Prólogo al libro La miseria en nombre de la libertad de Elier Ramírez Cañedo

 

Felipe de Jesús Pérez Cruz

La historiografía burguesa ha colocado la independencia de los Estados Unidos como un hecho capital en la conformación del universo ideológico de los patriotas independentistas del Sur Nuestroamericano. Este enfoque sobredimensiona la aportación que realmente existió –sobre todo en el orden del pensamiento constitucionalista-, dentro de la tesis general de la historia occidental, que pretende desdibujar los factores de orden interno, económicos, políticos, culturales e ideológicos, de crecimiento y puja de realización de pueblos y naciones, que estuvieron en la base de la ruptura del orden colonial. Tanta insistencia contrasta con los silencios que acompañan el estudio de la práctica política que identificó a los Estados Unidos frente a los acontecimientos en curso. El joven historiador Elier Ramírez Cañedo (La Habana, 1982), con esta entrega, se adentra en ese acontecer, para reconstruir sus hechos y sobre todo, las reales motivaciones que los sustentaron.

 

El 4 de julio de 1776, los representantes de las Trece Colonias Unidas de Norteamérica proclamaron su independencia de Gran Bretaña, luego de una cruenta guerra que contó con el apoyo interesado de las monarquías de España y Francia, y la solidaridad moral y material de los criollos hispanoamericanos. Tres meses después, la naciente república, fue denominada con el nombre de Estados Unidos de América. El país poseía entonces, un territorio que era aproximadamente el 5% del área de todo el continente americano, pero los llamados Padres Fundadores -Founding Fathers- no dudaron en autoproclamarse como “los americanos” y con ello asumir desde su mismo nacimiento como nación, lo que consideraron su destino de expansión y dominación hemisférica.  Así lo definiría en 1786  Thomas Jefferson (1743-1826), quien sentenció: “Nuestra Confederación debe ser considerada como el nido desde el cual toda América, así la del Norte como la del Sur, habrá de ser poblada”.

 

El padre fundador Jefferson, da fe de la política hostil de los Estados Unidos contra todo proyecto independentista caribeño y latinoamericano, y hace gala de la doblez oportunista que caracterizaría desde entonces a los grupos de poder del futuro imperio:  ¨Más cuidémonos –continúa Jefferson- (…) de creer que interesa a este gran Continente expulsar a los españoles. Por el momento aquellos países se encuentran en las mejores manos, y sólo temo que éstas resulten demasiado débiles para mantenerlos sujetos hasta que nuestra población haya crecido lo suficiente para írselos arrebatando pedazo a pedazo”.

 

La doctrina de la anexión territorial y la dominación económica y política del Sur americano, fue compartida y desarrollada por todos los líderes estadounidenses de la época. Además de Jefferson, George Washington (1732-1799), Benjamín Franklin (1706-1790), John Adams (1735-1826), Andrew Jackson (1767-1845),  y James Monroe (1758-1831), realizaron una política exterior destinada a desestimular los esfuerzos de autodeterminación de los territorios coloniales vecinos. A su vez promovieron un discurso chovinista, inflamado de conservadurismo mesiánico y racismo.

 

En significativo olvido del aporte antillano y americano a su propia independencia, Estados Unidos no solo se negó a brindar ayuda efectiva a los movimientos de liberación de las colonias hispanoamericanas enarbolando una supuesta neutralidad, sino que de hecho colaboró con los colonialistas españoles –y también los franceses- a través de la venta de armas y pertrechos. No es hasta 1822, con España en irreversible derrota, que los Estados Unidos formalizan el reconocimiento de la independencia de las excolonias hispanas, y a la par, en respuesta a la protesta de la antigua metrópoli, se apresuran a declarar que tal decisión no iba en detrimento del derecho que le reconocían  a la corona europea para continuar en sus planes de reconquista. Mientras, el padre fundador George Washington, en el propio 1791 da su abierto apoyo a Francia frente a la Revolución Haitiana. En 1806 Estados Unidos se suma al primer bloqueo económico, político y cultural que se realizó contra un pueblo caribeño, y dispone el “embargo” contra la joven republica de esclavos redimidos. Durante 58 años, los gobernantes estadounidenses se negaron a reconocer la independencia del país caribeño, actitud en la que insistieron más de dos décadas después que la propia Francia negociara el establecimiento de sus relaciones con la excolonia.

 

La obra que presentamos es un acucioso relato de ese entramado de ambiciones y acciones desleales, que caracterizará la actuación de los Estados Unidos en tiempos de la primera independencia. Elier Ramírez Cañedo demuestra con la precisión de irrefutables pruebas, que los Estados Unidos resultó ser un enemigo permanente de la independencia del Caribe y América Latina. No demeritamos la labor seria y acuciosa del autor, si utilizamos la parodia de una recurrida mención para afirmar que cualquier semejanza  con la actualidad no es pura coincidencia.

 

Situada en la arrancada de los procesos independentistas, la historiografía adocenada y mercenaria, subraya la huella de admiración, estudio y debate que sobre los Estados Unidos, estuvo presente en la mayoría de los más lúcidos próceres de la emancipación. Sin embargo, tal apologética queda congelada en la historia, completamente separada de la marcha de los procesos reales. No abundan los estudios que permitan evaluar cómo evolucionó esa visión de partida, una vez comenzaron a desatarse los entramados de la política exterior de la república del norte. Ramírez Cañedo sigue ese hilo conductor.

 

Nada más esclarecedor que el proceso de deterioro que se evidencia en las manifiestas  simpatías del Libertador Simón Bolívar  (1783-1830), por los Estados Unidos. En 1815, en la Carta de Jamaica, el Libertador se refiere a “nuestros hermanos del norte”, celebra ¨los talentos y virtudes políticas¨ que considera los distinguen y se asombra de que “se han mantenido inmóviles espectadores de esta contienda”. Pero ya en 1818, frente a la parcialidad y el apoyo manifiesto a España, protesta la falacia de la neutralidad, y reclama a los gobernantes estadounidenses: “lo que se debe a la fraternidad, la amistad y a los principios liberales que seguimos”. Ya para entonces se había producido (julio de 1817) la proclamación de la república de la Florida por un grupo de expedicionarios venezolanos que se apoderaron de la posesión española, y en respuesta reciben la hostilidad del gobierno del presidente Monroe. Los lectores podrán conocer en este texto los pormenores del esfuerzo bolivariano por colocarse frente a las costas cubanas, en tan estratégico paso del Golfo de México, y de seguro muchos coincidirán en lo oportuno de que tales acontecimientos se incorporen en los textos escolares, como soporte imprescindible  del  saber y el imaginario histórico nacional-continental.

 

La experiencia de la Florida le permitió a Bolívar profundizar en la naturaleza de los gobernantes estadounidenses. Desde San Cristóbal le escribe a José Rafael Revenga en mayo de 1820: “Jamás conducta ha sido más infame que la de los norteamericanos con nosotros”.  En esos mismos momentos, a la vista de la situación interna en la metrópoli española, se adelanta a los acontecimientos y le afirma a Guillermo White: ¨La América del Norte siguiendo su conducta aritmética de negocios, aprovechará la ocasión (revolución en España), para hacerse a las Floridas¨.

 

Nutrida es la correspondencia del Libertador en la cual deja en claro la perversa e interesada conducta de los ‘albinos’, como llamaba a los gobernantes estadounidenses. Los términos que utiliza para referirse a estos reiteran la opinión que ya es definitiva: canallas, egoístas, capaces de todo, humillantes, fratricidas. Como muestra Elier Cañedo, Bolívar alerta la necesidad de mantenerlos en perenne vigilancia pues “son capaces de vender Colombia por un real”. Esta postura es consecuente con su negativa de invitar a los representantes del país norteño al Congreso Anfictiónico de Panamá[i].

 

Para el 5 de agosto de 1829 Simón Bolívar proclamaría la evaluación que desde entonces, cada día, nos revela y ratifica la misión histórica del imperio: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”. Con toda pertinencia el insigne historiador Francisco Pividal Padrón (1916-1997) precisó que esta evolución del ideario político del Libertador, constituye el nudo matriz del pensamiento antimperialista continental[ii], que tendría en el bolivariano José Martí Pérez (1853-1895)  su más genuino fundador.

 

Ramírez Cañedo, recorre los caminos del maestro  Pividal, -de Francisco Pérez Guzmán (1940-2006)[iii] y otros destacados historiadores del pensamiento revolucionario bolivariano-, y enriquece la bibliografía existente con nuevas precisiones y análisis documentales. Graduado en historia por la Universidad de La Habana en julio del 2006, doctorado cinco años después (abril, 2011), este novel investigador demuestra el lugar de madurez y avanzada que ya ocupa su generación en la construcción del presente cubano. Su texto, en tanto la visión que de la historia cada generación está en el deber de continuar, reevaluar y reescribir, resulta importante en su resultado de entrega, pero más lo es en la seguridad del relevo de ciencia y conciencia. Hecho y símbolo, ambos nos enriquecen.

 

En los acertados afanes de repensar una historia que para muchos permanece inédita, cuando no mal contada, le queda a Ramírez Cañedo incursionar en  el papel jugado por Europa y la Santa Alianza como enemigos de la independencia caribeña y latinoamericana. Develar esta otra parte del entramado internacional que le era adverso a los patriotas americanos, permitirá evaluar la labor contrarrevolucionaria y la intencionalidad expoliadora de los grupos de poder del viejo continente, independientemente de que entonces se asumieran republicanos o monárquicos.

 

Desde el escenario internacional y no por casualidad, se podrá comprender mejor la política de los Estados Unidos, sus rejuegos para eludir el conflicto con las potencias coloniales, y a la vez adelantar a sus expensas, sus fines expansionistas sobre nuestras tierras del Caribe y América. Las tensiones con Europa por demás, nunca serían suficientes, para romper la alineación estratégica de la clase dominante de los Estados Unidos con sus émulos capitalistas europeos, en contra de los intereses nacional liberadores del Sur americano. Se trata de una historia que ayer y hoy acompaña y revela: La dramática realidad  del apoyo estadounidense a Gran Bretaña en la Guerra de las Malvinas, en el pasado reciente de fines del Siglo XX, resulta una herida abierta a la dignidad Nuestroamericana. Ratifica cómo la espada de Bolívar tiene aún mucho que hacer en América.

 

 

Notas

[i] Como lo precisa el autor, es el presidente de la Gran Colombia, Francisco de Paula Santander (1792-1840), quien remite la invitación al presidente estadounidense John Quincy Adams a inicios de 1825.

[ii] Ver: Francisco Pividal: Bolívar: pensamiento precursor del antimperialismo, Casa de las Américas, La Habana1977.

[iii] Ver: Francisco Pérez Guzmán: Bolívar y la independencia de Cuba. Editorial de Arte y Literatura, La Habana, 1987.

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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