.  Dicho desempeño es inadmisible en un jefe de estado, el cual no puede comprometer aspiraciones de su pueblo, por el cabildeo en función de votos en el andamiaje legislativo u otros beneficios personales.

Ahora bien, resultaríamos ingenuos si creyésemos que el performance de Trump responde exclusivamente a su alianza táctica de las semanas recientes con los personajillos del redil miamense, o al hecho de estar mal asesorado. No es infundado percibir que se trata de algo peor, en dirección proporcional a los métodos, estilo de actuación y naturaleza misma de un hombre que se vanagloria con ser un negociador potente, que obtiene los mejores acuerdos y que se siente envalentonado con la forma en que irrumpió al escenario político.

En realidad Donald Trump, más allá de una u otra medida sobre diversas cuestiones, es una figura totalmente desfasada de este momento histórico. Se trata de alguien que pertenece al pasado y se encuentra lejos de la altura que las circunstancias exigen, en muchísimos temas y por supuesto en lo concerniente a nuestro país. La manera en que se instaló en las inmediaciones del Potomac, producto de reglas vetustas que se remontan a principios del siglo XIX, se erige en sí misma valladar difícil de sobrepasar, desde el prisma de los imaginarios contemporáneos.

¿En política, economía o track and field alguien puede levantar la diestra como vencedor sin superar a su oponente? Daniel Ortega, y Enmanuel Macron ganaron porque obtuvieron más votos que sus contrincantes, como los Golden State Warriors (por mucho que uno simpatice con ese jugador fenomenal que es Lebron James) se llevaron el anillo de campeones de la NBA, al anotar más encestes que los Cleveland Cavaliers. Otro tanto ocurrió en la Major League Baseball, donde los Astros de Houston alzaron su primera corona en 55 años de creados (solo incursionaron de manera previa en las llamadas Series Mundiales en la temporada del 2005) derrotando de manera espectacular a los Dogders de Los Ángeles en siete desafíos. Por cierto, el conjunto que tiene su casa en el Minute Maid Park es el  primero en la historia en vencer en los play off, en una misma campaña a los Medias Rojas de Boston y los Yanquis de Nueva York.   Así de simple.

En el caso específico de Cuba para Trump era más fácil, sin muchos esfuerzos intelectuales, dar continuidad  a lo emprendido, cuyos resultados tangibles reciben la aprobación de Seattle a Tampa. Estaba lejos lo acordado de manera previa de rendir los frutos que se esperan (mucho más con la permanencia del bloqueo) pero se transpiraba entusiasmo —hablo con énfasis desde la óptica de las empresas estadounidenses ya que siempre se trata de presentar a Cuba como quien único se agencia dividendos positivos— con la posibilidad abierta a los vuelos directos de aerolíneas norteamericanas o el incremento de las visitas de ciudadanos de ese país, tantos hasta mayo del presente año como a lo largo del 2016. Optó, sin embargo, por la peor variante: la del fanfarrón que cree se le teme en el barrio.

Ese guión —repetitivo y fracasado— no conduce a ningún sendero con nuestro país, el cual posee el raro privilegio de la firmeza y la ternura. Más de una vez lo señaló el gran poeta Cintio Vitier: “Cuba creó un parlamento desde la trinchera”. Esa voluntad, la de perfeccionar la sociedad sin realizar la más mínima concesión a la soberanía, es algo consustancial a nosotros desde que aprendimos con Martí y Fidel que sin cultura no hay libertad posible. La capacidad de pensar y razonar —convertidas en armas fundamentales— acrecienta nuestra convicción de que ante pronunciamientos de esa calaña tenemos que cerrar filas para impedir que caiga sobre este suelo el gigante de siete leguas. Es un deber que asumimos también con Nuestra América.

Asimismo —porque un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército— tendemos por enésima ocasión una rama de olivo para propiciar el diálogo y el entendimiento, con la sola condición de actuar en calidad de iguales. Esa vía fue la clave para los éxitos desde las postrimerías del 2014.

El presidente Trump tiene la oportunidad de retomar ese camino y no edificar una torre (la especialidad de la casa en términos constructivos) que retrotraiga el espectro a las épocas funestas en que su país renunció a la mesa de conversaciones. El balón está en sus manos. Veremos si anota una canasta de tres puntos (una buena metáfora si quiere “superar” a Barack Obama, amante y excelente jugador de básquetbol) o si el reloj sobre el tabloncillo decreta que consumió su tiempo y en vez de ir en busca del aro, solo se dedicó a “atrasar” la bola algo que, por cierto, está penalizado en cualquier ámbito.

La inviabilidad de una política

Desde una perspectiva histórica el discurso de Donald Trump sobre Cuba constituye un retroceso para el mejoramiento de las relaciones entre los dos países, el cual se inició por la administración demócrata de Barack Obama, en la etapa final de su segundo período en el gobierno.

En lo esencial el “Memorando Presidencial de Seguridad Nacional sobre el Fortalecimiento de la Política de los Estados Unidos hacia Cuba” se propuso recrudecer las sanciones del bloqueo, eliminar los viajes individuales educacionales “pueblo a pueblo” y prohibir transacciones con empresas  vinculadas con las fuerzas armadas y los órganos de seguridad. No se establecieron restricciones sobre viajes o remesas de los cubanos, lo que ha sido uno de los componentes claves del incremento de las visitas a Cuba desde Estados Unidos en los meses recientes.  Sobre las condiciones de los viajes a Cuba, se mantienen las licencias para viajar en grupos en las 12 categorías fijadas por la ley de Estados Unidos, y se elimina la opción individual de los llamados “viajes educacionales pueblo a pueblo”.

En concreto, y hasta este momento, prohibió los contratos con empresas administradas por las entidades militares y órganos de seguridad cubana, lo que está pendiente de precisión por las instituciones reguladoras de Estados Unidos.  No obstante, los contratos en ejercicio al parecer continuarían, así como aquellos en los que se encuentran involucrados los puertos, aeropuertos y empresas de telecomunicación.  Es decir, los que operan empresas aéreas de cruceros y constituyen negocios en ejercicio y de posible expansión en los próximos años.[7]

Más allá de la retórica agresiva de Trump para tratar de satisfacer a lo más reaccionario de la derecha conservadora y extremista de Miami, las sanciones concretas anunciadas fueron limitadas, especialmente si consideramos la amplitud de lo deseado por esos grupos minoritarios.  Aunque en la práctica el presidente republicano tiene la autoridad para modificar la política de Obama con este documento, no cabe dudas que la directiva presidencial publicada por su predecesor demócrata, en octubre del 2016, no solo representa un enfoque distinto, centrado en el acercamiento respetuoso y la llamada involucración (engagement), sino que además cuenta con una extensión mayor y nivel de elaboración superior, lo que le confiere trascendencia para el futuro de las relaciones, cuando transcurran los años que ocupe a la actual etapa oscura de la política de Estados Unidos.

Las bases objetivas de ese camino de acercamiento en las relaciones, partió de los logros del proceso de actualización de la sociedad socialista cubana, su demostraba estabilidad y reconocimiento internacional, incluyendo las percepciones sobre estos temas en Estados Unidos.  Procesos internos en aquella sociedad contribuyeron también en ese ajuste político, como el  creciente apoyo al levantamiento de las sanciones económicas a Cuba y el deseo de avanzar en la normalización de las relaciones bilaterales, tanto de la población de origen cubano residente en ese país como de los propios estadounidenses.

El presidente Barack Obama además de llamar al Congreso a eliminar el bloqueo, reconoció el fracaso de la política de sanciones y aislamiento que dominó la proyección hacia Cuba y que fue reforzada a partir de la primera mitad de la década de 1990, con la aprobación de leyes como la  Torricelli, en 1992, y la Helms Burton, en 1996. Dichos instrumentos legales pretendieron asfixiar al pueblo cubano, inmerso en una aguda crisis económica debido al impacto que representó la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista europeo.

Asimismo, la declinación relativa de Estados Unidos y el ascenso de otras potencias, así como la modificación de la correlación de fuerzas regionales contribuyeron a crear un contexto regional e internacional favorable a la modificación de algunos aspectos de la política de Estados Unidos hacia Cuba.

No solo por la llegada al gobierno de líderes y movimientos de izquierda en diversos países, sino por el incremento de los grados de independencia relativa de todos los gobiernos de la región, incluyendo los principales aliados de Estados Unidos.  La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz constituyen la mejor expresión de ese proceso, que aunque con limitaciones y retrocesos por cambios en los puestos fundamentales de algunos países de la región, no se considera una modificación de la tendencia progresiva, sino un retroceso coyuntural.

La situación en Cuba, América Latina y el mundo, así como en Estados Unidos no experimentó cambios de magnitud y profundidad que aliente el actual retroceso representado en el Memorándum emitido por Trump.  Ello se debe a que la cuestión decisiva en estas relaciones es el curso del proceso político económico y social cubano, y el mismo, aunque enfrente dificultades de distinta índole, no retrocedió ni modificó su programa político consensuado de perfeccionamiento de su sistema socialista.

Factores a favor del retroceso en la política hacia Cuba y su contenido.

El análisis de los factores que han favorecido el retroceso de Estados Unidos se coloca principalmente en el terreno de los problemas y dificultades que confronta el gobierno de Donald Trump en el campo de su política interna. Entre estos la repercusión de la última gran crisis económica financiera, polarización de la riqueza y tensiones con el empleo y la calidad de su remuneración y división dentro de las corrientes de la clase dominante, las cuales fueron reflejadas en el resultado de las pasadas elecciones.  A ello se suma la poca credibilidad de los electores en los miembros del establishment, fracturas al interior tanto de demócratas como de republicanos y los sucesivos escándalos de un Presidente sin una estrategia e ideología establecida.

Todo ello se expresa en la falta de popularidad y respaldo al Presidente y las dificultades de su gobierno en el completamiento de la burocracia del Ejecutivo, el trabajo con el Congreso y las Cortes en ese país, con propuestas presentadas por el nuevo Presidente alejadas del consenso globalista y de libre comercio que le precedió.

Por ello, el ajuste regresivo de la política hacia Cuba se debió además a la influencia de figuras como el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz-Balart. El primero con poder dentro del Congreso en el importante Comité de Inteligencia y en el Comité de Asuntos Hemisféricos.  Rubio fue apoyado por la dirección del Partido republicano en las primarias de esa agrupación contra el propio Trump. En buena medida, sin que se ignoren otros factores, Trump subordinó los intereses nacionales (el camino recorrido en la última etapa de Obama demostró que es factible avanzar en múltiples áreas)  al pago de favores políticos a representantes de un sector cada vez con menos asidero, y que literalmente se quedó anclado en el pasado.

La regresión en cuanto al tratamiento a Cuba a partir de interpretaciones ideológicas e intervencionistas, que acrecientan las sanciones económicas y las acusaciones infundadas, es una vuelta a las etapas opacas llevadas a cabo por la Casa Blanca. La resultante no puede ser otra que el fracaso, en la medida en que esas decisiones no tienen sustento en la realidad objetiva,  y los procesos en curso en Cuba, Estados Unidos, la región y el mundo.

Es oportuno apuntar que los sectores retrógrados que se oponen al avance, de manera previsible no escatimarán esfuerzos y pretextos (sobre ello alertó desde el propio 17 de diciembre el General de Ejército Raúl Castro Ruz) para que la comunicación establecida entre ambos gobiernos implosione. En esta línea debe interpretarse (parece una narración traída por los pelos, e inspirada en un libreto hollywoodesco salido de las etapas más álgidas de la confrontación durante la guerra fría) las supuestas afectaciones a un grupo de diplomáticos estadounidense y su familiares en La Habana, caso en el que no se presentan pruebas y los especialistas coinciden en lo “rocambolesco” del guión escogido. No en balde Marcos Rubio exigió de inmediato el cierre de la legación diplomática en nuestra capital, el verdadero objetivo de esas agrupaciones y figuras minoritarias, el cual no pudieron obtener (con independencia de que también se lo exigieron al mandatario) en el Memorándum del 16 de junio.  [8]

El anuncio del secretario de Estado Rex Tillerson el pasado 29 de septiembre, en el que informó sobre la disminución del personal estadounidense acreditado en La Habana -apenas tres días más tarde de sostener un encuentro con su homólogo cubano- representó no solo una “decisión precipitada”, sino una concesión a esos sectores que desprecian el diálogo como única fórmula viable para allanar el conflicto histórico entre ambas naciones.

Esa medida, unida a la idea de hacer desistir a los ciudadanos estadounidenses de visitar Cuba,  son extremadamente graves, no solo en el marco bilateral, sino que generan un clima de incertidumbre en otras áreas, con independencia de que a nivel planetario existe un reconocimiento al prestigio de esta pequeña nación caribeña, en cuanto a la transparencia de su ejecutoria en diferentes ámbitos, incluyendo el cumplimiento de las obligaciones emanadas de los documentos suscritos, como la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961, la cual establece lo relacionado con la protección de los funcionarios diplomáticos extranjeros y sus familiares que laboran en las distintas capitales.

En realidad este proceder de la actual administración –empeñada hasta la saciedad por presentarse como un ejecutivo original capaz de obtener los mejores dividendos en todas las esferas- no es en modo alguno novedoso. La decisión adoptada, por el contrario, reproduce un patrón en el comportamiento político estadounidense: el uso del pretexto en su doble condición de legitimar, tanto en el plano interno como a escala foránea, la ulterior respuesta gubernamental, independientemente de que el “detonante” escogido para llevar a vías de hecho sus pretensiones carezca de veracidad.

A lo largo de la historia, sin hacer un recuento integral, abundan los ejemplos en que, necesitados de acondicionar las reacciones de la opinión pública, fabricaron, tergiversaron y manipularon acontecimientos, desde los que se escudaron para desencadenar ataques e intervenciones de toda índole. Están ahí, desde el citado caso de la voladura del acorazado Maine (curiosamente los únicos oficiales y tripulación a bordo esa jornada eran de piel negra, pues la jefatura blanca estaba de pase por la ciudad) pasando por Pearl Harbor; el Golfo de Tonkín; el 11 de septiembre del 2001 (cada vez más se incrementan los materiales, procedentes de diversas fuentes de análisis, que ponen al descubierto cómo las agencias estadounidense poseían innumerable información para detener de manera previa  a los terroristas que estrellaron los aviones en el World Trade Center y el Pentágono) o la noticia de las armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein, las cuales jamás nadie encontró en Bagdad, Mosul u otro pueblo o ciudad.

De igual manera acaba de ser revelado, como parte de varios de los documentos desclasificados en torno al asesinato del presidente John F. Kennedy (más allá de que habrá que esperar varios años para conocer en realidad la intríngulis de lo que sucedió durante el magnicidio en Dallas en noviembre de 1963, incluyendo todo lo relacionado con la figura de Lee Harvey Oswald, y su conexiones con diferentes sectores) que la CIA planificó bombazos en la Florida y el asesinato de inocentes refugiados simplemente para hacer lucir mal a Fidel Castro, como parte de la conocida Operación Mangosta, la cual contempló también otros aterradores planes, como el uso de armas biológicas para arruinar los cultivos, y propiciar una rebelión para derrocar el gobierno revolucionario. [9]

No importa que no se pruebe la autenticidad de la tesis esgrimida, lo trascendente es que, una vez lanzada a rodar las acusaciones –como bola de fuego in crescendo–  el efecto de las mismas será lo suficientemente potente como para confundir, garantizando así que las élites que diseñaron el engendro, y lo propalaron hasta la saciedad, tengan manos libres para la actuación en diversos terrenos. Lo pérfido de este comportamiento entronca tanto con la idea de Goebels, en la Alemania nazi, de que una mentira repetida mil veces era más efectiva que la verdad, como con la apreciación de Henry Kissinger de que lo importante no son los hechos en sí mismos, sino la manera en que estos se perciben por las grandes masas.

Este proceder, sin embargo, revela la debilidad de Trump, compelido a “fabricar” incidentes que le permitan validar sus decisiones. Dicho de otro modo, aunque quiera cerrar las embajadas y aplicar otras sanciones, no tiene la fortaleza simplemente de anunciar esas medidas y recurre, como un escolar, a “subterfugios” y “cantinfleos” que supuestamente lo hagan lucir bien ante los demás. Lejos de la imagen que intenta proyectar, su actitud es evidencia nítida de la fragilidad que lo acompaña, la cual no pasa inadvertida para expertos y público en general de los cuatro puntos cardinales.

La escalada de los desaciertos de Trump (de manera absolutamente gratuita, pues ninguna de las variables desde la parte cubana que propició la evolución de los vínculos durante la gestión de Obama desapareció) despertó de inmediato el rechazo de numerosas figuras de ambos partidos  y de personalidades de todo el orbe. [10]

El mandatario estadounidense debía aprender de las lecciones que le brinda el pasado, acerca de cuál es la única manera en que resulta viable transitar este camino con el gobierno cubano. Desde el triunfo revolucionario quedó claro, con suficiente elocuencia, que solo mediante la conversación respetuosa, desprovista de condicionamientos y ultimatos, se crea el contexto adecuado en aras de labrar otro modus vivendi. [11]

Fuerzas y razones a favor de la continuidad de la política y la resistencia al ajuste regresivo.

Los factores principales a favor de la continuidad en el mejoramiento de las relaciones bilaterales están asociados al curso de la realidad cubana y el proceso de perfeccionamiento de su sistema en desarrollo.  Es sumamente importante que el mismo no está definido ni depende de la política de Estados Unidos hacia Cuba, si bien la actual postura de vuelta atrás con sanciones, denuncias sin fundamento y agresiones verbales y calumnias están diseñadas para afectar las relaciones diplomáticas y colateralmente pueden dañar los resultados en varios de los acuerdos, vinculantes y no vinculantes, alcanzados entre los gobiernos de los dos países. Esta es una posición expresada desde el primer momento por las autoridades cubanas. No se aceptará, bajo ninguna circunstancia, condicionamientos de ninguna clase, al tiempo que es irrenunciable la voluntad de continuar actualizando y perfeccionando el sistema económico, político y social, enfilado a satisfacer las aspiraciones del pueblo.

Las restringidas oportunidades de negocio al capital estadounidense, en el marco de la aplicación vigente del bloqueo, siguen abiertas, por lo cual debe mantenerse la presión de las empresas, corporaciones y grupos de intereses que apoyan el levantamiento de las sanciones económicas. Es válido resaltar que en el Senado se presentó una propuesta sobre la libertad de viajar a Cuba, la  que contó con 55 coauspiciadores, como evidencia del respaldo de una clara mayoría a que se eche por la borda una prohibición absurda que pesa sobre los ciudadanos estadounidenses.

Entre las expresiones por no detener lo alcanzado se encuentran los resultados a las encuestas realizadas, las cuales reflejan apoyo indiscutible a los pasos dados a partir del 17D.  Esa tendencia debe reforzarse en lo progresivo por las posibilidades económicas y migratorias en Cuba y el aumento de los inmigrantes llegados a ese país después de 1980, inclinados junto a los más jóvenes a tener vínculos normales  y no determinados por el odio hacia el proceso revolucionario.

En la medida que la economía antillana avance, incremente el ritmo de crecimiento y aumenten los negocios e inversiones extranjeras del resto del mundo, se estimulará la motivación económica de las corporaciones de Estados Unidos por tener relaciones en esta esfera.  En la actualidad esa dinámica se expresa en los numerosos pronunciamientos de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, y sus semejantes a nivel estadual, sobre todo a partir de la labor de los comités que representan a los productores agropecuarios, pero extensivo también a otros campos.  Los lobbies de negocios deben desempeñar un mayor quehacer en las relaciones con Cuba, la cual no es un mercado enorme, pero puede llegar a ser significativo.

Asimismo no pueden desestimarse la función de los gobiernos en los estados y a nivel local,  y sus propias asociaciones proclives a abrir y ampliar sus relaciones. El interés no se distribuye de manera homogénea, ya que determinadas industrias y regiones manifiestan mayor inclinación por los beneficios que tendrían, dada la cercanía geográfica y la creciente demanda que despierta Cuba.

Los progresos en asuntos de la seguridad nacional fueron de los más importantes avances en el corto período de negociaciones bilaterales. Es relevante que 16 antiguos militares firmaron una carta que advertía sobre los riesgos de afectar las relaciones en materia de seguridad con Cuba, desde el prisma que ello podría dañar directamente la seguridad nacional de Estados Unidos.

Causas del previsible fracaso de la política de agresiones, sanciones y necesario reajuste progresivo.

Postulamos el fracaso de la inclinación de la política de la administración Trump, porque no tiene bases objetivas. Las provocaciones verbales del presidente estadounidense, sus acusaciones y afirmaciones infundadas sobre la sociedad cubana y su sistema no tienen fundamento real. Su discurso en el 72 período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas es otra muestra de su incapacidad para comprender que los momentos actuales, a escala global y con Cuba, demandan otro tipo de pronunciamientos, si en verdad se aspira a facilitar la comunicación entre los pueblos.

El proceso cubano de actualización de su sistema económico, social y político posee bases que han sido sólidamente establecidas, mediante la discusión interna y la búsqueda del consenso y apoyo del pueblo a través de mecanismos profundamente democráticos.

Los avances en las relaciones bilaterales alcanzados durante los dos últimos años de la administración Obama no están en contradicción con ninguno de los temas principales del gobierno de Trump. Es obvio que la eliminación gradual del bloqueo beneficiaría también en gran medida a las empresas de Estados Unidos y contribuiría a crear empleos de la más variada gama,  una de sus obsesiones.

Los acuerdos realizados -dirigidos a temas que no son parte del conflicto histórico- ofrecen importantes garantías y beneficios en temas de extraordinaria importancia para la esfera de la seguridad nacional de los dos países. Echando una mirada a esas temáticas se comprende su significación: narcotráfico, terrorismo, tráfico de personas, seguridad naval y aérea, enfrentamiento a desastres naturales, colaboración de salud y medio ambiente, entre otras.   Dada la proximidad geográfica son asuntos imposibles de ignorar por ningún gobierno.

Cuba ha desempeñado y sigue contribuyendo de forma distinguida a un clima de paz en el mundo. Si antes hubo ejemplos como el aporte al logro de la independencia en Namibia, la integridad de Angola y el fin del Apartheid en Sudáfrica, hoy existen muchos en varias direcciones. El caso más notable en nuestra región es el papel desempeñado en las negociaciones de paz en Colombia,  reconocido por las autoridades y figuras de los más diversos signos ideológicos.

Por otro lado, el pasado 1ero de noviembre del 2017 la Mayor de las Antillas alcanzó otra resonante victoria en la arena internacional. En la votación que se realiza desde 1992, a partir de la resolución presentada para condenar el bloqueo, 191 países se pronunciaron con energía sobre la necesidad de poner fin a dicha política, implementada durante décadas para derrocar a la Revolución Cubana. Únicamente Estados Unidos (que el año anterior se abstuvo) e Israel, acólito de la Casa Blanca en innumerables cuestiones, se opusieron al clamor universal de echar abajo un proceder, considerado además por diferentes convenciones como un crimen de lessa humanidad.

A esto hay que añadir las medidas anunciadas pocos días antes por el canciller Rodríguez Parrilla, durante su intervención en el encuentro realizado el 28 de octubre en Washington, intercambio en el que participaron casi doscientos cubanos que viven en 17 estados de la Unión. La posición de Cuba (eliminando la “habilitación” del pasaporte; permitiendo la entrada de cubanos residentes en el exterior en yates de recreo; suprimiendo el tiempo establecido para que quienes abandonaron ilegalmente el país pudieran retornar, y propiciando que los hijos de cubanos adquieran la ciudadanía sin necesidad de radicar o “avecindarse” en territorio nacional, todas ellas a aplicar a partir de enero del 2018) contrasta de manera enorme con la postura del gobierno estadounidense que, esgrimiendo el pretexto de los supuestos ataques sónicos, redujo al mínimo su personal en La Habana, expulsó a 15 diplomáticos antillanos en Estados Unidos y, en definitiva, perjudicó los intercambios en diversa áreas y daña de manera particular a los ciudadanos de ambos países.

De una a otro confín se toma nota que, mientras Cuba incrementa su apertura en todas las direcciones (incluyendo una cada vez más ordenada y armónica relación con su comunidad en el exterior) Estados Unidos se refocila en posiciones desfasadas, que reinterpretan en dimensiones todavía más dantescas el peor espíritu de la Guerra Fría, y se ancla en un pasado que no conduce a nada. Es la antinomia entre la construcción de puentes, encarando los desafíos y complejidades que ello supone, máxime en una relación de naturaleza asimétrica que no cambiará, y la retórica encaminada a impedir que continúen abriéndose caminos.

En los últimos meses, por desgracia, el ejecutivo estadounidense persistió en la “enfermiza obsesión” que condujo al precipicio a las administraciones precedentes, e ignoró aspectos de gran significación que hacen viable la continuidad de los enfoques situados como ejes por el presidente Obama. Hay que aclarar  (pasar por alto dicha precisión resultaría funesto) que el primer mandatario afrodescendiente en ocupar el Salón Oval, apenas estableció adecuaciones en los instrumentos para lograr sus pretensiones, o lo que es igual dejó incólumes los objetivos estratégicos imperiales de vieja data de dominar e influir, mediante una u otra vía, en los destinos de Cuba. [12]

Conclusiones

La actual coyuntura regresiva representada por la política de Donald Trump hacia Cuba no debe establecerse como tendencia a largo plazo. Ella no responde a los objetivos y motivaciones generales de Estados Unidos, ni a sus intereses económicos ni a su seguridad nacional, que son los factores principales en la formación de su política exterior. Ni siquiera encuentra respaldo en los temas principales detrás del lema nacionalista de Trump “America First”.

El tema cubano, por el momento, resultó atrapado por la dinámica de política interna, las dificultades y desafíos de la figura del Presidente para gobernar, dado las divisiones al interior de la clase dominante, y la falta de consenso de la burocracia institucional sobre temas clave presentados como parte de la agenda de Trump. Todo hace indicar que la cuestión cubana, otra vez, fue colocada como moneda en la transacción para obtener cierto respaldo en el Congreso y sobre todo en el Senado para evitar la agudización de la confrontación entre Ejecutivo y Legislativo y reducir las probabilidades de una crisis que derive en que Trump termine antes de tiempo su gestión.

El apoyo de la mayoría de los estadounidenses y los cubanoamericanos lejos de reducirse, por múltiples razones, se incrementará. Los intereses de negocios con Cuba tampoco deberán menguar, y serán estimulados en la medida que se siga profundizando el perfeccionamiento de la economía antillana y se alcance mayor dinamismo en un período sostenido. Ello confirmaría, una vez más, el fracaso de la política de aislamiento y recrudecimiento de sanciones, que aunque limite el ritmo del desarrollo de Cuba, no logrará rendirla ni subordinarla nunca.

La dirección cubana ha actuado con extraordinaria sabiduría. Desde el mensaje de felicitación que le envió el presidente Raúl Castro Ruz, luego de su “peculiar” elección el 8 de noviembre, pasando por las intervenciones del presidente antillano en la Cumbre de la CELAC en Punta Cana, en enero de este año, y en el IX Período Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional, en julio último, siempre se dejó clara la disposición a avanzar sobre el respeto mutuo, en la misma medida que no se permitirá la más mínima sombra a la soberanía nacional. [13]

Es más, en una demostración de la estatura política de los dirigentes caribeños, se señaló más de una vez que el mandatario estadounidense ha sido mal asesorado, lo que sin dudas establece una puerta abierta para la comunicación directa, y coloca sobre el tapete la capacidad desde este lado para ventilar cualquier asunto. Dicho de otra manera, algo de lo que se han hecho eco decenas de expertos, Cuba ni perdió la compostura ni dejó de propiciar un ambiente para que la diplomacia prosiga desempeñado el rol que asumió  en la última etapa de Obama. Esa manera de proceder demuestra potencia, capacidad de resolución y entereza en el sendero escogido, al tiempo que reconoce la necesidad del diálogo como sendero para ascender a nuevos escalones, en la construcción de la denominada “convivencia civilizada”.

 

Profesor Auxiliar del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre Estados Unidos (CEHSEU) de la Universidad de La Habana.

 

Bibliografía.

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  • Pérez Jr., Louis A.: Cuba en el imaginario de los Estados Unidos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014.
  • Rodríguez Parrilla, Bruno: “Cuba jamás aceptará condicionamientos ni imposiciones”, discurso en el 72 Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Granma, 23 de septiembre del 2017.
  • Rodríguez, Sergio Alejandro: “Cuba considera precipitada la decisión estadounidense de recortar personal diplomático en La Habana”, Granma, sábado 30 de septiembre del 2017, p. 5.
  • Sánchez Parodi-Montoto, Ramón: El espectáculo electoral más costoso del mundo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014.
  • Schoultz, Lars: Beneath the United States. A history of U.S policy toward Latin America, Harvard University Press, 1999.
  • Zinn, Howard: La otra historia de Estados Unidos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004.

 

 

 

 

[1] Uno de los más prestigiosos historiadores cubanos apunta; “Hasta 1898, la política mundial había sido política europea principalmente. Los Estados Unidos habían ganado en población y riqueza durante un siglo, en proporciones nunca vistas, y se habían anexado en ese tiempo territorios en mayor extensión que cualquier potencia del Viejo Mundo, sin exceptuar a Inglaterra. (…) Los Estados Unidos, por su parte, se hallaban en un momento crítico de su historia, en una hora de exaltación y plenitud, en la cual las tendencias a la expansión exterior volvían a reanudar su actividad con poderosa fuerza”. Guerra Díaz, Ramiro: La expansión territorial de Estados Unidos, Editorial de Ciencias Sociales, Tercera edición, La Habana, 2008, pp. 292-293.

[2]Louis A. Pérez Jr. analiza con detenimiento estos procederes, desde el uso de la metáfora y la capacidad del lenguaje y la imagen para “conformar la lógica moral del poder como fenómeno normativo”. Ver, entre varias de sus obras, Pérez Jr., Louis A.: Cuba en el imaginario de los Estados Unidos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014, p. 7.

 

[3]La visita de Fidel a Estados Unidos resultó la primera de una dirigente latinoamericano a ese país cuyo propósito no fue pedir empréstito alguno, sino explicar las concepciones revolucionarias sobre disímiles temas y establecer un puente de entendimiento entre las dos naciones. En el discurso que pronunció durante el almuerzo ofrecido por la Asociación de Editores de Periódicos, en el Hotel Statler, el 17 de abril, dejó claro que: “Hay muchos intereses en las distintas naciones y muchas veces esos intereses están en conflicto, pero nuestras necesidades la única manera que podemos resolverlas sin discusión alguna, es defendiendo el derecho de los cubanos a mejorar su país y su propia situación. Eso es lo que queremos que el pueblo norteamericano comprenda. (…) Cuando alguien me preguntó si  no veníamos a buscar dinero, de qué manera podía Estados Unidos ayudarnos, contesté: únicamente con un trato justo en materias económicas. En segundo lugar, con una comprensión justa y cabal, porque una comprensión cabal es lo único que necesitamos”. Ver: Fidel Castro Ruz y los Estados Unidos. 90 discursos, intervenciones y reflexiones, (Compilador: Abel Enrique González Santamaría), Ocean Sur, 2016, p. 14.

[4] Ver: “Curry responde a Trump”, en: http://espndeportes.espn.com/basquetbol/nota/_/id/3566553/curry-responde-a-trump-no-es-lo-que-hacen-los-lideres y “Marc Anthony exige a Trump callar en controversia con NFL”, http://www.elnuevoherald.com/entretenimiento/article175381301.html#storylink=cpy.

 

[5] Con relación a Venezuela -con cinismo digno de un galardón y desconociendo el quehacer permanente de su gobierno y de la embajada yanqui en Caracas para que la Revolución Bolivariana se arrodillara por cualquier vía-  expresó: “La dictadura socialista de Nicolás Maduro ha infligido un terrible dolor y sufrimiento al buen pueblo de ese país. Este régimen corrupto destruyó una nación próspera al imponer una ideología fallida que ha traído consigo pobreza y miseria en todas partes donde se ha probado. Para empeorar aún más la situación, Maduro ha desafiado a su propio pueblo, al robar el poder a sus representantes elegidos para preservar su desastroso mandato. El pueblo venezolano está muriendo de hambre, y su país está colapsando. Sus instituciones democráticas están siendo destruidas. Esta situación es completamente inaceptable, y no podemos permanecer pasivos y observar”. Intervención del Presidente Trump ante el 72º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, en: http://www.granma.cu/mundo/2017-09-20/intervencion-del-presidente-trump-ante-el-72o-periodo-de-sesiones-de-la-asamblea-general-de-las-naciones-unidas-20-09-2017-01-09-04.

[6] Ver: Pérez Casabona, Hassan: “El capitalismo entró en colapso” y “El capitalismo contemporáneo: un lobo que no se disfraza”, a propósito de los  Congresos Internacionales: “El Capitalismo Global en las Américas”, e “Imaginando posibilidades: humanistas conectados con una mejor lucha contra la opresión”, celebrados en La Habana entre el 1ero y el 4 de noviembre del 2017.  http://www.trabajadores.cu/20171101/capitalismo-entro-colapso/  y http://www.trabajadores.cu/20171103/el-capitalismo-contemporaneo-un-lobo-que-no-se-disfraza/

 

 

[7]LeoGrande, William M.: “Reversing Obama´s Cuba Policy?”,AULABLOG, Center for Latin America and Latino Studies, American University, Washington, DC. https://www.linktank.com/publication/perspectives-on-u-s-cuba-relations-under-trump (Consultado: 18/09/2017)

[8] Sobre el tema el canciller cubano expresó en Naciones Unidas, jornadas después de la desacertada intervención de Trump: “Afirmamos categóricamente que el gobierno cubano cumple con todo rigor y seriedad sus obligaciones con la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas en lo referido a la protección de la integridad de todos los diplomáticos sin excepción, incluyendo los de Estados Unidos; y que Cuba jamás ha perpetrado ni perpetrará acciones de esta naturaleza; ni ha permitido ni permitirá que su territorio sea utilizado por terceros con ese propósito. Las autoridades cubanas, de acuerdo con los resultados preliminares de la investigación prioritaria y con alto componente técnico que están desarrollando por indicación del más alto nivel de nuestro gobierno, y que h tomado en consideración datos aportados por las autoridades de los Estados Unidos, hasta el momento no cuentan con evidencia alguna que confirme las causas ni el origen de las afecciones a la salud que han sido reportadas por los diplomáticos estadounidense y sus familiares. La investigación para esclarecer este asunto sigue en curso y para llevarla a término será esencial la cooperación efectiva de las autoridades estadounidenses. Sería lamentable que se politice un asunto de la naturaleza descrita”. Bruno Rodríguez Parrilla: “Cuba jamás aceptará condicionamientos ni imposiciones”, discurso en el 72 Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Granma, 23 de septiembre  del 2017, p. 6.

[9] Tim Elfrink : “CIA Considered Bombing Miami and Killing Refugees to Blame Castro”, http://www.miaminewtimes.com/news/sham-marriages-for-immigrants-might-rise-under-trump-9790115 (Revisado el 31 de octubre del 2017).

[10]La prensa cubana recogió varios de esos pronunciamientos. El representante demócrata Jim McGovern, por ejemplo, no vaciló en afirmar que esas medidas eran la muestra reciente de una Casa Blanca: “…con una impresionante ignorancia en cuanto a la mejor manera de conducir la política exterior. Los estadounidenses no pueden permitirse el retorno a las fallidas políticas aislacionistas de la Guerra Fría que dividieron a las familias durante 50 años”. De igual manera: “La exjefa de la Sección de Intereses norteamericana en La Habana Vicki Huddleston escribió en su cuenta de Twitter que las buenas relaciones entre los dos países van en interés nacional de Estados Unidos, mientras las malas responden a la obsesión del senador Marcos Rubio con Cuba, ´El Congreso debe presionar a la administración para detener la espiral descendente de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba´, añadió citada por PL”. Rodríguez, Sergio Alejandro: “Cuba considera precipitada la decisión estadounidense de recortar personal diplomático en La Habana”, Granma, sábado 30 de septiembre del 2017, p. 5.

[11]LeoGrande, William M. & Kornbluh, Peter: Back Channel to Cuba. The hidden history of negotiations between Washington and Havana, The University of North Carolina Press, Chapel Hill, 2014, pp. 407-417.

[12] Carlos Fazio: “Trump, el bloqueo a Cuba y la contra de la Florida”, en: http://www.cubadebate.cu/opinion/2017/10/31/trump-el-bloqueo-a-cuba-y-la-contra-de-la-florida/#.Wfo-AjusNZo  (Revisado el 1ero de noviembre del 2017).

[13]En sus palabras en el parlamento Raúl afirmó: “Cuba y Estados Unidos pueden cooperar y convivir, respetando las diferencias y promoviendo todo aquello que beneficie a ambos países y pueblos, pero no debe esperarse que para ello Cuba realice concesiones inherentes a su soberanía e independencia y que negocie sus principios o acepte condicionamientos de ningún tipo, como no lo hemos hecho nunca en la historia de la Revolución”. Con independencia de lo que el gobierno de Estados Unidos decida hacer o no, seguiremos avanzando en el camino escogido soberanamente por nuestro pueblo”. Castro Ruz, Raúl: “Discurso en la clausura del IX Período Ordinario de Sesiones de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular”, en el Palacio de Convenciones, el 14 de julio de 2017, Granma, p. 4.

(Tomado del boletín se dice cubano de la UNEAC no 26)

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