La masacre de Cassinga

 

PIERO GLEIJESES, profesor de Política Exterior de la Universidad Johns Hopkins

Temprano en la mañana del 4 de mayo de 1978 aviones sudafricanos sobrevolaron el campamento de refugiados namibios de Cassinga, en el sur de Angola. Relata Claudia Ushona, una joven Namibia de 16 años: «Estábamos reunidos para el saludo a la bandera y vimos cosas blancas caer del cielo. Pensamos que era nuestro Presidente [Sam Nujoma, presidente de la SWAPO] que nos enviaba dulces. Teníamos muchas ganas de verlo. Dijimos, `el Presidente está llegando. Y nos trae dulces’. Vivíamos en un campamento de refugiados, todos pensábamos en los dulces que nuestro Presidente nos llevaría. Pero eran bombas».1 Y detrás de las bombas vinieron los paracaidistas. Fue la masacre de Cassinga más de 600 namibios, en su mayoría mujeres y niños, asesinados por los soldados del apartheid, además de 350 heridos. Una delegación de las Naciones Unidas, que visitó Cassinga unos días más tarde, afirmó, «Lo que los sudafricanos hicieron es criminal desde el punto de vista del derecho internacional y salvaje desde el punto de vista moral y hace pensar en los momentos más negros de la historia moderna».2

La reacción de los países occidentales fue tibia, tomaron este gran crimen con calma. En el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, EE.UU. y sus aliados se opusieron a sanciones contra Sudáfrica. El presidente Carter, autotitulado gran defensor de los derechos humanos, comentó: «Los sudafricanos dicen que fue un castigo por las agresiones de la SWAPO en Namibia. Esperamos que haya sido una acción puntual y que no se vuelva a repetir».3 Muy acertadamente, Jorge Risquet, jefe de la Misión Civil de Cuba en Angola, le dijo a Nujoma: «Nadie puede garantizar que África del Sur no realice mañana una acción similar contra un campamento de la SWAPO o una aldea o ciudad angolana. Y en este tipo de acción la más difícil es la primera. El problema político que los sudafricanos se iban a buscar por esa acción ya se lo buscaron y no ha pasado nada: ellos siguen ahí. Repetir la agresión puede convertirse en hechos frecuentes. Recuerde usted, Nujoma, el escándalo que se produjo en el mundo cuando los yankis bombardearon a Viet Nam del Norte por primera vez, no obstante después continuaron los bombardeos contra Viet Nam.» 4

Unas semanas después, un primer grupo de 600 niños namibios —en su mayoría sobrevivientes de la masacre de Cassinga— llegaban a Cuba para estudiar y crecer en la Isla de la Juventud, lejos de las bombas sudafricanas, huéspedes de la Revolución cubana. Ningún otro país abrió tan amplia y generosamente sus puertas a los refugiados namibios.

Pero Cuba brindó más que su hospitalidad. Brindó también la vida de sus hijos.

Como dijo Risquet, aquel 4 de mayo de 1978 «se mezclaron por primera vez la sangre cubana y namibia luchando contra los racistas sudafricanos». Una columna cubana que se encontraba en Chamutete, a 16 km de Cassinga, avanzó bajo la metralla y las bombas de los aviones sudafricanos para hacerle frente al agresor y pagó su osadía con 16 muertos y más de 80 heridos. «Hubo mucho valor militar en los camaradas de Chamutete,» dijo el presidente Agostinho Neto. Cuatro años más tarde, el historiador sudafricano de la operación escribió: «Los soldados sudafricanos que monitoreaban su avance aquel día, rinden homenaje a la valentía de los cubanos que siguieron avanzando a pesar del peligro constante de ser aniquilados por los ataques de la aviación, contra la cual no tenían defensa alguna». 5

Pasaron 10 años. El 4 de mayo de 1988, las Fuerzas Armadas Sudafricanas celebraron el aniversario 10 de la masacre con un desfile militar en la ciudad de Oshakati, en el norte de Namibia. El general Ian Gleeson, jefe del Estado Mayor de las SADF, anunció que Cassinga era «la operación paracaidista de mayor éxito de su género en cualquier parte del mundo desde la Segunda Guerra Mundial». El Star de Johannesburg comentaba con orgullo que el desfile fue «una demostración de fuerza impresionante»; pero el pueblo de Namibia conmemoró la masacre con una muestra de desafío sin precedentes. Llevando banderas negras con las palabras «Cassinga 1978-88 – No olvidamos», los manifestantes avanzaron por las calles de Katutura (la ciudad negra satélite de Windhoek blanca), y de otras ciudades de Namibia desafiando la violencia de las fuerzas represivas. «Solo cuando Namibia sea independiente no habrá más Cassingas», rezaba aquel día el mensaje del Secretario General del Consejo de las Iglesias de Namibia a su pueblo: «Nosotros lloramos aún con más amargura al ver que los países occidentales, que hablan tan fuerte de democracia y derechos humanos (Inglaterra, Estados Unidos y Alemania Federal), de hecho están colaborando con Sudáfrica para perpetuar nuestros sufrimientos y alejar el día de nuestra independencia. Nosotros rechazamos sus justificaciones hipócritas de que seríamos los africanos quienes sufriríamos más si ellos impusieran sanciones obligatorias contra Sudáfrica. Nos negamos a recibir los consuelos de estos gobiernos hasta que ellos acepten respetar nuestros derechos humanos. Nosotros lloramos y nos negamos a recibir consuelo porque valoramos y respetamos la vida, la libertad y la independencia de nuestro pueblo. Somos hijos de Dios y tenemos el derecho de tomar el lugar que nos pertenece como un pueblo libre en la comunidad de naciones».6

Mientras que en Namibia los verdugos celebraban y el pueblo afianzaba su resistencia en el sur de Angola, poderosas fuerzas cubanas avanzaban hacia la frontera de Namibia. La estrategia cubana para la campaña militar de 1988 había sido la de romper primero la embestida sudafricana contra Cuito Cuanavale y después atacar en otra dirección en el suroeste, por el Cunene. «Nosotros nos metimos allá [en Cuito] en la boca del león», dijo Fidel, «aceptamos el desafío pero desde el primer momento nuestra idea fue acumular fuerzas para atacar en otra dirección que es el ejemplo que yo pongo, el boxeador, con la mano izquierda lo mantiene y con la derecha golpea. Cuito Cuanavale fue la mano izquierda y la mano derecha fue las fuerzas que se acumularon».7

El 23 de marzo el último asalto sudafricano contra Cuito «fue frenado abrupta y definitivamente por los defensores bajo el experimentado mando del general Cintra Frías», en palabras de un alto oficial de las Fuerzas Armadas Sudafricanas (SADF).8 La ofensiva sudafricana había fracasado, la mano izquierda cubana había parado el golpe y la derecha se aprestaba a golpear: eran las columnas que se deslizaban por el Cunene hacia la frontera de Namibia —más de diez mil soldados cubanos, con los tanques más modernos que tenía Cuba, una formidable artillería y sistemas móviles de defensa antiaérea muy sofisticados. «En cualquier otro momento», los servicios de inteligencia de EE.UU. informaron: «Pretoria hubiera considerado el avance cubano como una provocación que necesitaba una respuesta rápida y contundente. Pero los cubanos han actuado con tanta rapidez y con tanta fuerza que una respuesta militar inmediata de Sudáfrica hubiera acarreado grandes riesgos».9 Los sudafricanos bramaban advirtiendo que el avance cubano representaba una «grave» amenaza militar para Namibia y que podía precipitar «una batalla terrible». Pero retrocedieron.10

El 27 de mayo un gran titular en primera plana del Namibian, el periódico más leído por el pueblo negro de Namibia, anunciaba: «Concentración de Fuerzas en la Frontera». Pero esta vez —por primera vez desde 1976— no eran las SADF que se concentraban para invadir a Angola. Eran «tropas cubanas y de la SWAPO, fuertemente armadas e integradas por primera vez, que se habían acercado hasta 60 kilómetros de la frontera de Namibia», según informaba el general Jannie Geldenhyus, jefe de las SADF. Los sudafricanos, comentaba el Namibian irónicamente, estaban empeñados «en una ofensiva poco usual iban hacia atrás, en la dirección del río Orange», que marcaba la frontera entre Sudáfrica y Namibia.14 Unos días más tarde Geldenhyus advirtió: «El avance hacia el sur de tropas cubanas muy fuertemente armadas, en un frente de más de 450 kilómetros de ancho, ha cambiado decididamente el status quo, con graves implicaciones militares y políticas».15 Por su parte, el administrador general sudafricano en Namibia, Luis Plenaar, reconocía públicamente que MIG-23 cubanos estaban incursionando sobre Namibia, un cambio dramático de aquellos tiempos felices cuando los aviones sudafricanos eran dueños del aire. Plenaar dijo que «la presencia de los cubanos había causado una oleada de ansiedad en Sudáfrica».16 Es decir, entre los blancos. Para el pueblo negro de Namibia, y de Sudáfrica, el avance de las columnas cubanas hacia la frontera, empujando hacia atrás las tropas racistas, levantaba una oleada de esperanza.

Al frente de las columnas —que incluían también tropas angolanas y 2 000 combatientes de la SWAPO— iban patrullas de exploración conjuntas de Tropas Especiales cubanas y guerrilleros de la SWAPO. Los cubanos que combatieron junto a ellos los recuerdan con respeto —y con ternura—. «Eran gente de mucha experiencia, muy valientes y muy inteligentes», relata Pedro Ross Fonseca, en aquel entonces un joven teniente de las Tropas Especiales, enseñando una foto amarilla de la cual no se desprende, testimonio de la unidad y sueños compartidos. «Sin ellos no hubiéramos podido cumplir la misión de la forma que la cumplimos».17 Mientras, Cuba y Angola se enfrentaban con EE.UU. y Sudáfrica en la mesa de negociaciones.

El 25 de agosto de 1988, el Secretario de Estado Adjunto para África del gobierno de Reagan le escribía al secretario de Estado George Shultz: «Descubrir lo que piensan los cubanos es una forma de arte. Están preparados tanto para la guerra como para la paz. Hemos sido testigos de un gran refinamiento táctico y de una verdadera creatividad en la mesa de negociaciones. Esto tiene como telón de fondo las fulminaciones de Castro y el despliegue de poderío militar sin precedente en el terreno».18

Cinco días después, los últimos soldados sudafricanos salían de Angola. En el puesto fronterizo de Rundu, en el norte de Namibia, los sudafricanos habían levantado una enorme bandera que decía: «Bienvenidos vencedores» a las tropas que regresaban de Angola. «Puede que esto sea un intento burdo para levantar su moral», comentaba el Namibian, «pero en realidad no regresan como vencedores». 19 El gigante blanco había sido vencido, el pueblo namibio lo sabía, y esto le daba aliento en su lucha.

El 22 de diciembre de 1988, en los acuerdos de Nueva York los sudafricanos aceptaron al fin la independencia de Namibia que tanto aborrecían. La historia de aquel año memorable de 1988 todavía está por escribir. Los que han escrito son los poderosos y sus allegados, manoseando, mintiendo, deformando —hasta hay quienes dicen que las negociaciones que llevaron a los acuerdos de Nueva York fueron entre Angola, Sudáfrica y EE.UU. y borran el nombre de Cuba. Desde polos opuestos los documentos en los archivos de EE.UU. y Cuba demuestran una misma verdad: los acuerdos de Nueva York no hubieran existido sin la proeza de los cubanos en el campo de batalla y su virtuosismo en la mesa de negociaciones. Cuba influyó de manera decisiva en cambiar el rumbo de la historia de África Austral y vencer al régimen del apartheid, a pesar de los grandes esfuerzos de Washington para impedirlo. Hoy, en medio de una gran Batalla de Ideas, en un momento en que Estados Unidos queda en el mundo como la única superpotencia, es más importante que nunca no olvidar el crimen de Cassinga, y luchar para que la historia se conozca y se desmienta la mentira.

Y es por esto que me es tan grato terminar con las bellas palabras de Claudia Ushona, sobreviviente de Cassinga, graduada de la Isla de la Juventud, combatiente de la SWAPO y ahora embajadora de Namibia en Cuba. Después de afirmar, en su español con acento cubano, que su país es libre y soberano gracias a Cuba, dijo: «Los lazos que unen a nuestros pueblos son y serán eternos. Ha pasado el tiempo, y Cuba ni ha dejado de prestar su ayuda desinteresada y su asistencia en campos como la educación, la salud, la pesca y la agricultura, entre otras ramas importantes de la economía. Haber conocido la masacre de Cassinga, cometida por el ejército sudafricano, abanderado del apartheid, estudiar en esta hermosa Isla y ahora regresar como embajadora de mi país son hechos que evidencian la grandeza de la epopeya vivida y los lazos históricos entre Cuba y África». 20

 

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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