“YO QUISIERA MERECER ESE EPITAFIO”


por Francisco López Sacha


Palabras del escritor Francisco López Sacha en la ceremonia de despedida a Roberto Fernández Retamar, 27 de julio de 2019 en áreas del Malecón habanero, frente a la Casa de las Américas.

Estimados amigos y amigas:

Quizás la cercanía de esta pérdida nos impida ver en profundidad la enormidad y estatura de Roberto Fernández Retamar, lo que ha perdido toda nuestra cultura, la gran familia del espíritu en este continente, su familia toda y sus amigos, las letras hispanoamericanas, las letras hispánicas y la cultura latinoamericana que él conoció y defendió como nadie.

Desde muy joven, desde que publicara en 1950 Elegía como un himno, Roberto Fernández Retamar estaba innovando ya la poesía de este continente. Y no solo la poesía.  Estaba reclamando un espacio histórico para la figura de Rubén Martínez Villena y para la continuidad extraordinaria con los héroes que habían fundado el movimiento revolucionario de la década del 30 y en los cuales también él se vería, puesto que, desde muy joven, en la lucha contra la dictadura de Batista, Roberto Fernández Retamar formó parte del Movimiento de Resistencia Cívica. Y no solo formó parte de él, sino que arriesgó su vida por las ideas, por la poesía, por todo lo que creó en esos años cuando estuvo muy cerca de las grandes academias en los Estados Unidos y cuando vivió en París y siguió los cursos de Martinet y regresó con uno de los grandes libros del idioma que es Idea de la estilística.

Retamar ya era grande en ese instante y pudo dejar ese espacio porque tenía un deber que cumplir con la Revolución cubana, de la cual fue Consejero Cultural en París de 1960 a 1965 y más tarde Secretario Ejecutivo de la UNEAC al lado de Nicolás Guillén.

Con Vuelta de la antigua esperanza, el libro que de todas maneras cambió la lírica cubana, dejó el poema El otro, que es el reclamo que él mismo hiciera para su propia vida y el reclamo que continuó en el desarrollo de su extraordinaria participación en el movimiento intelectual y político cubano de los primeros años de la Revolución.

En el año 1965 se hizo cargo de la Revista Casa de las Américas y la convirtió en la primera revista del idioma, en una de las grandes revistas que todavía existe y que lleva su impronta, su sello y su personalidad.

Así mismo, participó junto con Julio García Espinosa en la guerra de Viet Nam y escribió el Cuaderno paralelo, y estuvo bajo los bombardeos cuando García Espinosa filmara Tercer Mundo, tercera Guerra mundial.  Ya entonces había publicado uno de los grandes ensayos, Ensayo de otro mundo, una mirada nueva sobre José Martí, de quien fuera un conocer absoluto y un hombre que viviera bajo la ética de su pensamiento preclaro.

No hay duda de que Roberto Fernández Retamar con el Caliban alcanzó una cota de elevada estatura en la ensayística continental. Caliban demostró nuestra condición de latinoamericanos y probó, basándose en el famoso estudio de La tempestad, de Shakespeare, que éramos, exactamente, lo que los pueblos europeos nos habían preterido y que, sin embargo, teníamos una personalidad, un mundo, un espíritu y una identidad que nadie nos podía robar.

Retamar más tarde inició los estudios filológicos para nuestra cultura con ese libro extraordinario que se llama Teoría para una literatura hispanoamericana, donde demostró que los ejemplos de la literatura en sí son los que se toman en cuenta para formular una teoría. Bajo ese principio, rechazó el mundo eurocéntrico y se concentró en la relación entre el idioma, la realidad y el mundo hispanoamericano que ya tenía obras maestras, modelos y paradigmas a seguir en el campo literario.

Retamar se hizo cargo de la Casa de las Américas, fundó el Centro de Estudios Martianos y al mismo tiempo fue miembro activo de Consejo de Estado de la República de Cuba, de modo que fue también un gran político.

No podemos olvidar su cercanía con la poesía y la literatura de los jóvenes; la cercanía extraordinaria que tuvo con Haydee Santamaría; y el rasgo esencial que lo distinguió que fue la defensa de todos los principios fundamentales de la literatura cubana contemporánea y de la literatura que nuestro continente estaba produciendo, y no solo la literatura, la plástica, la música y el cine; todas las obras que pudo realizar;  todos los premios que recibió de los cuales se sentía modestamente merecedor y que le llevaron a la cúspide del idioma como pensador , poeta, humanista y escritor.

Nos dejó un testimonio muy grande en uno de los poemas que cita la propia Casa de las Américas:

“Sería bueno merecer este epitafio”

Puso a disposición de los hombres lo que tenía de inteligencia

(Poco o mucho, pues no es de eso de lo que se trata),

Y quedan por ahí algunos papeles y algunas ideas y algunos amigos

(Y quizás hasta algunos alumnos, aunque esto es más dudoso)

Que podrán dar fe de ello.

Les entregó lo que tenía de coraje

(Poco o mucho, pues tampoco es de eso de lo que se trata).

No faltará algo o alguien

Que pueda verificarlo.

Se sabe que deploró de veras no haber estado la madrugada de aquel 26 entre los atacantes al cuartel,

No haber venido en aquel yate,

No haberse alzado en la montaña.

No haber sido, en fin, de los elegidos.

Pero, como se ve

(Espero que el epitafio pueda llevar esta oración sin forzar la realidad),

Hizo su parte, llegado el momento.

Se sabe también que lamentó no haber escrito

“Nuestra América”, Trilce, El 18 Brumario

(¿Para qué hablar del Capital?)

Aunque tú, lector, recuerdas

Probablemente

(Sobre este adverbio no debe insistirse mucho)

Aquella página.

Se equivocó más de una vez, y quiso sinceramente hacerlo mejor.

Acertó, y vio que acertar tampoco era gran cosa.

De todas maneras, llegado al final, declaró que volvería a empezar si lo dejaran.

De él en vida se dijo bien y mal, y con los años, ésos en los que

Todo se va borrando y confundiendo,

No faltará quien lo mencione de modo que lo hubiera complacido,

Mezclando su nombre con otros nombres, bajo el epígrafe revolución.

Mi amigo Yoel Mesa le robó uno de sus versos: Yo quisiera merecer este epitafio, cuando vio un papalote deshilachado sobre el tendido eléctrico. Y escribió: Murió por traer el cielo. Ese epitafio, Roberto, lo mereces, para todos nosotros y para siempre. Muchas gracias.


Fuente: Casa de las Américas

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Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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