El debate: instrumento que nos prepara para ver

 

(Prólogo de Enrique Ubieta al libro Hacia una cultura del debate, espacio dialogar, dialogar de la AHS, Volumen 2, Casa Editora Abril, 2018)

 

Atender la solicitud de Elier, el amigo, el pensador que está en ninguna y en todas las páginas de este libro, el conductor noble y agudo de los debates que cada mes convoca la Asociación Hermanos Saíz, y que este libro recoge –antes apareció un primer tomo, y seguramente vendrán otros después–, de que escribiese las palabras de presentación, es una “tarea” placentera y sin embargo, a mi parecer, innecesaria. Su legítima introducción, que explica las razones y los fundamentos del libro, es suficiente como pórtigo de entrada. Los “diálogos”, todos vitales, exponen diferentes ángulos y posiciones, y no requieren de guía alguna.

La justificación a la que adscribo mis palabras, radica acaso en la necesidad de enfatizar el título mismo del libro: la importancia y el alcance del debate social que propone y promueve Elier, para desinflar los consensos que el enemigo fabrica –y que percibimos falsamente como propios– y construir los nuestros; para la creación de una mirada crítica que nos permita enfrentar la proliferación de mensajes, discursos y embustes en los medios trasnacionales, que las nuevas tecnologías, buenas para lo mejor y para lo peor, hacen circular por las venas sociales. Los jóvenes de hoy lo verán y lo leerán todo –a veces creerán que eligen, pero la elección viene ya empaquetada–, y por ello, debieran aprender a mirar y a cuestionar sus certezas. A identificar cuál es el Poder real (con sus tentáculos ideológicos y corruptores en el territorio nacional) y cuál el Contrapoder que defiende cada espacio conquistado, dónde lo Oficial Hegemónico finge ser rebelde, encandila o seduce, ofrece fama y éxito espúreos; y dónde la rebeldía de lo Antihegemónico, a veces sucia, tosca en su desnuda verdad, estrella que ilumina y mata, se manifiesta. Como señala Graciela Pogolotti en sus comentarios a Calibán, el extraordinario ensayo de Roberto Fernández Retamar:

el uso perverso de las palabras (…) lleva a cancelar criterios, opiniones, puntos de vista de muchos intelectuales de este mundo de acá y particularmente de nosotros los cubanos, con el apelativo de oficialista. Todos lo hemos aceptado, se usan aquí y allá, y desde luego oficialista es Roberto. Esa es una manera de acallar su palabra.

Pero la capacidad de discernimiento crítico no surge de manera espontánea, no es una simple suma de conocimientos. Conozco a intelectuales eruditos que son incapaces de advertir el doble filo de las palabras, la trampa en el decir a medias, el peso político de una afirmación pretendidamente aséptica.

Para franquear los barrotes de oro de ese “universo light que corroe el pensamiento, un universo de fuegos artificiales”, según la Pogolotti, es necesario el debate, ese es el instrumento que nos prepara para ver. No es un debate concebido como mero ejercicio del saber. Conscientes de la magnitud de “la guerra de pensamiento” que se nos hace (guerra de valores, de modelos y sentidos de vida, que distorsiona la naturaleza misma del conocimiento), Elier y sus convocados no planean torneos de retórica ni se proponen la caza de “verdades” abstractas: las ideas enfrentan y rebaten ideas, intentan legitimar “a pensamiento” la única verdad plausible, la que nace de la justicia y la belleza. Se trata, para decirlo de manera clara y en palabras de Fernando Martínez Heredia, de un hecho ya inocultable: en la sociedad cubana “ha venido creciendo una contraposición o vida en paralelo de factores socialistas y capitalistas, que están librando ahora una abierta guerra cultural.” A lo que el intelectual revolucionario añade: “Desde diciembre de 2014 Estados Unidos está tratando de sobredeterminar esa pugna para que triunfe un capitalismo cómplice y subordinado a él, que es el único tipo de capitalismo que podría restablecerse en Cuba.”

Los autores invitados a esos debates y a este libro no representan a una sola generación, ni son exponentes de una única tendencia de pensamiento dentro del amplio arco de la Revolución. Hay figuras mayores, como Graciela Pogolotti (1932), Fernando Martínez Heredia (1939 – 2017), Miguel Barnet (1940), o Eusebio Leal (1942) por ejemplo; y otras, no menores, como José Luis Rodríguez (1946), Ana Cairo (1949), Luis Toledo Sande (1950), Jesús Guanche (1950) o Luis Álvarez (1951); y autores nacidos en todas las décadas revolucionarias. El lector encontrará que también en este cuaderno se libran batallas, a veces muy sutiles. Pero, tal como debe ser, hay un autor invisible y último, consciente de su tarea, que es el organizador de los debates y el seleccionador de los textos.

Si repasamos esos debates –todos se entrelazan, son instantes de un gran tema universal, que ya definimos con Martínez Heredia como la puja abierta o solapada entre los “factores” socialistas y capitalistas en Cuba, o dicho de otra manera, de los pueblos opresores que pretenden que Cuba retorne a la condición de pueblo oprimido–, podríamos concordar en los siguientes agrupamientos temáticos: 1. Las ciencias sociales y su enseñanza en Cuba: “El reto de las ciencias sociales”, “Humanismo y Universidad” y “Problemas de la enseñanza y la divulgación del marxismo en Cuba”; 2. El tránsito al socialismo en Cuba: “Las herejías del Che en El socialismo y el hombre en Cuba”,  “A diez años del histórico discurso de Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana”, “¿Por qué cayó el socialismo en Europa?”, “La impronta de Alfredo Guevara” y “Volver a Palabras a los intelectuales”; 3. La memoria histórica: “La segunda victoria de Girón: la batalla por la indemnización”, “Historia y medios audiovisuales”, “Hubert Matos y la desaparición física de Camilo Cienfuegos”; 4. Identidad nacional y Revolución: “Calibán, ayer y hoy”, “Cincuenta años de Biografía de un cimarrón”, “Si de símbolos se trata”, “Cubanidad y cubanía” y “Cultura y Turismo” y 5. Las relaciones con el imperialismo estadounidense: “Cuba – Estados Unidos: intercambios académicos y culturales” y “Visión martiana de los Estados Unidos”. Pero todos los temas convergen al fin y al cabo en esa íntima relación que teje la historia de los oprimidos entre identidad y emancipación; ¿acaso esa relación no determina el sentido de textos como Palabras a los intelectuales, Calibán, El socialismo y el hombre en Cuba o Biografía de un cimarrón?, ¿acaso no establece las coordenadas del socialismo en Cuba, los contenidos y los deberes de su Universidad? Acudo nuevamente a Fernando, en uno de los textos del libro:

Con el triunfo de la idea de progreso, el cientificismo y la supuesta tarea del varón blanco europeo de “civilizar” al mundo entero se completó el campo ideológico capitalista y colonialista desde el cual se consumó el despliegue de las ciencias sociales. La supuesta “objetividad” de esas ciencias fue el logro superior del control ideológico por parte de quienes tenían las variables fundamentales en su poder. Apunto dos de sus corolarios principales: el divorcio entre la ética y los conocimientos sociales; y la creencia en que el científico social puede “flotar”, libre de la adscripción a alguna clase social y de tomar parte en sus conflictos.

Es decir, que la ciencia descolonizadora tiene que beber, como pedía Martí, de todas las fuentes, y crecer en tierra americana; tiene que tomar partido con los pobres de la tierra –los de cualquier “tierra”–, y remangarse la camisa para hundir sus brazos en el barro de lo inmediato, que es la manera en que suele aparecer lo universal. El debate conlleva la crítica, y a veces sus “defensores” no la conciben para sí; la crítica no es censura, es, debe ser, creación. Incluso los más grandes intelectuales se equivocan. Bienvenida la crítica revolucionaria, la que construye, la que vislumbra nuevos horizontes. Agradezco a Elier su espacio de “diálogos”, que su tesón, su militancia y su nobleza han convertido en horno del saber comprometido. Este libro es testimonio de mis palabras.

 

 

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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