José Martí y su visión de futuro acerca de las relaciones de Cuba independiente con los Estados Unidos.

 

Dra María Caridad Pacheco González

(Centro de Estudios Martianos)

La crítica descarnada de la sociedad estadounidense alcanza toda su dimensión en las crónicas norteamericanas escritas por Martí en la década del 80 y los primeros años de los 90 del siglo XIX, coincidiendo con su combate resuelto contra las diferentes posiciones del anexionismo que se consolidan por esa misma época. Un peligro prevé Martí en relación con la corriente anexionista, y es el desgajamiento de la nacionalidad cubana, la pérdida de la identidad como consecuencia del dominio económico y político de los Estados Unidos sobre nuestro país, lo cual socavaría las bases de la sociedad y de la cultura cubanas, y por ello insiste: “… el sacrificio oportuno es preferible a la aniquilación definitiva. Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos, y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida, o una transformación que es como la perdida, de nuestra nacionalidad”.[i]

De este modo, el significado de la guerra que se libraría en Cuba no se limitaría a la simple obtención de la independencia, sino a la construcción de una república basada en ideales democráticos y antiimperialistas, cuyas conquistas en los planos económico, político y social, debían estar dirigidas al mejoramiento humano. Martí comprendió tempranamente los grandes obstáculos que se levantarían, tanto dentro como fuera de Cuba,  para llevar adelante tan magna obra y por ello prevé la implementación de tres condiciones fundamentales: la unidad y ordenamiento internos del país, la toma de conciencia de los pueblos de Cuba y demás países de Nuestra América, y la unión de dichos pueblos en un frente común antiimperialista. Las dos primeras de estas condiciones suponía una gigantesca labor ideológica que Martí  ya había comenzado y nos dejó en sus artículos y discursos revolucionarios; la tercera, debía ser el resultado del desarrollo de la conciencia nacional y continental, cuya primera etapa radicaría en la lucha armada contra el dominio del colonialismo español.

Nada descuidó Martí en aquella contienda del 95, y a estas preocupaciones obedece  la actividad intensa y permanente del Apóstol por aproximarse al pueblo norteamericano como medio de informarlo y persuadirlo acerca de la causa de la independencia cubana, para lo cual utilizó entre otros medios, la docencia, la prensa y la oratoria. Pero sin lugar a dudas uno de los ejemplos más ilustrativos de este esfuerzo movilizador fue su inclusión en diciembre de 1890 como socio del Club Crepúsculo, institución creada por personalidades de la cultura, de la economía y de la política de ese país, que unidas por el amor a la naturaleza y a la justicia, encontraron en esta asociación una vía para reformar el sistema político estadounidense y debatir sobre temas cruciales para la sociedad norteamericana y el equilibrio de los pueblos.[ii]

Entre los factores fundamentales que facilitan su incorporación al selecto Club no solo se encuentra el haber sido nombrado meses antes cónsul en Nueva York de la Argentina y Paraguay, cargo que también ocupaba desde 1887 por la República Oriental del Uruguay,  sino también el haber alcanzado un merecido reconocimiento en los medios intelectuales norteamericanos, hasta tal punto que hasta el propio secretario de Estado al ver el desempeño de Martí en la Conferencia Monetaria Internacional(1891), intentó ganarlo para sus maniobras electorales, lo cual queda revelado en un libro testimonial escrito por el argentino Carlos A Aldao[iii], en el cual éste recuerda cómo Martí “solía narrar con cierto orgullo haber acompañado hasta la escalera de su modesta vivienda al emisario de Blaine que había entrado en ella a proponerle ventajas pecuniarias, en cambio de cuatro mil votos cubanos de que él podía disponer en Florida y que acaso decidieran en aquel Estado la elección presidencial”.[iv]

En esta misma época, sin embargo,  escribía: “…los pueblos de América son mas libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos.[v] Esta idea puede dar la impresión de una aparente  paradoja con su voluntad de acercamiento y conciliación de intereses con el poderoso vecino, pero en realidad no lo era.  En aquellas condiciones no era racional  ni viable fomentar una enemistad con la América que no era nuestra, “y de la que con el decoro firme y la sagaz independencia no es imposible, y es útil, ser amigo.”[vi] No era intención de sometimiento ni servidumbre lo que intentaba, sino el análisis realista de las circunstancias adversas que sobrevendrían en caso del  rompimiento abrupto de las relaciones económicas. “En vano desconocen los cubanos imprudentes ─ advertía Martí ─ que el respeto conquistado por la propia emancipación, y el comercio libre, son los únicos medios de mantener la paz cordial entre la colonia que sale convulsa e inexperta de un gobierno tiránico, y la nación adelantada e impaciente que, en el conflicto de los caracteres y los métodos, arrollaría en la anexión las fuerzas que estimará, y llegará a amar, en el goce del comercio pleno que se le ha de abrir con la independencia.”[vii] Solo que, entiéndase bien, “abrir” no significaba, en términos del Apóstol, entregarles los recursos del país ni esperar auxilio de ellos a cambio de futuras concesiones, sino que la república en revolución crearía un pueblo libre en el trabajo abierto a todos, tal y como afirma en el Manifiesto de Montecristi. A fin de cuentas, para Martí “En plegar y moldear está el arte político. Solo en las ideas esenciales de dignidad y libertad se debe ser espinudo, como un erizo, y recto, como un pino”.[viii]

El Delegado del Partido Revolucionario Cubano apelaba entonces al equilibrio de los intereses económicos foráneos en el país para evitar a toda costa la dominación económica de la futura república de Cuba por parte de los Estados Unidos, al mismo tiempo que garantizaba mercado para los productos cubanos y suficientes capitales como garantía del desarrollo. Ello no significaba en modo alguno que Martí desconociera el carácter igualmente imperialista de otras potencias europeas, sino que existía en él la aspiración profundamente meditada de establecer una alianza táctica, sin perjuicio alguno de su estrategia liberadora y antiimperialista, con vistas a “levantar un pueblo cuya producción se queda en casa y en manos de sus hijos”[ix]. En el contexto de la Conferencia Monetaria Internacional Americana,  una de las primeras negociaciones multilaterales entre una potencia y un conjunto de naciones del hemisferio, aparece en la Revista Ilustrada de Nueva York  un texto martiano esencial, en el cual subraya:”El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir a alguno, prefiera al que lo necesite menos, al que lo desdeñe menos…”[x] De igual modo, la idea del  equilibrio como vía de defensa de  penetración económica no significaba en modo alguno que negara la posibilidad de establecer una política de inversiones extranjeras que contribuyera al desarrollo nacional, tal y como expresa en uno de sus fragmentos escrito entre 1885 y 1895, donde al comentar la posibilidad de que el vicecónsul francés en Guayaquil pudiera abrir con pocas inversiones un “paso transcontinental” que permitiría atravesar el continente suramericano en vapor, advirtió:

-¡Que la Inglaterra (la Great Zaruma Gold Mining Co.), ha obtenido ya la concesión de la mitad de la vía!- Pues lo que otros ven como un peligro, yo lo veo como una salvaguardia: mientras llegamos a ser bastante fuertes para defendernos por nosotros mismos, nuestra salvación, y la garantía de nuestra independencia están en el equilibrio de potencias extranjeras rivales. -Allá, muy en lo futuro, cuando estemos completamente desenvueltos, corremos el riesgo que se combinen en nuestra contra las naciones rivales, pero afines,- (Inglaterra, Estados Unidos): de aquí que la política extranjera de la América Central y Meridional haya de tender a la creación de intereses extranjeros, -de naciones diversas y desemejantes, y de intereses encontrados-, en nuestros diferentes países, sin dar ocasión de preponderancia definitiva a ninguna aunque es obvio que ha de haber, y en ocasiones ha de convenir que haya una preponderancia aparente y accidental, de algún poder que acaso deba ser siempre un poder europeo.[xi]

 

Pero ese empeño por estrechar los vínculos amistosos con el pueblo norteamericano, que había dado muestras fehacientes de solidaridad con la causa cubana, y de “salvar la honra ya dudosa” de los propios Estados Unidos, tenía para Martí condicionamientos éticos indispensables con vistas a asegurar la perdurabilidad de las relaciones que aspiraba establecer una vez lograda la independencia. Por eso afirmó lo siguiente:

“… el desdén de un pueblo poderoso es mal vecino para un pueblo menor. A fuerza de igualdad en el mérito, hay que hacer desaparecer la desigualdad en el tamaño. Adular al fuerte y empequeñecérsele es el modo certero de merecer la punta de su pie más que la palma de su mano. La amistad, indispensable, de Cuba y los Estados Unidos, requiere la demostración continua por los cubanos de su capacidad de crear, de organizar, de combinarse, de entender la libertad y defenderla, de entrar en la lengua y hábitos del norte con más facilidad y rapidez que los del norte en las civilizaciones ajenas. Los cubanos viriles y constructores son los únicos que verdaderamente sirven a la amistad durable y deseable de los Estados Unidos y de Cuba”.[xii]

 

 

Notas

[i]José Martí, OC, ObCit, Tomo 1, p. 251

 

[ii]Ver: Rodolfo Sarracino. José Martí en el Club Crepúsculo de Nueva York. En busca de nuevos equilibrios. Editorial Universitaria, Universidad de Guadalajara y Centro de Estudios Martianos, La Habana, México, 2010.

 

[iii]Carlos A. Aldao (1860- ¿?): Escritor, periodista, traductor y secretario de cultura de la provincia de Santa Fe. Miembro de la Legación argentina en los Estados Unidos hacia 1893, era primer secretario de la delegación de la República Argentina en Washington y responsable de acompañar a Martí cuando Estanislao Zeballos le encargó la traducción al inglés de los dos o tres tomos de documentos de ese país austral para la sustentación documental de su reclamación de territorio de Misiones, más de 50 mil Kms cuadrados de extensión al Norte de la Argentina. PublicóA través del mundo (1914), en cuyo tercer capítulo narra sus impresiones de José Martí y Thomas Alva Edison. Martí lo llama “compañero querido e inolvidable de trabajo

 

[iv]Anuario del Centro de Estudios Martianos,La Habana, No 13, 1990, p. 404

 

[v]José Martí. La Nación, 15 de julio de 1885. En: OC, ObCit, Tomo 10, p. 250.

 

[vi]José Martí. “Honduras y los extranjeros”. OC, Ob Cit, tomo 8, p. 35

 

[vii]José Martí. “El Partido Revolucionario a Cuba”. Patria. Nueva York, 27 de mayo de 1893. OC, ObCit, Tomo 2. p. 346 a 347.

 

[viii]José Martí. La Nación, 15 de julio de 1885. En: OC, ObCit, Tomo 10, p. 250.

[ix]José Martí. OC, ObCit, p. 61-62.

[x]José Martí. OC, ObCit, Tomo 6, p. 160

[xi]José Martí. “Fragmentos”. En: Obras Completas, ObCit, Tomo 22, p. 114.

 

 

[xii] Cita de Gonzalo de Quesada y Aróstegui en el VI volumen, “Hombres”, de la colección de Obras de Martí, p. 6. Tomado de: Emilio Roig de Leuchsenring. Martí, antiimperialista. Ministerio de Relaciones Exteriores, Segunda Edición Notablemente Aumentada, La Habana, 1961, p.39.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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