José Martí, revolucionario en todas partes

Luis Toledo Sande

 

La inercia es tan factual como ineludible, y —ya sea impulso o freno— puede ser útil y también nociva. Es una ley física, perometafóricamente explica hechos de otros terrenos, como el cultural. En esteúltimo figuran la interpretación y el entendimiento de los textos y las ideas, y así ocurre en el caso deJosé Martí, centro de las presentes notas.

No parece que siempre se haya prestado plenaatención a claves que él mismo ofreció para la lectura de su obra. Una de ellas se halla en la carta —que aquí apenas se roza— del 19 de diciembre de 1882 a Bartolomé Mitre Vedia, director del diario bonaerense La Nación: “Es mal mío no poder concebir nada en retazos, y querer cargar de esencia los pequeños moldes, y hacer los artículos de diario como si fueran libros”.

Lo que él se atribuyó como un mal —huelga decirlo—es una de sus virtudes, y se afianza en la organicidad con queacometía su labor. Pero, a veces, para decir que la mayor parte de su producción la componen textos periodísticos, no libros, se ha dicho que no la distingue la presencia de obras orgánicas. Con ello se le aplican, de algún modo, cartabones de zonas culturales en que se prestigian de preferenciatextos con sesgo detratados monográficos, no la crónica y el ensayo periodístico,tan relevantes en nuestra América.

La organicidad en Martí se debe a su maestría expresiva, aparejada a la coherencia de su pensamiento, que se afirmó con incesante honradez en sus actos, y en suabarcadora perspectiva. No termina en la razón con que cada uno de sus textos puede leerse como si fuera un libro, sino que se extiende al hecho de que —salvedades genéricas aparte, y sin obviar la evolución propia de todo autor, y en él temprana— así vale leer igualmente el conjunto de su producción, monumental por significado, altura artística y cifra.

Se sabe que la citada carta a Mitre respondió altemor que ese editor sintió de que ya en la primera crónica de Martí para La Naciónpudiera percibirse el inicio de una “campaña de denunciation” —palabras del argentino— contra los Estados Unidos “como cuerpo social”.Martí se las arregló para seguir haciendo su tarea sin traicionarse ni dar motivos para lo que algunos han visto como deslumbramiento ante la realidad de aquel país, con lo cual obvianlas tempranas y rotundas impugnaciones que le hizo. En ocasiones se ha partido de una lectura insuficiente de sus “Impresiones…” de 1880 en la revista neoyorquina TheHour, en las cuales priman, más que un mero seudónimo, laperspectiva y la voz narradora de todo unpersonaje literario creado por él: un español que, recién llegado a Nueva York, se asombra de lo que allí ve en contraste con las persistencias del atraso feudal enEspaña.

Ni siquiera es seguro que en todo momento la condición de permanente revolucionario cubano se haya apreciado lo bastante. No faltan indicios de que a veces ha sido vista como una carrera intermitente desde el presidio político hasta los preparativos ya ostensibles de la guerra de liberación, y su muerte en combate. Su obligadoperegrinar ha puesto su parte en el déficit valorativo aludido, y no se descuenten los efectos de zonas en que parte al menos de la documentación se tiene por perdida.

Pero él, en carta del 27 de noviembre de 1877 a Valero Pujol, director del diario guatemalteco El Progreso, definió así lo que se proponía trasmitir a sus lectores: “Les hablo de lo que hablo siempre: de este gigante desconocido, de estas tierras que balbucean, de nuestra América fabulosa”, e inmediatamente añade: “Yo nací en Cuba, y estaré en tierra de Cuba aun cuando pise los no domados llanos del Arauco”.

A la luz de esa declaración debe ponderarse su largo y poco interrumpido periplo como deportado. Así se vio obligado a vivir desde la salida del presidio y su confinamiento en la entonces Isla de Pinos, cuando aún era un adolescente. Pero si no siempre tuvo en el destierro iguales posibilidades para actuar, todo cuanto hizo—desde pensar y conspirar hasta organizar una guerra— aunque no estuviera visiblemente ligado a Cuba lo asumía como parte de su preparación para servirle, y con plena conciencia de revolucionario cubano.

Y tampoco se agotaba en esa condición el luchador que, guiado por su universalidad, expresó en el arranque de sus Versos sencillos: “Yo soy un hombre sincero/ De donde crece la palma”. También dice en ese poemario: “Yo vengo de todas partes,/ Y hacia todas partes voy”, “Vengo del sol, y al sol voy:/ Soy el amor: soy el verso!”.Seguro del valor de su punto de partida y de destino, y de su trayectoria, puede vaticinar: “Yo soy bueno, y como bueno/ Moriré de cara al sol”.

Más de una década antes, en 1876, con respecto a riesgos que encaró en México, había plasmado otra de las máximas cuya consecuencia germinadora recorren su obra como semillas de fuego: “Y así, allá como aquí, donde yo vaya como donde estoy, en tantodure mi peregrinación por la ancha tierra,—para la lisonja, siempreextranjero; para el peligro, siempre ciudadano”.Anticipaba lo de “Patria es humanidad” que escribirá poco antes de morir y no se ha librado de lecturas empobrecedoras, a despecho de la riqueza conceptual con que en ese texto y en otrosabundó sobrelos nexos entre la patria inmediata, o natal, y la patria mayor que es la humanidad. Lo guiaba la perspectiva con que, a base de etimología y profundización, sostuvo en uno de sus cuadernos de apuntes: “Para mí, la palabra Universo explica el Universo: Versus uni: lo vario en lo uno”.

Esos juicios deben considerarsea fondo, por ejemplo —y nada menos—, al valorarla significación que para él tuvo la estancia en el país donde más tiempo vivió fuera de Cuba, los Estados Unidos: cerca de quince años y, por añadidura, en el tramo final de su existencia. De ese modo fueron decisivos en su evolución, en un camino de pensamiento que, aunque precoz, era natural que tuviera una maduración creciente, si bien desde la juventud, o ya en la adolescencia,se caracterizó por su asombrosasolidez.

En Nueva York residiódesde los inicios de 1880 hasta los de 1881, y desde mediados de este año hasta enero de 1895, cuando partió en intenso y largo recorrido hacia a Cuba, donde lo esperaría la guerra que él había contribuido decisivamente a preparar. No llegó a la urbe norteña en busca de mejoría económica. Bien lejos de eso,a lo largo de su existencia dio un ejemplo válido para las revoluciones que en el mundo hayan deseado o se propongan servir de veras a los pobres de la tierra: escogió ser uno de ellos, vivir como ellos, sin acomodarse al talento que le habría permitido hacerse rico.

Retrató aquella ciudad no solo en crónicas y cartas, sino también en poemas de sus Versos libres. En “Amor de ciudad grande”, por ejemplo, capta la atmósferas moral que lo lleva a exclamar: “¡Me espanta la ciudad!” y “¡Tomad vosotros, catadores ruines/ De vinillos humanos, esos vasos/ Donde el jugo de lirio a grandes sorbos/ Sin compasión y sin temor se bebe!/ ¡Tomad! ¡Yo soy honrado, y tengo miedo!”. Hallóuna “metrópoli ahíta y gozadora”, una “copa de veneno” a la cual se sentía atado por las circunstancias.

Cuéntese en ellas el destierro, el apremio de evadir la vigilancia española —hasta donde fuera posible, porque en su contra actuaron agentes españoles y estadounidenses— y disponer de vías para vincularse con los compatriotas que, como él, se hallaban en los Estados Unidos o en otras tierras. Entre ellos fundó el Partido Revolucionario Cubano y el periódico Patria,y dio los demás pasos decisivos hacia la guerra de liberación en Cuba, sin descuidar la coordinación con quienes permanecían en ella, que sería protagonista y escenario de la lucha.

Desde Nueva York se le facilitaba asimismo relacionarse —por la prensa, la tribuna, la diplomacia, la actividad literaria, vínculos personales y cuantos otros caminos dignosencontró— con los pueblos de nuestra América, donde su prestigio sería una fuerza revolucionaria. En el cosmopolita mirador neoyorquino se le proporcionaron además fuentes para estar al tanto de mucho de lo más vivo y renovador de la cultura mundial, así en arte y literatura como en ciencia y tecnología y otros saberes. Sobre todo, vivir en las entrañas del monstruo le alimentó la luz con la cual calóen el rumbo de la nación donde se gestaban el imperialismo y, con este, grandes peligros, en primer lugar, para los países situados desde México hasta la Patagonia, incluidas las islas, Cuba entre ellas.

En estos días, a propósito de la inauguración oficial en La Habana de una réplica de la estatua que rinde tributo a Martí en el Parque Central de Nueva York—a pesar de fuerzas que trataron de impedirlo—, el autor de estas notas ha insistido en algo que sostienehace años. En los Estados Unidos el revolucionario latinoamericano —y, dentro de eso, cubano, y puertorriqueño, aunque nunca estuvo en esa tierra— no se fraguó como antimperialista solamente como defensor de nuestros pueblos. Fue también un revolucionarioestadounidense. ¿Acaso huboallí otro más lúcido y radical que él?

Salvar el honor de aquella nación no era importante solo para nuestra América —incluida Cuba— y el resto del mundo. Se trataba de frenar nada menos quela expansión con que el imperio se encaminaba a desencadenar guerras de rapiña y quebrantar una vez y otra la paz. El logro deseado por Martí habría sido redentorincluso para el mismo pueblo norteño: lo habría librado de vivir en una potencia agresora, que sembraría cada vez más terror en el planeta por medio de las armas y la economía, y que se valdría de una maquinaria cultural y propagandística igualmente poderosa.

Contra esa maquinaria urge que prospere la firmeza conceptual y práctica de los pueblos, iluminados por el rechazo que, en quienes quieren ver, genera el imperio. Pero aún hoy ella les facilita en gran medida a los gobernantes de aquel país una de las monstruosidades que Martí denunció en su tiempo: el manejo de su propia opinión pública no como se guía un “corcel de raza buena”, sino una “mula mansa y bellaca”.

Con voluntad de libertador, Martí valoró las virtudes de grandes disidentes de aquella sociedad, entre los cuales sobresalían el pensador Ralph Waldo Emerson, el activista social Wendell Phillips, el sacerdote católico irlandés Edward Mc Glynn y otros por quienes profesó admiración y a cuyo conocimiento en lengua española contribuyó. De la escritora Helen Hunt Jackson, otro ejemplo, tradujo entusiastamente la novela Ramona, y tomó la idea que desarrolló en “Dos príncipes”, poema de La Edad de Oro.

Hay fundamento para afirmar algo que iluminan aportes como el debido al investigador Rodolfo Sarracino en su acarreosobre los nexos de Martí con el club neoyorquino Crepúsculo: el revolucionario cubanobuscaba relacionarse con personas de aquel país que tuvieran potencialidades para,por lo menos —y no era poco—, influir en favor de la causa cubana en la medida en que actuasen contra las lacras internas que marcaban el rumbo del voraz Norte revuelto y brutal, como lo llamó Martí en la carta póstuma a su amigo mexicano Manuel Mercado.

Esa carta, escrita el 18 de mayo de 1895, víspera de su muerte, confirma que él, frente a las pretensiones de los Estados Unidos,se afanaba resueltamente en levantar no solo trincheras de ideas, sino hechos prácticos, lucha armada incluida. A Mercado le dice que todo cuanto había hecho, y haría,obedecía al propósito de impedir los planes expansionistas de aquella nación, y, ya en campaña, se siente satisfecho de estar cada día en peligro de dar su vida por el cumplimiento de ese que él consideraba su deber.

Ciertamente, si algo no cabe decir del proyecto revolucionario de José Martí es que haya perdido suactualidad. Por el contrario, duele que continúe siendo tan vigente. No porque pese reconocerlo, sino porque su vigencia señala que aún la realidad mundial se parece demasiado a la que él rechazó y combatió, y,en consecuencia, se hallamuy lejos de ser la que él deseaba, basada en la libertad, la justicia y la equidad.

Por lo que atañe enparticular a los Estados Unidos, ese hecho lo confirma la persistencia de un imperio que sigue siendo esencialmente el mismo, ya tenga un césar “glamuroso” o uno que llega a groseríastal vez inimaginables antes de su arribo a la Casa Blanca. Aquel, armado inmoralmente de un Premio Nobel de la Paz que le sirvió para fomentar guerras, fue, en lo sustancial, tan belicista y tan deportador de inmigrantes como el desfachatado que hoy propicia que se vean más fácilmente las que Martí llamó entrañas del monstruo. Como para los pueblos todos, para Cuba la estrategia imperial continúa invariable, ya se encauce por la táctica de la zanahoria falaz o por la del garrote visible.

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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