MELLA Y LOS CUBANOS EN LA LIBERACION VENEZOLANA

 

 Rolando Rodríguez

El día de 1908 en que el general Cipriano Castro, presidente de Venezuela, embarcó en La Guaira para llegar a Suiza, en busca de un remedio urgente para sus riñones hechos ripios, no podía soñar con que se convertiría en piedra errabunda, sin retorno. Sin embargo, así sería, no a causa de la enfermedad que lo envolvía en fiebres triturantes, sino porque su compadre, el vicepresidente de la república, general y andino igual que él, Juan Vicente Gómez, le quitaría la poltrona presidencial. El motivo del cuartelazo era transparente: Cipriano Castro se había negado a liquidar la deuda externa venezolana, y únicamente había firmado una conciliación con las potencias acreedoras después de que barcos de guerra ingleses, alemanes e italianos, bombardearon Maracaibo y Puerto Cabello, y más tarde los estadounidenses lo presionaron para que pactara el pago. Pero, sobre todo, influyó en el golpe de Estado su resistencia a entregar las concesiones para explotar el petróleo venezolano. A partir de la asunción de Gómez esa situación cambió de raíz, primero los angloholandeses de la Brithish Petroleum, y luego la Standard Oil, de los Rockefeller, se convirtieron en los dueños del combustible venezolano. Desde entonces el dictador demostró que no solo era un hijo de las estructuras semifeudales y  del caudillismo, sino también del imperialismo, sobre todo el estadounidense, que durante muchos años se encargaría de amamantarlo.

Años después quizás tampoco Julio Antonio Mella, el gran dirigente de los estudiantes universitarios cubanos, pudo sospechar al ver arribar a Cuba a los exiliados venezolanos perseguidos por la saña del déspota caraqueño, que él iba a ser uno de los fundadores del Partido Revolucionario Venezolano, miembro de su Comité Central Ejecutivo, e integrante de una proyectada expedición armada que se dirigiría a las costas venezolanas para derrocar a Gómez.

Gobernaba a Cuba entonces el permisivo Alfredo Zayas, y el clima político de la isla creaba un refugio acogedor para los perseguidos políticos de las dictaduras de una América convulsa. En Cuba se había ido concentrando un grupo numeroso de exiliados venezolanos, que levantaron tienda mientras armaban planes para derribar a Gómez. En busca de acercarse a las costas de la tierra del Libertador, habían arribado, procedentes de París y graduados de abogados, Gustavo Machado y Salvador de la Plaza, que habían tomado parte destacada en 1918 y 1919, cuando todavía eran estudiantes, en una conspiración cívico-militar que, debelada, llevó a la mayoría de sus participantes a La Rotunda, la siniestramente famosa ergástula de Caracas, y algunos a la muerte en medio de atroces torturas. También, habían llegado el general Bartolomé Ferrer, jefe de un alzamiento contra Gómez, y Carlos Aponte, un joven graduado de la Academia Militar de Caracas, quien durante una de las tantas insurrecciones frustradas contra el Gocho Gómez había ganado los grados de capitán, y quien luego de seis meses de arrastrar grillos en prisión logró, gracias a las siempre socorridas gestiones familiares, poner mar de por medio. De igual forma, desembarcaron en Cuba un hijo de el Mocho Hernández, otro general venezolano antigomecista, el pintor Luis López Méndez y un joven escritor andino, Francisco Laguado Jayme, primo de Juan Vicente Gómez, pero no por eso menos enemigo de la dictadura de su familiar y conterráneo por partida doble; y tras la huella de Gustavo Machado llegó a Cuba su hermano Eduardo, un joven estudiante que había tenido que huir de Venezuela luego del apresamiento del mensajero de una expedición que, desde México, iría a combatir a Gómez, conjura en la que estaba envuelto.

De forma bastante extendida, entre los venezolanos había una postura antimperialista y en muchos de ellos posiciones favorables a la necesidad de operar cambios importantes en las estructuras de la sociedad. En particular los Machado, a pesar de que cifraban su origen en la más rancia estirpe del mantuanaje caraqueño, y Salvador de la Plaza, movidos por la profundización que el exilio hizo operar en sus ideas revolucionarias, ingresaron en la sección cubana de la Liga Antiimperialista, fundada por Mella. Después concurrieron a la Universidad Popular José Martí, fundada también por aquel joven poco común con el objeto de ofrecer a los obreros una vía de superación educacional aunque por igual funcionaba como vínculo para la solidaridad latinoamericana. Estos encuentros con el líder cubano resultaron como si en el momento exacto, hubiesen hallado el espejo de sus propias inquietudes. De manera que trabaron de inmediato íntimo contacto con el líder universitario, quien a paso raudo avanzaba hacia su adhesión definitiva a las ideas del marxismo-leninismo. Mella hizo a los venezolanos profesores de la Universidad Popular y, también, les dio ingreso en la Federación Anticlerical de Cuba, que igualmente había organizado.

La relación con Mella, quien había participado en el verano de 1925 en la fundación del Partido Comunista cubano, condujo a los venezolanos a otra con Carlos Baliño, fundador junto a Martí del Partido Revolucionario Cubano y, junto a Mella, del Partido Comunista. De esa forma, los Machado y De la Plaza se transformaron para toda la vida en revolucionarios comunistas. Al fundarse en Cuba ese Partido, a lo cual según recordaban prestaron su cooperación, Baliño les comunicó que los aceptarían en sus filas con la categoría de afiliados y no de militantes, porque dado su origen de clase debían primero “proletarizarse”. Los trajines de la metamorfosis los obligaron a andar en las noches recorriendo La Habana y cubriendo sus muros de consignas. No sin humor narraba Eduardo Machado que, gracias a la penitente “proletarización”, se conocían la capital cubana mejor que cualquier habanero. Carlos Aponte, Ferrer y José A. Silva Márquez, otro venezolano que por entonces había arribado, se hicieron simpatizantes del partido, otra categoría más de aquella afiliación.

Las conversaciones con Baliño fueron fecundas para los venezolanos. Este les narraba sus relaciones con Martí, en Cayo Hueso, y la profunda admiración del prócer cubano por Bolívar. “Era un convencido de que en el pensamiento de Bolívar había una extraordinaria fuerza para impulsar la liberación y unidad de Hispano América”, aseguraba Baliño al referirse  al Mártir de Dos Ríos.[1]

Mella, junto con Leonardo Fernández Sánchez, su más estrecho colaborador y presidente de la Asociación de Alumnos del Instituto (bachillerato) de La Habana, era visita frecuente de los Machado y Salvador de la Plaza en la pensión en que residían en la calle Teniente Rey 22. Menudeaban también sus encuentros en un local de Empedrado 17, donde los venezolanos habían instalado una máquina de silk screen que el pintor López Méndez había adquirido en Estados Unidos, y en la que imprimían la propaganda contra la dictadura de Juan “Bisonte” Gómez. Mas, a  veces, era Mella quien aparecía con sus manifiestos y proclamas, y los  reproducían en la socorrida máquina.

El recinto de Empedrado, conocido para todos los tiempos como la Cueva Roja y cuyo desaliño proverbial podría permitir compararlo con el universo antes del primer día de la creación, tenía de taller, ateneo, logia y refugio. Mientras los asiduos trajinaban imprimiendo pliegos y disponiéndolos en las parrillas para que se secaran, se desarrollaba la porfía de las ideas y el pulimento de los criterios, lo que finalizaba algunas veces con unas cervezas frías en un café cercano. Y a la vez que en la Cueva Roja se conspiraba contra las dictaduras del continente, sus tres habitaciones le daban abrigo a cuanto latinoamericano llegase a La Habana con los bolsillos desfondados, como el comunista peruano Jacobo Hurwitz y los apristas Estaban Pavletich y Luis F. Bustamante, o los expedicionarios del Angelita, cuyo barco averiado y trashumante tuvo que recalar forzosamente en la rada habanera en la que perdió toda posibilidad de poner proa a Venezuela.

Desde un inicio, los venezolanos habían trabado contacto con los contertulios de la peña de intelectuales que cada sábado se daba cita en algún restaurante de La Habana. Cuenta Eduardo Machado que, gracias a Jorge Mañach, uno de aquellos, con quien Gustavo había  hecho buenas migas, cuando ambos estudiaban en Harvard, se hicieron socios de la Quinta Covadonga, en la que recibían servicios médicos por solo tres pesos mensuales. De esa relación con los “sabáticos” -entre otros, Rubén Martínez Villena, Juan Marinello, Alejo Carpentier, José Z. Tallet y Orosmán Viamontes-, surgió la camaradería con Martínez Villena, abogado que terminaría su vida como mentor del Partido Comunista y el poeta Tallet, amigos a la vez de Mella. Resultaba importante que todos los asistentes a la tertulia se mostraban como enemigos feroces de la tiranía venezolana.

Estos vínculos serían también la matriz que daría lugar a los escritos de Mella y Martínez Villena que vieron la luz en la revista Venezuela Libre, la cual fundaron, junto a los venezolanos; y cuando Francisco Laguado Jayme, que figuró un tiempo al frente de la publicación, tuvo que desaparecer del machón pues sobre él se cernió una amenaza de expulsión si continuaba editándola, los cubanos buscaron a un periodista y representante liberal que les era cercano, Germán Wolter del Rio, para que apareciera como director político del mensuario, y primero Martínez Villena y luego Tallet asumieron como sus directores. Mella, en tanto, aparecería entre los redactores. De todos modos, años más tarde, en 1929, por orden de Machado y a petición del tigre de Maracay el joven Laguado fue torturado y echado a los tiburones de la bahía de La Habana, a causa de un folleto en el que proclamó que el tiranicidio era un acto revolucionario.

Los Machado y Salvador de la Plaza no solo se identificaron con la vida de la alta cultura cubana, sino incluso con la más popular y perseguida, la resultante de la secta de los ñáñigos. Recuerda Eduardo que fueron invitados por una de estos juegos a un rito de iniciación, en Regla, y a este asistieron junto con Mella.[2]  El  secreto de la invitación estribaba en que Mella y los Machado se habían convertido en grandes luchadores contra la discriminación racial. Testimonia el venezolano, que los negros adoraban a Mella.

Luego de la subida de Machado al poder, el país no tuvo que esperar largo tiempo para sentir sobre sus libertades la mano crispada de una dictadura. El asesinato del director de El Día, periódico conservador, fue el heraldo del terror con que el carnicero de Camajuaní estaba dispuesto a dar por terminado el “caos” de la república y comenzar su obra “regeneradora”. Unos petardos que explotaron en septiembre de 1925, cerca de la taquilla del teatro Payret y en otros puntos de La Habana, a todas luces originados en una provocación policíaca y no en decisiones anarcosindicalistas, fueron el pretexto para que dos meses después se dictara un auto de procesamiento y prisión que incluía a dirigentes obreros anarcosindicalistas, como Alfredo López; comunistas como el anciano Baliño, y Mella. En el caso de este último la prisión tenía un doble motivo: encerrar por larga data al comunista y sacar de la circulación al líder estudiantil, en momentos en que ya el émulo caribeño de Juan Vicente Gómez comenzaba a entrarles a saco a los resultados de la reforma universitaria de 1923. Mella en la calle era un peligro para ese propósito. Los implicados en la causa quedaron excluidos de fianza.

Mella se declaró en huelga de hambre, y en la primera fila del comité que luchó por su libertad, junto a Fernández Sánchez, Martínez Villena y Gustavo Aldereguía, tomaron lugar los venezolanos Machado, De la Plaza y Aponte, que con Ferrer, Silva Márquez y los peruanos, cuidaron con celo las puertas de la habitación de la clínica La Purísima, del Centro de Dependientes, adonde lo llevaron cuando la huelga comenzó a deteriorar galopantemente su organismo. Orosmán Viamontes, abogado de Mella, alertó a los venezolanos y peruanos de las consecuencias que podría traerles su defensa pública del líder cubano, y uno de los venezolanos respondió: “Si Mella está arriesgando su vida, nosotros no podemos hacer menos”.[3]

El líder de la colina de San Lázaro venció en su lucha, y Machado tuvo que autorizar le señalaran fianza; pero las amenazas evidentes de que su vida sería puesta a término lo obligaron a abandonar el país.

Ayudado en los preparativos de su fuga por Aldereguía, a principios de 1926 Mella compró un pasaje rumbo a Cienfuegos en la taquilla de la Acera del Louvre, y una noche tomó el tren en el apeadero de Agua Dulce. En las cercanías de la hermosa ciudad del litoral meridional de la isla lo esperaba Feliciano Aldereguía, hermano de Gustavo, quien se encargó de entrarlo en la ciudad y esconderlo. Poco después, Mella embarcó rumbo a Centroamérica, en el barco Comayagua, y luego de una odisea que lo hizo ir a dar de Honduras a Guatemala, logró llegar a tierra azteca mediante la ayuda del mexicano Enrique Flores Magón, de Carlos León, ex ministro y ex gobernador de Caracas, en tiempos de Cipriano Castro, y la Confederación de Estudiantes de México.

Las horas angustiosas de la prisión de Mella y su huelga de hambre y quienes durante ella se significaron como sus amigos, no podía dejar dudas a los venezolanos de que estaban envueltos en un peligro acechante de naturaleza mortal. Mucho más si sus habitaciones de Teniente Rey 22 y la Cueva Roja del pintor López Méndes fueron holladas por la policía y ellos recibieron información fidedigna de que de ser atrapados serían deportados a Venezuela, bajo el cargo de “extranjeros perniciosos” y entregados a Gómez. Incluso, una amiga, funcionaria del consulado venezolano, les informó que el embajador del país sudamericano había ofrecido una recompensa cuantiosa por su detención. Así que, Eduardo Machado, Salvador de la Plaza y Bartolomé Ferrer, casi horas después que su compañero cubano, abandonaron la isla y tomaron rumbo a México,[4] con lo que seguían los pasos de Gustavo Machado, que ya habían marchado a París y pronto se les uniría en la meseta del Anáhuac. También Gustavo había mortificado bastante a Gerardo Machado Morales, el dictador en ciernes, pues aprovechando la homonimia de sus apellidos, a veces firmaba los manifiestos “G. Machado Morales”. Se sabía lo indignado que estaba el inquilino de palacio con estas “faltas de respeto” del joven y, en cualquier momento, podía hacérselas pagar.

Eduardo y Salvador, al igual que Mella, viajaron a Cienfuegos, en donde de idéntica manera los recibió Feliciano Aldereguía, y a diferencia de Mella, aunque ayudados por los mismos que habían logrado el ingreso de éste en México, y por el poeta Carlos Pellicer, arribaron directamente a ese país. Allí los esperaba el cubano.

En México, Mella, los Machado, De la Plaza y los peruanos Hurwitz y Pavletich, que pronto llegaron también, vivieron primero en una residencia de la colonia Roma, puesta a su disposición por amigos del cubano. En ésta se uniría a Mella su esposa Oliva Zaldívar; y de ahí saldrían todos a llevar al cementerio una hijita del matrimonio muerta a poco de nacer. Luego el líder antimachadista y los venezolanos se trasladaron a una pensión en el tercer piso de un edificio de la calle Bolívar, en la que al paso de los meses irían a sumarse Carlos Aponte y Bartolomé Ferrer. Como si fuese un augurio se decía que en aquella vivienda se había alojado El Libertador, durante su estancia en  México.

El cubano y los venezolanos, cuando prácticamente no habían transcurrido días de su llegada, quedaron acoplados en la vida política de la izquierda mexicana. Se integraron a la sección mexicana de la Liga Antimperialista de las Américas, y Mella entró a formar parte de su comité ejecutivo. Como él mismo refería crepitantemente en una carta a La Habana, lo hicieron miembro de la redacción de su órgano de prensa, El Libertador, y a De la Plaza se le encargó su administración. En aquel periódico escribiría lo más granado de América y Europa; entre otros, Enrique José Varona, José z. Tallet, Agustín Acosta, Enrique Gay Calbó, Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Pedro Albizu Campos, Germán Arciniegas, José María Vargas Vila, José Carlos Mariátegui, Blas Ferreira, Carlos Quijano, Henry Barbusse, Bertrand Russell, León Trotsky, Anatoly Lunatcharsky, Scott Nearing,  Upton sinclair, Carleton Beals, Rufino Blanco Fombona, los Machado, José Rafael Pocaterra y Salvador de la Plaza. Más tarde, los Machado y De la Plaza serían admitidos como integrantes del Partido Comunista mexicano, sección de la III Internacional. Mella no lo podría hacer de inmediato porque durante la huelga de hambre el Partido Comunista cubano lo había separado por indisciplina de sus filas, y solo una apelación a la Internacional le permitió más adelante el ingreso en el Partido mexicano. Por entonces el cubano y los venezolanos ingresaron en la Liga Pro Luchadores Perseguidos, y en la Liga Anticlerical, y los venezolanos editaron El Bonete, que dirigía De la Plaza, y en el que los geniales pintores mexicanos Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros colaboraban. Quizás fue ésta una de las pocas tareas lucrativas que tuvieron, aunque de resultados muy menguados, que los Machado y Salvador de la Plaza, llevaron a cabo en México. El periodiquito tenía alguna venta gracias a las caricaturas de sus compañeros del Sindicato de Pintores Proletarios. Con ese socorrido ingreso, que iba como todo lo que recibían para un fondo común, más de una vez corrieron al Hong Kong, un café de chinos de la calle Bolívar -de la que eran asiduos parroquianos porque les fiaban la generalmente única comida del día: un plato de huevos con arroz, que costaba un tostón (unos 10 centavos de dólar)- y entonces hasta invitaban a sus compañeros menos afortunados.

En los primeros días de 1927 los venezolanos fundaron el Partido Revolucionario Venezolano, una agrupación política de frente nacional revolucionario, con un programa agrario antimperialista. Este tendría que conjuntar todas las fuerzas posibles para llevar adelante la revolución y derrocar la tiranía de Juan Vicente Gómez. Llegó a tener afiliados entre otros lugares en Cuba, Nueva York y Panamá. Postergaba para después los rumbos sociales a seguir. Mella ingresó en la sección local de México, que constituía el eje del partido, de la que formaban parte, entre otros, Salvador de la Plaza, Eduardo Machado, Aponte, Silva Márquez, Diego Rivera y Jacobo Hurwitz. Gustavo Machado era el secretario de la organización. Para Mella su ingreso había sido lo más natural del mundo. Parecía haberse repetido las mismas palabras de Martí: “Deme Venezuela en qué servirla. Ella tiene en mí un hijo”.[5]

La idea concebida por los venezolanos y Mella para dar al traste con el gomezato era organizar la lucha por la vía armada, pero no quedaba ahí: el cubano no abandonaba un segundo el proyecto de lanzarse al combate directo contra Machado, y si antes no se le presentara otra oportunidad de entrar en liza contra este, una vez eliminada la dictadura de Caracas todos irían a librar a Cuba de su régimen oprobioso. “En todas partes del mundo donde hemos estado los venezolanos, siempre hemos estado con los cubanos”, afirmaría Eduardo Machado, años después”.[6] En aquella expedición tendrían cabida todos los latinoamericanos que quisieran unírseles.

Poco después Mella, al que los venezolanos consideraban miembro de su emigración, pasó a formar parte del Comité Central Ejecutivo del Partido. Acorde con las concepciones de la época, el Partido Comunista mexicano aprobaba la doble militancia, en sus filas y en un partido nacional revolucionario. De esa forma aquel joven, carismático y de una lucidez poco común, llegaría a ser no solo miembro del comité central del PRV, sino también del órgano superior del Partido Comunista de México y, es más, de su Buró Político, y cuando Rafael Carrillo Azpeitía, el secretario general de ese partido, tomó rumbo a Moscú para participar en el Sexto Congreso de la Internacional Comunista lo sustituyó durante varios meses.

A cada momento la figura del líder cubano se iba elevando sobre las fronteras nacionales y se dibujaba en el continente. En julio de ese año Sandino había retado a las fuerzas invasoras yanquis, que habían hollado el suelo nicaragüense con el fin de imponer allí la voluntad golosa del imperio. Lo mejor de América asumió como propio el gesto inmenso del pequeño gigante de Las Segovias, que salvaba de golpe el honor de un continente y declaraba la bancarrota de la impotencia ante el enemigo poderoso. Mella, desde la Liga Antimperialista, de la que era Secretario Continental, y el Socorro Rojo Internacional, participó en la fundación y dirección del Comité Manos Fuera de Nicaragua (MAFUENIC), y, desde luego, a su lado hombro con hombro estuvieron los venezolanos. Cómo olvidar que meses más tarde Carlos Aponte, expulsado de Cuba por haber cruzado con un fuete el rostro de Laureano Vallenilla Lanz, el ideólogo del régimen venezolano, sería designado jefe de columna, ganaría los grados de coronel en el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y Sandino lo nombraría segundo ayudante; Gustavo Machado iría al cuartel general de Sandino a llevar ayuda del Comité, y regresaría a México como representante del héroe nicaragüense, y Eduardo Machado marcharía a Nueva York, en calidad de delegado del MAFUENIC. A todas estas, el salvadoreño Farabundo Martí había pasado por entonces por México y los venezolanos lo habían enviado a la tierra de Bolívar para organizar células allí y Curazao, con vistas a la revolución. Después Martí retornaría a tierras aztecas y saldría también para Las Segovias a unirse a Sandino. Nunca, como entonces, se vieron unas filas tan pletóricas de líderes latinoamericanos de la más alta valía, luchando unos y otros por la misma revolución, como si su América fuera  una sola y gran patria.

No obstante, derrocar a Gómez continuaba constituyendo el objetivo cardinal del PRV, y para eso se necesitaban armas. Una vez obtenidas los venezolanos y Mella contratarían una embarcación y con ellas marcharían a Venezuela, y una vez derrocada la dictadura emproarían su rumbo a Cuba con el propósito de echar a Machado del poder. “Nosotros éramos tan cubanos como Mella”, declararía muchos años después Eduardo Machado.[7] Con el propósito de allegar las armas sus dirigentes habían continuado los contactos con el general Álvaro Obregón, ex presidente de la república mexicana, hombre de enorme influencia en la revolución de ese país y, con toda seguridad, presidente de México en una segunda ocasión. Este, tiempo antes, junto con Felipe Carrillo Puerto, el gobernador socialista de Yucatán, había estado en disposición de proporcionárselas para una expedición contra Gómez. Pero se produjo una revuelta contrarrevolucionaria en la península y el mexicano fue pasado por las armas y el intentó se frustró.

Obregón diseñaba su próximo mandato, y posiblemente esa vez un motivo adicional lo ganaba para entregárselas: calcular que dadas las relaciones de los venezolanos con los coroneles villistas Treviño y Paz Farrisa, quienes se habían comprometido a acompañarlos en la expedición junto con numerosos hombres de su filiación, se quitaría de arriba un elemento que le era hostil. No hay que descontar que el general había combatido a Pancho Villa y en el empeño había dejado un brazo en las batallas de Celaya, y se le acusaba de haber amparado el asesinato del antiguo jefe de la División del Norte. A las entrevistas con Obregón asistió Mella. En una de aquellas visitas a las que acudió, Obregón exhibió muestras del armamento que les proporcionaría, lustrosas carabinas 30 estadounidenses y ametralladoras pesadas alemanas. Al salir de la entrevista Mella abrazó a Eduardo Machado. “Ya tenemos las armas”, le dijo, “Venezuela será libre”.[8]

Los venezolanos designaron como jefe de la expedición a uno de los viejos caudillos protagonistas de un sinnúmero de fracasados alzamientos contra Gómez, el general Emilio Arévalo Cedeño, a quien le encargaron adquirir en Santo Domingo una goleta motorizada con la que navegaría hasta Tampico, en donde recogería las armas. Con ella llegarían a alguna playa cercana a Tucacas o Palma Sola, en la costa venezolana. A poco  de recibir la noticia de la adquisición de la nave, los revolucionarios solicitaron  depositar el cargamento de armas en Tampico: 500 fusiles, 25 ametralladoras y medio millón de tiros. Mientras, con la idea de reunir un poco más de fondos, Arévalo Cedeño tuvo la nefasta idea de embarcar en la nave un cargamento de ron Negrita, que introduciría en México de contrabando. Al llegar a puerto y tratar de desembarcarlo los aduaneros detectaron la bebida. Atrapado, a Arévalo Cedeño no se le ocurrió otra salida mejor que aducir que la nave pertenecía al general Obregón. El embuste constituyó el llamado final a la catástrofe. Indignado por tamaña estupidez y tanta chapucería, el rudo y malicioso soldado sonorense mandó a buscar a los venezolanos y les anunció, no sin su sorna habitual, que no les entregaría ni un fusil ni una bala, ya que se les había ocurrido designar una jefe que ni buen contrabandista era. Como militar de fino olfato, Obregón no estaba dispuesto a perder sus batallas por adelantado. Poco después, aquel conflicto con Arévalo Cedeño motivó su expulsión del partido, y uno de los firmantes de la resolución de 9 de septiembre de 1927, de la sección local de México del PRV, que la disponía, publicada en el número de mayo de 1928 del mensuario Libertad, su órgano, fue Julio Antonio Mella.

Entretanto, la situación en Cuba se iba tornando crítica, y ya entonces el joven antillano, en el que la idea de la lucha contra Machado no cejaba, puso, en primer orden el combate por la liberación de la Isla. En los primeros meses de 1928, Mella fundo la Asociación de Nuevos Emigrados Revolucionarios Cubanos (ANERC), una organización de carácter democrático y amplio, en la que tuvieron cabida todos los que estuviesen por plantarle cara a la dictadura cubana, transformar radicalmente la condición semicolonial de Cuba y llevar adelante numerosas reformas sociales. Mella, en abril de ese año, en su artículo “¿Hacia donde va Cuba?” publicado en Cuba Libre, hizo explícita su concepción de que el derrocamiento del gobierno machadista sería por la vía armada y en el enfrentamiento -según proyectaba lograrlo- participarían unidos los integrantes de Unión Nacionalista y los obreros. Según sus palabras, había que llevar a Cuba por el camino de una “revolución democrática, liberal y nacionalista, ya latente en los hechos”. Mella, más que talentoso pensador y teórico, fue indiscutiblemente uno de los primeros en echar a un lado las visiones eurocentristas que en ese momento sostenía la Internacional Comunista y concluir que en el continente no habría liberación social sin liberación nacional, aunque como también afirmó en aquel mismo trabajo” “…liberación nacional absoluta solo la obtendrá el proletariado, y será por medio de la revolución obrera”.

Lo expuesto no solo avala por qué la constitución de la ANERC, sino también el anterior ingreso de Mella en el PRV, y de idéntica manera su internacionalismo en una dimensión latinoamericanista, que en ese período alcanzaba cumbres muy hermosas.

Cuando Machado en julio de 1928 se proclamó candidato único a las elecciones de noviembre de ese año, para un nuevo período que ya contenía la extensión en dos años del mandato presidencial, la famosa prórroga de poderes que no era solo eso, Mella vio llegado el momento de poner definitivamente en marcha sus planes. Indudablemente, a esa altura, ya había logrado que las armas que Obregón había dispuesto inicialmente entregar al PRV fueran a parar a la lucha contra Machado. De ahí la razón por la que Leonardo Fernández Sánchez, su segundo, muchos años después afirmaría que disponían de las armas de un alijo primitivamente destinado a la lucha contra Juan Vicente Gómez. Como lo han referido los venezolanos, ellos no estaban en posibilidad de haber sido quienes se las facilitasen, porque no contaban con ninguna, lo que además quedaría confirmado alrededor de un año después cuando los patriotas sudamericanos capitaneados por Gustavo Machado, en un gesto de audacia sin precedentes protagonizaron el asalto del fuerte Amsterdam, en Curazao, para proveerse de las que allí hubiese, antes de internarse en las cresterías de Falcón.

Mientras, en agosto, Mella había viajado en el mayor de los secretos, al puerto de Veracruz en busca de una forma de entrar ilegalmente en Cuba. También comenzaba a tratar de hacerse de los medios con que transportar la expedición a Cuba.

El 10 de octubre Fernández Sánchez llegó a la isla, con la misión que Mella le había encomendado de establecer contacto con Martínez Villena, el líder del Partido Comunista de Cuba, explicarle los objetivos y vías de lucha y lograr la participación de esa organización en el combate venidero. Objetivo primado era entrevistarse con Mendieta, la figura central de los Nacionalistas, con vistas a establecer un frente unido contra Machado y alinear a esas fuerzas en una carga compacta contra la dictadura. Mella tenía bien presente que tal agrupación política arrastraba grandes sectores populares, y su lógica política le decía que tenía que conquistarlas si quería triunfar. Por eso se había entrevistado meses antes con el caudillo nacionalista, en Nueva York. Martínez Villena debía ayudar a Fernández Sánchez en la tarea de establecer relaciones con la dirección nacionalista, en lo que influiría las que con personajes de esa filiación tenía desde los tiempos del Movimiento de Veteranos y Patriotas.

Con quien Fernández Sánchez pudo encontrarse fue con el viejo y noble general independentista Fermín Peraza, en el local del periódico Unión Nacionalista. Trágicamente, en la entrevista participó Rey Merodio, administrador del rotativo y soplón encubierto de la policía. El jefe de la policía secreta, Santiago Trujillo, conoció del hecho y de inmediato puso en conocimiento del dictador Machado los planes de Mella. La noticia selló la determinación definitiva del déspota: Mella debía morir.

Según Eduardo Machado el primer intento de atentado contra Mella, lo protagonizó un tal José Agustín López Valiñas, joven que había huido de Cuba por haber asesinado a otro individuo. Con ese fin mudó a una amante al mismo edificio en que vivían los revolucionarios en la calle Bolívar. Una noche, en momentos en que suponían Mella visitaba en la pensión a sus amigos, López Valiñas y algunos otros sicarios estaban abajo, a la espera del líder cubano. Pero en realidad este no no se encontraba en la pensión y fue el caraqueño quien bajó de la casa. Se provocó entonces un incidente cuando lo cuando lo asaltaron y golpearon. Machado comenzó a alertar a gritos, arriba, de lo que sucedía y a pedir ayuda. Bajaron a toda prisa Ferrer y el coronel Treviño, y comenzó una pelea con los sicarios. Se produjeron disparos. El alboroto fue enorme, al fin apareció la policía y se los llevó a todos para la 4ta. Comisaria. Más tarde, un  policía mexicano sacó a Eduardo Machado del calabozo y le relató que López Valiñas había llegado a México para asesinar a Mella. “¿Usted está seguro de eso?”, asegura Machado que le preguntó. “Completamente seguro”, le respondió. Soy del servicio de inteligencia y le comuniqué esto al Presidente [Plutarco Elías Calles] y me dijo: `Es un atentado que van a hacer´”. Años después Machado aseguraría:  “Si Mella hubiera estado allí, lo matan”.[9] Así se lo narró al líder cubano, cuando este regresó del viaje a Veracruz. “Saben que andas, de noche, solo con Tina”, le expuso.[10] Incluso, le advirtió que aquel sicario machadista lo sabía. Pero Mella no lo creyó.

Eduardo Machado siempre creería que para Mella era de cobardes andar escondiéndose y no tenía como los venezolanos una larga experiencia de clandestinidad. Ellos habían luchado durante muchos años contra Gómez, y siempre estaban tratando de no ser sus víctimas o caer prisioneros, tanto en Venezuela como en el exterior. Él, por ejemplo, había estado clandestino desde 1914 y con sus compañeros había armado toda la insurrección de 1919 desde la clandestinidad.  Pero en Mella esa falta de práctica en saber cuidarse resultaba un defecto.

La noche del 10 de enero de 1929, cuando aún no había cumplido 26 años, aquel ser precoz hasta lo inverosímil, y cuya trayectoria total no es posible aprisionar en unas pocas cuartillas, fue atravesado por dos balazos en la calle Abraham González. Mella venía junto con Tina a la que había recogido en la oficina del cable donde esta había pasado en nombre del cubano un telegrama a un periodista de La Habana, para que desmintiera la infamia de que una fiesta Mella había ultrajado la bandera cubana. Esto era una de las tramas urdidas para desacreditarlo. Por su parte el joven se había reunido en el café Hong Kong con José Magriñat, un hampón cubano, que le había solicitado la entrevista a título de enemigo del régimen de Machado, para informarle de un complot para asesinarlo que había conocido en un reciente viaje a La Habana. Aquello, como el beso de Judas, no resultaba más que el pretexto para marcarlo. En efecto, aquel con quien estuviera sentado en el café debía ser el blanco de los asesinos. Posiblemente la vez anterior habían confundido a Eduardo Machado con Mella. Los dos eran atletas, trigueños y de pelo crespo. Esta vez no debían fallar.

López Valiñas, desde atrás de unas bardas que bordeaban la calle, al final de la cual vivía el cubano con la Modotti, fue el sicario que protagonizó la acción. El otro asesino, Sanabria, un ex policía del pueblo cubano de Colón, se dice que no tuvo valor de disparar contra el adalid. Caía una de las figuras que en la historia de Cuba resaltan con centelleo de brasa, un héroe antimperialista, revolucionario, que comprendió que cualquiera de nuestras tierras de América eran sólo una parcela de nuestra generosa y ancha Patria.

Para entonces Gustavo Machado estaba en el cuartel general de Sandino y Eduardo, en en Nueva York, en la misión del MAFUENIC. Relataría Eduardo que antes de partir le había vuelto a repetir a Mella: “Cuídate mucho. No puedes estar saliendo solo con Tina, porque te van a matar”[11]. Mucho amaron los venezolanos a su camarada cubano. No es otra la razón por la que Gustavo Machado afirmó un día, que los venezolanos profesaron por el prometeo cubano una amistad entrañable.

Mas, esta historia que hilvana los lazos entre el héroe cubano y los revolucionarios cubanos y venezolanos tendría continuación. Como si se tratase de un compromiso que se hizo pleno frente a la puerta de un centro médico de La Habana, en el que Mella se jugaba la vida contra viento y marea para defender una idea justa, años después uno de los compañeros que con él compartió techo, sueños e ideas libertadoras, posiblemente uno de los venezolanos más temerarios que ha pasado por Cuba, el coronel Carlos Aponte, fundió su sangre con la de Antonio Guiteras, el gran líder de la lucha antimperialista cubana, junto a las aguas del río matancero Canímar, y validó la comunidad de la esperanza de un continente sin fronteras, que era presencia permanente en Mella. Por algo, son estos párrafos que el líder cubano escribió en la cárcel, cuando ya estaba en huelga de hambre, y publicó en Venezuela Libre, en el número de septiembre-diciembre de 1925: “Ha pasado ya del plano literario al diplomático el ideal de la unidad de la América. Los hombres de acción de la época presente, sienten la necesidad de concretar en una fórmula precisa el ideal que, desde Bolívar hasta nuestros días, se ha considerado como el ideal redentor del continente”.

Es cierto, que la balcanización de nuestras patrias todavía no ha logrado el sueño. Pero ya parece que está llegando la hora en que al fin se concrete. Precisamente da la impresión de que es la tierra de Bolívar, la que junto a la de Martí, hubiese tomado la antorcha y en la fragua de ese ideal estarán aquellos grandes venezolanos y estará presente también Julio Antonio Mella.

 

Conferencia pronunciada en

San Juan de los Morros, estado de Guárico

Venezuela en  2004.

 

  Notas

[1] Guillermo García Ponce: Memorias de un general de la utopía. Cooperativa de Trabajadores Gráficos. Caracas, 1992, p. 52.

[2] Eduardo Machado. Entrevistas con el autor, Caracas, 1991.

[3] Guillermo García Ponce, ob. cit., p. 58.

[4] Ibíd , p. 60.

[5] José Martí: Obras completas. Editorial de Ciencias Sociales,  La Habana, 1975, t. VII, p. 267.

[6] Entrevista con Eduardo Machado citada.

[7] Ibíd.

[8] Guillermo García Ponce, ob. cit., p. 74.

[9] Entrevista con Eduardo Machado citada.

[10] Íbíd.

[11] Ídem.

 

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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