FIDEL Y LA AHS: una nueva invitación al debate

 

Abel Prieto

Vi copia de la nota que Fidel dirigió al historiador Elier Ramírez, manuscrita con su caligrafía inconfundible, donde autorizaba la publicación de las transcripciones recogidas aquí. Está fechada el 7 de noviembre de 2016, es decir, apenas dieciocho días antes de aquel doloroso, amarguísimo, 25 de noviembre. Todo el que tuvo el privilegio de asistir a algunos de los diálogos del Comandante con los creadores cubanos, tiene que sentirse estremecido ante este hecho.

Pensé que Fidel nos invitaba de nuevo a seguir debatiendo con él, con sus ideas, con sus propuestas, sobre cómo defender el espacio central de la cultura en la Revolución. Para curar las zonas dañadas del tejido espiritual de nuestra sociedad, para resistir los embates colonizadores, para llegar a ser definitivamente más cultos y más libres.

Un punto de referencia permanente en sus dos reuniones con la AHS (de 1988 y 2001) es el texto fundador de nuestra política cultural, Palabras a los intelectuales, del 30 de junio de 1961. Elier afirma en su prefacio que, con ese discurso y los encuentros que lo precedieron, se inició “una concepción totalmente revolucionaria en la manera de relacionarse el líder de la Revolución Cubana con los artistas e intelectuales”. Es exactamente así.

Años después, como se sabe, su presencia se haría muy frecuente en los Consejos Nacionales y los Congresos de la UNEAC. Recuerdo que escuchaba atentamente los criterios de los participantes y, cuando un tema específico le interesaba, hacía preguntas, una tras otra, solicitaba más opiniones, pedía datos y terminaba hilvanando reflexiones de una hondura realmente deslumbrante. Nunca olvidaré sus análisis sobre el racismo, la marginalidad, las causas de que un joven cometa un delito grave y termine en prisión, los símbolos yanquis asumidos por empresarios ignorantes como emblemas de “modernidad”, el papel formativo de la familia, la calidad en la educación, las prácticas que reducen la llamada “recreación” a distribuir masivamente alcohol y la peor música comercial, y tantos otros temas. Los resultados de estos debates nutrieron algunos de los programas educativos y sociales que impulsó por aquellos años.

En el Consejo de la AHS de 1988 Fidel anuncia que ha venido “no a decir nuestras verdades” sino “a escuchar las verdades de ustedes”, “con la modesta pretensión de aprender”. Y va más allá cuando asegura, con esa honestidad intelectual y moral que lo caracterizó siempre: “valdría la pena que nos autoexamináramos para saber si somos alérgicos o reacios a lo nuevo”.

Al propio tiempo, en un estilo coloquial, ajeno a cualquier tipo de paternalismo, ofrece a sus interlocutores ejemplos concretos de los valores que se han venido sembrando en nuestro pueblo, del heroísmo que lo distingue, tanto en la épica internacionalista en Angola, como en la vida cotidiana, en hospitales, centros científicos, escuelas. Pero vuelve una y otra vez a realzar la importancia de la cultura y a prevenirnos sobre el descuido estratégico que implica subestimarla:

Recuerdo lo que dije que significaba la cultura cuando había los criterios de que “esto cuesta tanto”, “esto es improductivo”, como si lo único productivo fuera aquello que produjera cemento, acero, cosas materiales (…). [Si el país] duplica, si triplica la calidad de los servicios culturales, eso incrementa la satisfacción, la felicidad, el nivel de vida.

Y agrega: “…esta Revolución tiene que ser excepcional en la cultura y tiene que ser óptima en la cultura; es decir, tenemos la obligación de enfrentarnos a estos problemas [los señalados por los participantes] y resolverlos”. De este modo, exhorta a los jóvenes artistas e intelectuales a colaborar activamente en la solución de las dificultades que obstaculizan la expansión cultural y en el diseño del “programa de desarrollo de la cultura más revolucionario que pueda tener cualquier país, y sentirnos orgullosos de eso”. Su exhortación concluye con un compromiso de todos: “…estamos en el deber, entre todos, entre ustedes y nosotros (…), [de] encontrar las respuestas nuevas o soluciones nuevas a problemas viejos y nuevos”.

Se trata, obviamente, de una convocatoria en cierto modo similar a la que había hecho veintisiete años atrás, en la Biblioteca Nacional, cuando llamó a escritores y artistas de todas las tendencias y generaciones a unirse a la cruzada que en el campo educativo y cultural se estaba llevando adelante en Cuba.

En 1988, sin embargo, suma otros rasgos al “programa de desarrollo de la cultura” que bosqueja:

Tenemos que ser valientes, tenemos que ser abanderados de la libertad (…), de la verdad (…). Yo me acuerdo que cuando planteé esta cuestión de buscar el máximo espíritu crítico decíamos: es preferible los inconvenientes que se produzcan, a los inconvenientes de una ausencia de crítica. Y podría decir: es preferible los errores de tener mucha libertad, a los inconvenientes de no tener ninguna libertad.

Advierte al propio tiempo que

Nuestra lucha persiste (…), adquiere formas más sutiles, ya no es la burda contrarrevolución, está la acción del enemigo sobre todo en el campo ideológico (…), por cuantos medios sean posibles. Ahora están aprovechando la zafra de la autocrítica del socialismo…

Era el momento, no lo olvidemos, en que en la URSS se estimulaban procesos de “transparencia” y “reestructuración” acompañados de una despiadada revisión, demoledora, de la historia soviética. No es casual que Fidel proponga a los jóvenes creadores un acercamiento objetivo a la obra revolucionaria, sin eludir una constante mirada crítica sobre cualquier distorsión  que debamos rectificar.

Tampoco es casual que, al hablar de las “soluciones nuevas a problemas viejos y nuevos” que debemos buscar en Cuba, en la cultura, recalque que solo vamos a encontrarlas “si nos apegamos a los valores más sagrados de la Revolución, del socialismo, del humanismo”.

En resumen, la fórmula que propone Fidel en tiempos demagógicos de “glasnost” y “perestroika” y de una ofensiva imperialista envalentonada por “la zafra de la autocrítica del socialismo”, combina la libertad, la mayor libertad imaginable, un agudo “espíritu crítico” y el compromiso más íntimo y genuino con los valores “sagrados” donde se afianza nuestra causa. Sintetiza así la audacia y los principios que el creador de vanguardia debe hacer conscientemente suyos. Ahí, en esa fórmula, radica la garantía de que nuestros creadores abrirán a través del arte caminos inéditos y emancipadores para enfrentar la crisis del humanismo, el manejo de las conciencias, las lentejuelas que pretenden encubrir la barbarie capitalista.

El intercambio del 2001 se produce en otras circunstancias históricas. Ya ha ocurrido lo que Fidel califica como “una tragedia”: la disolución de la URSS. “Lo que más duele [añade] es que le entregaron a la otra superpotencia el mando del mundo, hicieron a Estados Unidos dueño del mundo.” De este modo trágico, se disipó aquel “equilibrio” por el que luchó tan lúcidamente Martí —y al que tanto contribuyeron Fidel y la Revolución Cubana.

Esto explica que Fidel dedique una parte sustancial del intercambio con la AHS a repasar distintos momentos de los vínculos de la URSS con Cuba. Se remonta inclusive a la etapa prerrevolucionaria, a la influencia de la Internacional Comunista controlada por el PCUS sobre el antiguo PSP y a la aplicación errónea de la política de “frentes populares” que condujo a la alianza de los comunistas cubanos con Batista y el fascistoide ABC: “aquella alianza [insiste Fidel], durante un montón de años, entre Batista, aquella gente y el Partido Comunista, ordenada desde el exterior, le costó un altísimo precio al Partido Comunista con todos sus méritos y su historia”.

Frente a esta subordinación, Fidel destaca reiteradamente que la Revolución Cubana “no nos la regaló nadie”. Es un fruto originalísimo, autóctono, de la fusión de las ideas de Marx, Engels y Lenin con las de Martí, antiimperialistas, anticoloniales, latinoamericanistas, de justicia y dignidad. Y sugiere un divertido paralelo entre la apropiación creadora que hizo del marxismo el grupo más radical de la Generación del Centenario y aquella que practican los músicos jóvenes cubanos al nutrirse del rock, del rap y de otros géneros ya “nacionalizados”.

Por otra parte, mostrando su invariable sentido ético, se encarga de aclarar que después de la Revolución triunfante “los errores no los cometieron ellos [los soviéticos] (…), los errores los cometimos nosotros (…) Todos los errores que se puedan haber cometido, los cometimos nosotros”.

Fidel contextualiza su discurso de junio de 1961 y pone un énfasis particular en que los jóvenes creadores conozcan detalles de la trabajosa construcción de la unidad y de las discrepancias en el seno de las fuerzas de izquierda que después repercutirían en tergiversaciones de la política cultural unitaria, antidogmática, trazada en Palabras a los intelectuales. Sectarismos de distinto signo, presencia de gente resentida y ambiciosa, huella de antiguos extravíos, todo eso y más aparece en Fidel y la AHS.

En este pasaje se sintetiza uno de los más trascendentes legados que Fidel entregó a los jóvenes, imprescindible en las actuales circunstancias: cómo construir la unidad día a día, sobre la base de la transparencia, del diálogo, del apego irrestricto a la verdad, del razonamiento compartido, de los principios.

El clima de confianza que se crea entre Fidel y los jóvenes artistas e intelectuales, permite que las ideas fluyan con franqueza por encima de cualquier barrera generacional, de cualquier diferencia, de las trabas subjetivas y objetivas que entorpecen la promoción del arte más renovador.

Fidel se detiene en el papel de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en las transformaciones educacionales y culturales que está promoviendo. Son muy útiles para la batalla interna e igualmente para hacer llegar “el mensaje de Cuba (…) a todas partes”. Aquella idea que Fidel repetiría a menudo (la cultura como escudo y espada de la nación) aparece indirectamente en esta reunión.

Las nuevas tecnologías multiplican las posibilidades educativas de “proteger” lo nuestro, la identidad, las raíces de lo cubano, y representan una ayuda incalculable para que “la espada” revolucionaria extienda su alcance hasta las regiones más lejanas.

Por supuesto, Fidel, como Martí, está ajeno a todo chovinismo, a toda actitud aldeana. Habla de “lo nuestro”, sí, pero se nutre sin suspicacias de la creación universal: “si aceptamos el ballet [que es “europeo”], ¿tenemos que tenerle miedo a la música de los negros norteamericanos, el rap y todo lo demás?” Incluso debemos apropiarnos, nos dice, de la carga de rebeldía y denuncia que hay en las raíces del rap. Fidel se coloca así en las antípodas de aquellas extraviadas acusaciones, de triste memoria, contra la música llamada “extranjerizante”.

En cuanto al tema de las nuevas tecnologías, sobre el que se volcó Fidel apasionadamente, levanta hoy ante nosotros desafíos mucho más complejos. Los creadores de la AHS han seguido debatiendo en torno al empleo por la joven intelectualidad cubana de los novísimos instrumentos y espacios que ofrecen los saltos tecnológicos en el campo de la información y la comunicación. El escenario de las redes sociales ha revolucionado la percepción de la realidad, los vínculos interpersonales, la discusión sobre temas de toda índole, la publicidad comercial y política, los modos de ganar votos y de espiar y manipular a los posibles electores y a todo el planeta. Los miembros de la AHS defienden sus ideas en ese nuevo campo de batalla, en medio de la oleada de frivolidad, narcisismo, fake news y mensajes abiertamente reaccionarios.

En 2001 Fidel dedica mucho tiempo a reflexionar sobre cómo aprovechar al máximo las fuerzas al servicio de la cultura. Le preocupa que haya gente de talento, gente valiosa, sin una atención especializada, sin un espacio de participación efectiva. Reclama una mayor coordinación entre los empeños de la AHS, de la UNEAC, del Sindicato, de todas las instituciones y organizaciones educativas y culturales, de instructores de arte, creadores y promotores, para impedir que convencionalismos ridículos, celos, compartimentos, divisiones y enfoques superficiales, puedan obstaculizar el despliegue entre nosotros de ese instrumento básico de liberación y crecimiento espiritual que es la cultura, del antídoto por excelencia ante la manipulación y el consumismo, de la vía propuesta por Martí para sortear las trampas coloniales y afincarse en nuestras raíces y en los afluentes más fecundos del universo.

En las recientes asambleas previas al III Congreso de la AHS, ha sido frecuente escuchar denuncias de incongruencias en la gestión institucional, de expresiones francamente discordantes, contradictorias, en la promoción artística. Nuestros jóvenes creadores reclaman que se aplique coherentemente la política cultural de la Revolución. Una política, ya lo sabemos, descolonizada y descolonizadora, comprometida con la creación auténtica (la cubana y la universal), que rechaza las baratijas y la visión hegemónica del arte como una mercancía vulgar.

Tales críticas de los jóvenes de la AHS se aproximan en lo esencial a las preocupaciones de Fidel en el encuentro de 2001. Él no quería de ninguna manera que las fuerzas culturales se dispersaran o estuvieran chocando, dislocadas. Llegó a decir: “hasta he pensado si sería bueno un método de trabajo, algún encuentro, de tiempo en tiempo, entre todos los que tienen autoridad para coordinar las actividades relacionadas con la cultura…”

No sin vergüenza tenemos que reconocer que no fuimos capaces de diseñar aquel “método de trabajo” sugerido por Fidel en 2001. Por fortuna, diecisiete años después, retomando su voz, la vanguardia intelectual juvenil vuelve a colocarnos ante el problema y a exigirnos su solución.

El presidente de la AHS, Rubiel García, en el “Epílogo” que escribió para este libro, describe a Fidel como un “quijote lúcido, ético e incorruptible [que] estará siempre vigilante a nuestro lado”. “Sus ideas no envejecen”, dice también, con toda razón.

Debemos estar agradecidos a Elier Ramírez, ahora y siempre, por haber logrado que Fidel apoyara esta publicación.

Sigamos, pues, debatiendo con él.

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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