Por una sociedad más justa y la defensa del socialismo

 

Yusuam Palacios Ortega

Cuando nos acercamos al aniversario 60 del triunfo de la Revolución Cubana, y en un año de importantes motivaciones históricas como los 150 años del inicio de nuestras luchas por la independencia, 65 de las gloriosas acciones del 26 de julio de 1953 y 90 del natalicio del Guerrillero Heroico; el pueblo cubano asiste a un debate necesario, máxime si está en juego el futuro de la nación, la salvaguarda de la Patria. Una vez más habrá que elegir entre el yugo y la estrella, desafío que nos mantiene con pupilas insomnes y ojos judiciales. Iniciamos y ya se encamina un medular proceso de reforma constitucional, ahora en su fase de consulta popular, a comenzar el próximo 13 de agosto, con todo el simbolismo que encierra la fecha.

No es casual este hecho, no se le ocurrió a alguien en una iluminada noche la idea de hacer modificaciones a la constitución. Desde hace años ya era previsible lo que ahora sucede. Una sociedad que cambia, se transforma, se adecúa al momento presente; va a las honduras de sus problemas y encauza sus políticas en pos de solucionarlos. Esto conlleva cambios económicos, políticos y sociales que no deben divorciarse de lo regulado legalmente, de lo normado jurídicamente en una sociedad políticamente organizada. De ahí que se hiciera imprescindible revisar los contenidos de la ley de leyes y asumir la necesaria reforma. Una constitución que responda a la realidad cubana, que refleje la imagen auténtica de los cubanos y, sobre todo, que legitime todo aquello que hagamos para afianzar los principios que nos sostienen.

Fortalecer nuestra institucionalidad precisa de una mayor cultura jurídica, de un civismo cada vez más sólido, de respetar sin cortapisas la legalidad socialista. Somos una nación sustentada en una importante tradición jurídica y constitucional, de ahí que asumamos este proceso de reforma de la constitución con objetividad y coherencia, sin temores, apelando a la conciencia e inteligencia del pueblo, porque es el pueblo mismo el protagonista de este proceso. Y de la consulta popular resultará la nueva ley porque en el pueblo está el termómetro, es el medidor por excelencia, es quien dice la última palabra. ¿Acaso eso no es democracia? Sí, la que hemos construido en estos 60 años de batalla por preservar la soberanía y la independencia, por mantener vivas las ideas de José Martí y el carácter antimperialista de nuestro pueblo y su revolución.

Estamos ante un proyecto constitucional superior, basta su lectura detallada y nos percatamos de la sencillez y claridad con que se exponen sus contenidos, de la originalidad que lo distingue (ello apelando a estudios constitucionales comparados), de lo acertado de su ordenación, de lo mucho que abarca sin entrar en detalles (como deben ser las constituciones), y de la fuerza ideológica de la que se nutre su letra. Son varias las razones para apoyar lo preceptuado y acompañar como buenos ciudadanos el proceso, en un ejercicio único en el mundo que no debemos desaprovechar. Un preámbulo cargado de historia, de claves para entender qué somos y por qué, para dejar sentado lo que vendrán a ser fundamentos políticos de nuestro actuar.

La construcción del socialismo (la letra constitucional reafirma su irrevocabilidad y la del sistema político y social de la revolución)  como elección popular frente a un insostenible sistema capitalista que impera en el mundo, la decisión de ser consecuentes con la sangre derramada por diferentes generaciones de cubanos para tener patria soberana e independiente, la asunción del ejemplo de Fidel como guía y sostén ideológico, junto a los postulados del marxismo y el ideario de Martí. Con qué orgullo se mantiene que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre e incorporamos la definición de Revolución que aprendimos del Comandante en Jefe. Seguiremos siendo antimperialistas, de ahí el papel rector del Partido Comunista de Cuba, como vanguardia organizada de la nación.

Una constitución que enarbola el principio de igualdad entre todas las personas, lo posiciona aún con más fuerza que en la carta magna vigente, asimismo la justicia social y las garantías para el ejercicio y defensa de los derechos de los ciudadanos se expresan con mayor nitidez. De manera especial se reconoce un grupo de derechos que, si bien en nuestro país se garantizan, es preciso que de manera expresa aparezcan en la constitución, ejemplo los derivados del debido proceso penal. En materia de derechos se ha seguido una técnica jurídica mucho más depurada, se establecen los deberes ciudadanos y se incorporan las garantías jurisdiccionales para cuando las personas vean vulnerados sus derechos (posibilidad de reclamar ante los tribunales la restitución de los derechos o la reparación de daños e indemnización de los perjuicios).

Estamos ante una propuesta novedosa, ajustada a los códigos contemporáneos, muy clara en sus definiciones, auténtica por sus contenidos y contentiva de las claves para una más efectiva y funcional participación popular, desde la actualización de las formas de propiedad (en fundamentos económicos de la nación) hasta la disposición de la estructura del Estado (los principios de organización y funcionamiento de sus órganos), y lo referente a los órganos locales del Poder Popular, con énfasis en el reconocimiento a la autonomía municipal y el fortalecimiento de la figura del delegado, aspectos de sumo interés para las comunidades, por su alcance para el desarrollo local y la satisfacción de las necesidades de la población.

La tradición jurídica del pueblo cubano, o mejor, la juridicidad que nos acompaña, con su carga ética y carácter patriótico, ha de reforzarse. Es deber de todos alimentar la conciencia jurídica del pueblo, combatir las ilegalidades, las indisciplinas sociales, los delitos; mantener a buen resguardo la legalidad como principio rector de la sociedad, formar a las nuevas generaciones en el culto a la dignidad plena, no vivir del trabajo ajeno, respetar los derechos de los demás, pensar por sí. Es esta una constitución que no traiciona uno solo de nuestros principios, que pide al hombre estar a la altura de su tiempo y lo prepara para el futuro. Un texto que no puede ser letra muerta, de ahí los profundos cambios que se harán en buena parte del ordenamiento jurídico, ello para desarrollar los preceptos constitucionales; y más que eso, tiene que ser la constitución el arma jurídica fundamental de nuestra sociedad socialista. Hay que invocarla todos los días, aplicarla sin reservas, conocerla y defenderla. Acompañemos este ejercicio democrático con la firmeza y el compromiso que nos distingue, como patriotas verdaderos, como revolucionarios conscientes.

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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