Una historia bicentenaria (I)

Uno de los sueños más hermosos y visionarios de Simón Bolívar fue la unión de los países hispanoamericanos independizados en una gran confederación de estados. Para él, esa era la única vía posible para garantizar la independencia alcanzada frente a los apetitos imperiales de la época, en especial los que ya se hacían sentir desde el Norte.

Desde su célebre Carta de Jamaica (1815), Bolívar dio muestras de un profundo conocimiento de la realidad americana, de sus virtudes y defectos, y de los elementos que unían y dividían a sus pueblos. En este trascendental documento El Libertador adelantó su idea de una América unida en gran confederación de naciones libres, guiadas por aspiraciones internacionales comunes, pero sin menoscabo de las individualidades: «Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; más no es posible porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América. ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que Corinto fue para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso (…)».

La tarea de confederar a las repúblicas hispanoamericanas la inició Bolívar poco después de la creación en 1819 de la Gran Colombia, cuando envió dos emisarios al Perú, Chile, Buenos Aires y México con la misión de negociar y suscribir tratados de «unión, liga y confederación perpetua».  El 7 de diciembre de 1824, desde Lima, Bolívar convocó oficialmente al Congreso de Panamá; por supuesto, este sería uno de los propósitos bolivarianos que recibiría el mayor antagonismo de Estados Unidos. Washington aplaudía cualquier iniciativa que significara unir la política del sur con la del norte bajo su rectoría y sin intervención europea, más se negaba a aceptar una confederación cuyo protagonismo correspondiera a la Gran Colombia de Bolívar. En 1825, en referencia a la proyectada unión del libertador de las repúblicas hispanoamericanas, el presidente estadounidense John Quincy Adams declaró: «Nosotros con esa alianza saldríamos perdiendo, pues qué quedará de la independencia que no sea solamente la palabra, en caso de que las cuestiones de la paz y la guerra no se determinen ya por el Congreso de Estados Unidos sino por una gran confederación en la que Estados Unidos posea solamente un voto». Joel Roberts Poinsett, representante diplomático de Estados Unidos en México, llegaría a proferir: «…sería absurdo suponer que el presidente de los Estados Unidos llegara a firmar un tratado por el cual ese país quedaría excluido de una federación de la cual él debería ser el jefe».

En el largo pliego de instrucciones –casi 40 páginas– entregado a sus enviados al Congreso de Panamá se distingue con facilidad la animadversión de Washington contra los propósitos fundamentales de Bolívar en la magna cita: «Se desecha la idea de un consejo anfictiónico, revestido de poderes para decidir las controversias que suscitaren entre los Estados americanos, o para arreglar, de cualquiera manera, su conducta».

El problema de dicha ojeriza residía en que la idea de una alianza ofensiva y defensiva entre los países concurrentes –uno de los mayores objetivos de Bolívar– evidentemente podía a largo plazo entorpecer las ambiciones estadounidenses de dominio sobre toda la región.

Pese a que en el cónclave de Panamá hubo resistencias de algunas delegaciones a aceptar la propuesta de Bolívar de formar un ejército continental hispanoamericano, respuesta natural a los proyectos agresivos de la Santa Alianza favorecidos con la restauración del absolutismo en España, al final se aceptó una tácita coordinación como parte de los cuatro tratados signados. El más importante de esos acuerdos fue el de la Unión, Liga y Confederación Perpetua –abierto a la firma de los restantes países de Hispanoamérica–, pero que más tarde no fue ratificado por los gobiernos representados en Panamá, con excepción de Colombia. Este tratado tenía 32 artículos y uno de ellos especificaba: «El objeto de este pacto perpetuo será sostener en común, defensiva y ofensivamente si fuese necesario, la soberanía e independencia de todas y cada una de las potencias confederadas de América contra toda dominación extranjera (…)».

Lamentablemente muy pocos de los líderes latinoamericanos tenían la claridad meridiana de Bolívar sobre los mayores peligros que enfrentaban los países hispanoamericanos recién independizados. No pasaría mucho tiempo en que se hiciera ostensible que el mayor de ellos venía de Washington. De ese Norte que se presentaba como protector de los intereses del hemisferio, pero que lo único que le preocupaba realmente era la defensa de sus propios intereses, y estos nada tenían que ver con los del resto de los países de la región. Esta era la verdad que se escondía detrás de algunas de las instrucciones que dio el secretario de Estado, Henry Clay –en nombre del presidente de Estados Unidos– a sus enviados al Congreso de Panamá: «Deben, pues, rechazar todas las propuestas que estriben sobre el principio de una concesión perpetua de privilegios comerciales a una potencia extranjera».

También cuando orienta a los mismos que se adscribieran a cualquier declaración «dirigida a prohibir la colonización europea dentro de los límites territoriales de las naciones americanas».
Por igual, fueron cínicas y denigrantes las instrucciones de Clay al plantear el rechazo estadounidense al reconocimiento de la independencia de Haití: «Las potencias representadas en Panamá, tal vez propondrán como un punto de consideración si se debe o no reconocer a Haití como un Estado independiente. (…) El Presidente es de la opinión de que en la actualidad Haití no debe ser reconocida como una potencia soberana e independiente».

Lima fue otro foco de intrigas contra los proyectos integracionistas de Bolívar. Allí actuaba William Tudor como encargado de negocios de Estados Unidos. El 15 de junio de 1826 este escribe a Clay: «De los resultados de la primera sesión del Congreso de Panamá necesito decir poco… Algunas de las medidas del Congreso han producido gran enojo y desilusión aquí, habiendo existido la intención de trasladar sus sesiones a esta ciudad. La traslación a México demuestra el celo sentido por esa república y por Guatemala por los planes de Bolívar: Chile y Buenos Aires enviarán ahora sus delegados al mismo y todos esos Estados se unirán para oponerse a la influencia del dictador».

Finalmente la idea anfictiónica de Bolívar no concluyó en Panamá, sino en Tacubaya, México. En esa ciudad permanecieron los ministros enviados durante más de dos años esperando la ratificación de sus gobiernos de los tratados celebrados en Panamá. Esa ratificación resultó más difícil de lo esperado debido a las crisis políticas que vivieron los países implicados: campaña antibolivariana, conflictos en la Gran Colombia, desintegración de la Federación Centroamericana, golpe de estado en Perú y desalojo de las tropas bolivarianas y guerra contra la Gran Colombia. Pero la inestabilidad del país anfitrión, atrapado en el enfrentamiento entre las logias yorquinas y la escosesa, fue decisiva en el fracaso de la idea Anfictiónica. Dicha pugna había sido incitada en gran medida por el ministro estadounidense Poinsett. También el diplomático estadounidense ejerció no pocas de sus influencias en las cámaras de la Federación y otras instituciones del país con la intención de evitar que las Cámaras legislativas mexicanas ratificaran los acuerdos del Congreso.

Después de conocida la ratificación de los tratados de Panamá por el gobierno de la Gran Colombia y de una última exhortación por la aprobación de los tratados del presidente mexicano Guadalupe de Victoria al legislativo, el Senado mexicano termina desaprobando la iniciativa.

Como en juicio docto señalara el destacado historiador cubano Francisco Pividal: «Con paciente laboriosidad, Estados Unidos demoró 63 años para desvirtuar el ideal del Libertador, concretado en el Congreso Hispanoamericano de Panamá. Durante todo ese tiempo fueron llevando al “rebaño de gobiernos latinoamericanos” al redil de Washington, hasta que en 1889 pudieron celebrar la Primera Conferencia Americana, haciendo creer que, entre las repúblicas hispanoamericanas y Estados Unidos, podían existir intereses comunes».

(Tomado de Granma)

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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