Visión martiana de los Estados Unidos

 

Rolando González Patricio[i]

(Transcripción de sus palabras en el espacio Dialogar, dialogar de la AHS)

Quiero agradecer tanto la invitación como las aportaciones de los panelistas que me precedieron. Desde Sarracino, con abundante obra y más experiencia, y Marlén, con quien he tenido muchos años de trabajo y vocaciones compartidas,  hasta Harold, han expuesto ideas y elementos que me resultan aportadores.

Con el ánimo de no repetir algunas ideas, quiero centrar mi intervención en cómo entiendo que Martí advertía las relaciones de Cuba con Estados Unidos una vez alcanzada la independencia. Habrá que reflexionar en varias direcciones: por qué nos interesa el tema, cuál es la esencia de la perspectiva martiana,  y cuál es a mi juicio el elemento más relevante.

Hoy no debemos acercarnos a Martí primordialmente por una vocación historiográfica, por curiosidad o por pretensiones de erudición. Eso es posible, y hasta válido, pero  estamos ante una necesidad histórica y política de ideas, conexa a la sobrevivencia misma de la nación, que empuja más allá toda indagación.  Cuba asiste a uno de los retos más grandes de su historia, y compartimos con José Martí la época histórica del desafío norteamericano;  como amenaza creciente para la suerte de esta nación, de esta cultura.

Podemos afirmar, parafraseando a Monterroso, que cuando la cubanía despertó, la ambición y la amenaza norteamericanas estaban ahí.  No podemos desconocer, frente a cualquier desatino ideológico contemporáneo, que la ambición norteamericana con relación a Cuba antecede a la aparición de la Unión norteamericana, y con mucho a la independencia de Cuba.  No es un conflicto nacido en 1959, y eso nos hace contemporáneos de José Martí y nos coloca ante la oportunidad de servirnos de su legado. Martí dejó una comprensión de los Estados Unidos, y hasta un método para la búsqueda de alternativas, y se convirtió en un renovador del pensamiento político y de las búsquedas de alternativas tanto para Cuba como para la región, como de diversas maneras ya se ha dicho.

Es oportuno recordar que, a diferencia de la inmensa mayoría de los políticos y los politólogos contemporáneos,  no entendió la política fraccionadas o divorciadas: la interna y la exterior.  A partir de su vocación liberadora Martí, que era esencialmente un político, encontró en 1891,  en el contexto de la Conferencia Monetaria Internacional Americana, esta definición: “La política es el arte de combinar, para el bienestar creciente interior, los factores diversos u opuestos de un país, y de salvar al país de la enemistad abierta o la amistad codiciosa de los demás pueblos.”[ii]  Estas pocas palabras mueven a varias reflexiones que caben en el tiempo ahora disponible.

Otra expresión de ese legado, que proviene de la vocación liberadora José Martí, proviene de su análisis de una coyuntura de grave conflicto entre México y los Estados Unidos,  como  fue el caso Cutting; un aventurero que, con la alianza de sectores expansionistas, estuvo a punto de desatar otra guerra en 1886 . Pues, como han estudiado varios autores, Martí analizó entonces  cómo enfrentar desde nuestro lado una amenaza norteamericana de tal magnitud, y dentro del conflicto, cuál puede ser el lugar de la prensa, la opinión pública y la diplomacia.  Años después, en el contexto de la organización de la guerra para la independencia de Cuba, retomó la idea. Es una visión otra de lo que es  la diplomacia, una visión revolucionaria y renovadora de la política.

Unas pocas academias diplomáticas del mundo, generalmente de inspiración socialista, no ocultan que Lenin en 1917 fue el fundador de una nueva diplomacia; de una diplomacia abierta, o pública, que renuncia a los pactos secretos, y de una política exterior que atiende tanto los vínculos con los gobiernos como con los pueblos. La mayor parte de los historiadores intenta atribuir el mérito a las iniciativas de Woodrow Wilson en 1918.  Lamentablemente no hemos hecho lo suficiente para mostrar la contribución que ha hecho América Latina y el Tercer Mundo en general a la historia del planeta, y aportes como el de José Martí quedan omitidos, invisibilizados.  Es cierto que Lenin hizo lo que era histórica y políticamente necesario en este campo  tras la Revolución de Octubre, como es históricamente demostrable que Martí lo había propuesto, en otro contexto,  desde 1886:  “Ha de haber dos corrientes de diplomacia, con un solo espíritu; la una, para con el gobierno, a fin de tener siempre los ánimos obligados a entrar por la salida decorosa que se ha de tener pronta a todo caso probable de conflicto; la otra, para con la masa del país, a fin de ir destruyendo en ella la falta de respeto y conocimiento que hace el conflicto demasiado fácil.”[iii]

Las experiencias históricas contemporáneas referidas a uno u otro despliegue hegemónico o de dominación imperialista pasan primero por una suerte de ablandamiento artillero de la opinión pública. Así, en 1892, ante la necesidad de obtener apoyo internacional frente a los poderíos de España y los Estados Unidos, puntualiza en Patria:   “Los compromisos de los gobiernos, ligados a veces por la prudencia con respetos que lastiman su corazón, son acaso menos eficaces que la simpatía irresponsable y ambientes del pueblo decidido a favorecer en sus alrededores el triunfo de la libertad.  Lo que la cancillería, ahíta de tratados de paz y respeto, no puede a veces intentar, lógralo, sin que se le pueda poner la mano encima, la ayuda secreta del alma del país, que alienta el brazo alzado contra los tiranos.  Las alianzas que contraen de sí propias las almas de los pueblos […] son más duraderas y apetecibles que los contratos que suelen ajustar las necesidades políticas y los intereses.”[iv]

No debo extenderme, pero quería ilustrar el punto de partida.

Es necesario recordar que la atención de Martí a las relaciones de Cuba con los Estados Unidos se nutre de toda la experiencia política,  de la comprensión del mundo de su época y de lo que significaban los Estados Unidos de entonces.  No podía ser diferente para Cuba aquella perspectiva sobre unos Estados Unidos en expansión: “La libertad propia se ha hecho sangre en estos hijos de casta puritana; pero, (…) sólo para violarla les parece bien la libertad ajena”[v]. Por este camino pasa su antídoto a la creencia de que Estados Unidos podría realmente traer soluciones para las necesidades de Cuba.

Quienes han buceado a fondo a todo lo largo de la obra de José Martí pueden afirmar con toda propiedad la permanencia en el tiempo ―y la coherencia―de su atención al tema norteamericano en relación con los destinos de Cuba.

El final es bien conocido: la carta a Manuel Mercado, unas horas antes de morir en combate. Pero debe revisitarse su respuesta de unos días antes a la carta de Joseph Pulitzer, el magnate de la prensa norteamericana, y ya sabemos lo que hizo el poder de la opinión en aquel contexto.  Pues Pulitzer le escribe a Martí y le pregunta: “¿Piensan Vds. que la guerra puede concluirse bajo la base de independencia, pero pagando Cuba a España una indemnización, y sirviendo de árbitros en el asunto los Estados Unidos?”  Martí no niega la alternativa de negociar sobre la base de independencia y hast pagar una indemnización razonable a España. Una paz inmediata significaba evitar el sacrificio de muchas más vidas y una economía que se dañaría menos. Pero lo que interesa destacar ahora la respuesta de Martí: “y no veríamos inconveniente, como no lo vemos en que los Estados Unidos intervengan con carácter de árbitros o de amigos oficiosos en las negociaciones” ―pero ahí no acaba la idea― “siempre que eso no suponga para la Isla de Cuba el sacrificio de su soberanía.”[vi]

Esa es la columna vertebral del posicionamiento de Martí frente a las relaciones de Cuba independiente con los Estados Unidos; una posición de verticalidad, de defensa resuelta al derecho de Cuba a decidir sus destinos, porque no tenía ningún sentido tanto sacrificio cambiar de dueño.  Eso lo afirmó de muy diversas maneras.

Es posible afirmar que en enero de 1894, en las páginas de Patria,  Martí definió la postura cauta y viril como línea rectora de la política cubana frente a los Estados Unidos. Y puede afirmarse también que sus palabras, a la vuelta de más de cien años,   de alguna manera resumen lo que este país se ha visto obligado a hacer desde 1959,  en una circunstancia de total asimetría frente a un vecino tan poderoso, frente al cual ha estado dispuesto a negociar sin doblegarse, sin subordinarse: “Cuando se vive, y se ha de seguir viviendo, frente a frente a un país que, por sus lecturas tradicionales y erróneas, por el robo fácil de una buena parte de México, por su preocupación contra las razas mestizas, y por el carácter cesáreo y rapaz que en la conquista y el lujo ha ido creando, es de deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya justicia u ocasión” ―como hizo siempre Fidel ― “a fin de irle mudando el pensamiento, y mover a respeto y cariño a los que no podremos contener ni desviar, si, aprovechando a tiempo lo poco que les queda en el alma de república no nos les mostramos como somos.”[vii]  Creo que ahí está la clave del asunto.

Pero esto no niega en modo alguno que, de principio a fin de su obra, tenemos un José Martí que ofrece suficiente testimonio de la pertinencia de mantener una relación cordial con los  Estados Unidos, y hace lo imposible por construir la amistad. No una amistad ciega o incondicional, sino una amistad vigilante;  una postura de cordialidad muy celosa de los intereses propios.

Lo digo de esa manera porque generalmente solo se cita el Martí beligerante. Pero además de poeta era todo un estadista que quería construir una república para realizar en Cuba el bien mayor del hombre, y está claro que el bien mayor del hombre no es el sacrificio; el sacrificio es una opción ante una ausencia absoluta de alternativas y cuando el decoro lo impone.

Hablábamos de la coherencia de Martí y citamos principalmente sus ideas de los años noventa. Sin embargo, ese posicionamiento comienza, con evidencia documental, en 1871, como muestran sus cuadernos de apuntes.  Estamos hablando de un joven de dieciocho años que se permite escribir, seguramente ya en España y en el debate frente al anexionismo, algo que no es otra cosa que una visión de cómo entender a los Estados Unidos desde Cuba.  Creo que vale la pena repasarlo: “Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.―Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.”  Es 1871, la guerra apenas comienza, la nacionalidad cubana está naciendo y él está estableciendo una diferencia de identidades, un tema sobre el que es necesario volver.

Continúa Martí: “Y si  hay esta diferencia de organización, de vida, de ser; si ellos vendían mientras nosotros llorábamos” ―se refiere a las ventas de armas a España para combatir a los cubanos―, “si  nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan?

Imitemos ¡No!  ―Copiemos. ¡No!―Es bueno, nos dicen.  Es americano, decimos. ―Creemos, porque tenemos necesidad de creer.  Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras  ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?

Las leyes americanas han dado al Norte alto grado la prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”[viii]

Esta cita permite subrayar la idea que les trasladaba acerca de la preocupación martiana  por la problemática de los vínculos de Cuba con los Estados Unidos, como una inquietud  que lo acompaña desde la más temprana juventud hasta sus últimos días.  Esa coherencia es parte de su autoridad y su capacidad para articular un proyecto para, más allá de independizar Cuba, construir una república que permitiera alcanzar la plena realización humana.

Ahora, en las condiciones actuales, es mayor el desafío que tiene Cuba en el escenario del nuevo relacionamiento con los Estados Unidos. Al mismo tiempo que es una conquista histórica de la resistencia y de la capacidad política de esta nación, de este pueblo, es también una contradicción a otro nivel no es menos riesgoso y es preciso estar preparados.

Está claro que hemos sido capaces de defendernos. La resistencia a la agresión económica y la amenaza militar no dieron margen a la debilidad, aunque el imperialismo, no cabe dudas, nos ha hecho muy costosa la aventura libertaria en la cual  continuamos empeñados.

En este nuevo escenario, que tiene mucho de cosmética y de relaciones públicas, ―al extremo de que todavía no ha habido una sola de las transacciones en dólares supuestamente autorizadas por Obama― las relaciones de los Estados Unidos con Cuba continúan transitando por la política que pretende el cambio de régimen en la isla para imponer su voluntad sobre nuestras decisiones y sobre los destinos de este país, como sucedió a lo largo de la historia hasta 1959. Para nosotros el desafío es enorme, en medio de tantas asimetrías, cuando se pretende imponer la voluntad estadounidense tanto por al ahogo económico, como mediante la guerra cultural y la subversión.

Nosotros hemos estado más entrenados en la defensa de la memoria histórica y en la respuesta a la agresión más evidente, que en la construcción de una cultura política más matizada, más abierta a la polémica, más abierta a las diferencias. Necesitamos construir comunidades profundas, más allá de algunas diferencias, sin que se no lleve a confundir cuál es enemigo histórico principal.

En ese contexto del pretendido encantamiento,  del riesgo del ahogo por el abrazo, y no por la violencia, la dimensión cultural del proyecto martiano es de alguna manera un abono a la alternativa que este país, esta nación, este pueblo, tiene que construir como camino desde la consolidación de su cultura, sin atrincheramiento, sin falsas campanas de vidrio.  Y es un reto mucho mayor porque es un reto mucho más participativo.

El replanteamiento, el enriquecimiento, la actualización, el lanzamiento del socialismo que necesita esta isla, que es un socialismo más abarcador, más radical y hasta más participativo que el que hemos podido tener en las décadas anteriores, es el único camino para vencer frente a ese desafío.  Y ese es el rumbo cultural; esa es la alternativa cultural.

A veces somos rehenes de lo que me gusta llamar el síndrome del retrovisor. ¿Por qué? Obama quiso borrar la historia de agresiones, desconocerla, pero es que eso no es nuevo; eso lo han tratado de hacer siempre.  Han tratado de decir: “Eso ya pasó.”   La memoria histórica sirve para eso, para no desconocer al otro sujeto. Esa pretensión hegemónica imperial de no tener deudas con la historia,  y desmovilizar a partir del desconocimiento de la historia, aplicada en casi todas las latitudes, impone comprender intentar que todo lo que hagamos bien para consolidar la memoria histórica es un servicio a nuestra cultura política y por tanto a condiciones alternativas más favorables. En ese terreno siempre será poco todo lo que hagamos.  Sin embargo, considero que hasta hacerlo todo no es suficiente. Necesitamos, para producir ese cambio cultural y esas transformaciones de nuestra cultura política, que esa memoria histórica esté perfectamente articulada con una auténtica, radical, educación socialista de las expectativas y de las esperanzas de la gente.

Martí hablaba de memorias y esperanzas.  No podemos ir al futuro solo mirando hacia atrás ―por eso lo del síndrome del retrovisor―; tenemos que incorporar también a nuestro duelo la construcción de las alternativas, y tenemos que, por supuesto, hacerlo de manera colectiva como pueblo tanto como sea posible, de manera tal que se combine una articulación de las vías posibles ―casi nunca en la historia hay una sola,  preestablecida―, dentro de los principios que hemos trazado y que eso sea como necesitamos. Los obstáculos impuestos por los adversarios históricos serán siempre colosales, como las fuerzas necesarias para alanzar la plena liberación humana.

El año 1889, preñado de amenazas norteamericanas para el futuro de Cuba, fue testigo de algunas de las más brillantes reflexiones de Martí sobre el tema que nos ocupa, como aquella de “una vez en Cuba los Estados Unidos, ¿quién los saca de ella?”, que no le impidió advertir también: “es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos, y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida, o una transformación que es como la pérdida, de nuestra nacionalidad.” [ix]

Sencillamente si permitimos que nos cambien, o transformen nuestra identidad, nuestras aspiraciones, nuestro modo de ver las cosas, nuestra manera de decidir el futuro o de elegir nuestro propio rumbo; si empiezan a erosionar nuestras búsquedas colectivas ante los grandes problemas de la nación y del mundo, y nos llevan por caminos del individualismo, etcétera, sencillamente nos estrían cambiando antes de ir a la batalla, la estarían ganando por anticipado. Esto, por supuesto, exige cuotas de cultura política, de sabiduría, de creatividad, de participación, de radicalización y de actualización de las maneras que hemos tenido para construir nuestro futuro y nuestras alternativas. Frente a un desafío nuevo no es posible usar solo las viejas armas.

Tal vez la más útil de todas radique en la construcción masiva de sujetos capaces de comprender las grandes complejidades de su tiempo y circunstancia, aptos para esquivar la mañosa corrosión del individualismo y el camino fácil, y ser consecuentes. Mujeres y hombres así no serían nunca admiradores de los Estados Unidos, al extremo de “prestar la mano al novillo apurado, como la campesina de La Terre[x] y por tanto cómplices de la violación del derecho a elegir y a construir nuestro propio destino.

(APLAUSOS)

 

Intervención durante el debate

El problema es bien complicado. No creo que yo pueda resolverlo en dos minutos.  Lo primero sería no pensar que cuanto hace la maquinaria de la hegemonía estadounidense lo hace solo para Cuba. La alarma nace  porque eso se prolifera, y por eso digo que ahí viene el desafío.  Lo dice alguien que este lunes tropezó con un trabajador de su Universidad con una camiseta con la bandera norteamericana, y le tuve que explicar por qué no debía vestir de ese modo, al menos dentro del campus. Intentó apelar a aquello de que no tenía otra cosa, y no fue difícil rebatirlo en una universidad que le ha subvencionado el derecho a comprar ropa de presencia al electricista en igualdad de condiciones con el más capacitado de los docentes.

Ese fenómeno denota una fragilidad, un problema cultural y sociológico mucho más profundo que no tiene explicaciones únicas ni absolutas.  El coqueteo con la bandera norteamericana y con los símbolos norteamericanos puede ir más allá de la auténtica y legítima alegría que puede tener cualquier cubano de que este conflicto baje la temperatura y permita otras transformaciones. Eso es una cosa, y expresiones que a veces rayan en lo antipatriótico son otras.  En unos casos poder atribuirse a precariedades, y en otros puede ser a la larga un filón de oportunidad a lo que representa el capitalismo y el retorno al capitalismo para la mentalidad de alguna gente, tal vez portadora de una visión equivocada  de los Estados Unidos, que de manera superficial crea que nuestra solución pasa por lo que nos faciliten los Estados Unidos. De todos modos la mayoría de nosotros sabe que no nos van a regalar nada. Las cosas no han cambiado mucho de Varela acá, y los regalos salen muy caros.  Por tanto, confiemos más en lo que logremos construir, en lo que logramos articular por nosotros mismos.

Coincido con quienes piensan que hoy nuestra acción política más importante no es la defensa frente al imperialismo norteamericano; esa es una condición necesaria ―casi una maldición histórica―, y si no lo hacemos bien podemos quedar en el camino.  Hoy nuestra prioridad política mayor parece ser interna; de transformación y de consolidación; de consolidación del consenso interno, pero también de transformaciones de muy diversa naturaleza que vienen en camino para ayudar a blindar las voluntades y la esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

Notas

[i] Rolando González Patricio (Santa Clara, 1964) es autor de La diplomacia del Delegado (La Habana, 1998) y Diplomacia contra diplomacia. Martí y México en América (México, 1995), entre otros volúmenes sobre la obra de José Martí. Profesor e investigador, fue director del Centro de Estudios Martianos (1999-2005) y del Instituto Juan Marinello (2005-2008) y rector de la Universidad de las Artes (2008-2016). También investiga sobre el lugar de la cultura en la política y las relaciones internacionales. Entre otros reconocimientos, en 2011 obtuvo el premio Temas de ensayo.

[ii] J. Martí: O.C., t. 6, p. 158.

[iii] J. Martí: O.C., t. 7, p. 37.

[iv] J. Martí: O.C., t. 4, p. 406.

[v] J. Martí: O.C., t. 13, p. 312.

[vi] J. Martí: O.C., t. 28, p. 478.

[vii] J. Martí: O.C., t. 3, p. 62.

[viii] J. Martí: O.C., t. 21, pp. 15-16.

[ix] J. Martí: O.C., t. 1, p. 251.

[x] J. Martí: O.C., t. 6, p. 61.

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Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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