Salvar la especie humana, salvar la vida en la Tierra

 

Yusuam Palacios Ortega

En circunstancias tan aterradoras como las que marcan hoy la existencia de la vida en la Tierra, lo más reciente son los incendios en la selva amazónica, es muy cuestionable la permanencia de la condición humana del homo sapiens-sapiens. Una profunda crisis nos cerca, la de la metalización del hombre; que lo reduce a materia orgánica enclaustrada en un abismo espiritual del que sólo se sale con educación y cultura. Pareciera un sin sentido creer que; porque respiramos, comemos, late el corazón y el cerebro no ha muerto; está garantizada la condición humana; entonces cabría volverse a preguntar: ¿en qué nos diferenciamos del resto de los animales?, ¿qué distingue la evolución de nuestra especie?, ¿será que el llamado hombre pensante puede involucionar y convertirse en algo incierto, dudoso, precario…?

Profunda crisis en el orden humanístico, dada, entre otras razones, por la lógica de un sistema de dominación mundial, que bajo el imperio de las más novedosas tecnologías de la información y las comunicaciones, sucumbe a millones de personas en el más terrible de los pantanos: el de la ignorancia inducida o congénita socialmente que, como el síndrome dela historia del flautista de Hamelin, arrastra por las tinieblas a los seres humanos. Y se pierde el ser pensante, reflexivo,crítico; fenece el sentimiento de amor que estimula la glándula del pensamiento y caen como gotas de agua sostenidas los valores humanos. De tal dimensión es la crisis humanística, lo cual hace que nos cuestionemos si verdaderamente evolucionamos en el orden espiritual.

Hay que ir a las honduras de la lógica del capitalismo, el hombre es una mercancía y hay que despojarlo de su naturaleza humana, de sus ideas, valores, cultura; convertirlos en cosas materiales que se compran y se venden, se vuelven manipulables y como dormidos letalmente o bajo los efectos de una suerte de hipnotización, son conducidos a modos o estilos de vida cegados por lo banal, superficial y frívolo, comportamientos y hasta deseos, que al dominador le conviene para mantener su superioridady extraerle así al dominado su contenido espiritual, subjetivo; su conciencia. El dominado se desarma y cae a los pies del sistema, se deja explotar o se revela ante éste.

Es una forma de dominación cuyas cadenas y grilletes destruyen al hombre, no en su físico natural, (no es la intención), aunque no es descartable que ocurra, sino en la capacidad de articular sus sentimientos, su pensar y actuar como elementos integrantes de un todo armónico del que se configura el ser humano. La manipulación de las mentes no es asunto de ficción, no es algo en abstracto cuya existencia se halle en la psiquis humana. Es un real método para subyugar al hombre, y así someterlo a las exigencias del sistema, del cual es un prisionero, muchas veces sin oportunidad de escape. De ahí el panorama aterrador que vemos a diario: caravanas de poseídos por el capitalismo padeciendo de ignorancia, impaciencia y deslumbramiento; de excesivo apego a lo fútil y trivial, del consumismo desenfrenado y engañoso.

¿Cuál es la lógica de este innombrable drama? Los ricos quieren mantener su status quo, aunque para ello se destruyan a sí mismos, ponen encima de los pobres la bota monstruosa y los exprimen como naranjas para extraerles el jugo que les servirá para engordar sus bolsillos y afianzar su poder. Los pobres mueren de inmediato o adquieren, sin haberlo pedido, una condición servil y humillante para poder vivir, al menos de la manera más simple posible; es más, para intentar sobrevivir al holocausto. Y son tomados por fuerzas dominantes, encubiertas y sutiles, como vestidas de terciopeloque esconde debajo las garras del tigre. Así es esta ofensiva colonizadora que ha encontrado tierra fértil en las personas que adolecen de cultura y educación: armas imprescindibles para hacer frente a la manipulación que en el orden cultural orquesta el dominador.

Corre la especie humana un notorio peligro y lo que pudiera salvarla, más allá de un cambio de orden económico y político internacional más sostenible y con capacidad solucionadora de los problemas más acuciantes (asunto este cada vez más irresoluto e incierto); es la asunción de una estrategia de descolonización cultural que prepondere valores humanos como la solidaridad, el desinterés, el altruismo, la justicia; que nos haga mejores personas, que no dudemos en hacer el bien, actuemos movidos por el amor y alberguemos vocación de servicio. No ser egoístas como principio puesto que, en caso de serlo, dejaríamos de ser patriotas. Se insensibiliza la humanidad, los hombres se matan entre sí, vivir en paz es un sueño irrealizable para millones, es el imperio de la estupidez prevaleciendo. He ahí una muestra de cuanto involucionamos, pese a los adelantos científicos, a las tecnologías de la información y las comunicaciones, al desarrollo de la vida del hombre. Todo eso existe para una minoría, la que tiene el acceso, uso y disfrute, disposición; la que está en el poder aplastando a las grandes mayorías.

Tal panorama nos obliga a salvar, en primer orden, la cultura; en su propagación está el mantenimiento de la originalidad y autoctonía de nuestros pueblos, es requisito indispensable para cuidar la libertad y evitar ser colonizados (muchos lo son tristemente) que es lo mismo que ser destruidos como culturas que somos. El desafío está planteado: la especie humana continúa, cada día con mayor fuerza, en peligro de extinción, cuanta vigencia la alerta de Fidel Castro hace ya más de dos décadas, y aún refiriéndose al llamado cambio climático, en este problema subyace la cuestión cultural y como ha sostenido Abel Prieto en relación a este tema, sin una cultura de emancipación humana, descolonizadora, liberadora; no pudiéramos entender que para salvar la especie humana hay que salvar la cultura.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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