Palabras para hoy

Por Aurelio Alonso

El jueves leí en Granma el artículo de Elier Ramírez Cañedo «Volver a Palabras a los intelectuales» y celebro su recuerdo, en el diario de mayor circulación nacional, de aquel debate memorable, en el cual, como en muchos otros momentos, remontó Fidel el escenario planteado por la coyuntura y dejó una reflexión indispensable para todos los tiempos. Sin embargo, a pesar de haber contado el autor con una página entera del diario, y dar elementos sobre la actualidad del acontecimiento, sentí que quedaron cosas por decir. Pienso que de las cosas que un historiador no puede pasar por alto.

En 2011 dediqué unas líneas al 50 aniversario de las Palabras…, a solicitud del semanario chileno Punto Final. Las busqué ahora, confieso que motivado también por el debate en Segunda cita, y prefiero volver a algo que dije entonces, que intentar hacerlo con otras palabras. Parto del hecho de que fue en aquella intervención de Fidel que quedó plasmada, en una expresión sencilla, inequívoca, una postura que devendría paradigmática. Cimentada en un principio –tal vez sin precedente en la tradición socialista– que previniera, al mismo tiempo, los riesgos de dos excesos extremos: de un lado, el de aplastar las libertades y, del otro, el de tolerarlas en contra del proyecto revolucionario en curso. No obstante, después del debate de 1961 y registrada en la memoria la fórmula de Fidel, hemos podido ver (y sufrir), en la posterioridad, cómo la interpretación burocrática sobre el alcance de las libertades era sometida a otros condicionamientos. Sabemos que solo diez años después, los términos «dentro» y «contra» fueron manipulados muchas veces en referencias arbitrarias para reprimir. El artículo de Elier despacha aquella deformación con siete palabras: «en los años 70 hubo distorsiones y errores». Una reducción incomprensible.

Recuerdo que algunas de las obras cubanas y no cubanas más significativas de aquellos años fueron proscritas y tuvo que correr agua bajo los puentes para que llegaran a manos de los lectores más jóvenes. La creación llegó a experimentar, en todas sus manifestaciones, episodios sombríos que no necesitamos inventariar aquí, vinculados con frecuencia a otras formas de discriminación. La ingeniería de lo que Ambrosio Fornet bautizó como «quinquenio gris» no se implementó contra las Palabras a los intelectuales sino, paradójicamente, a partir de una interpretación distorsionada incompatible con el sentido original de las mismas. En 1996, recordaba Armando Hart que su actuación fundacional en el Ministerio de Cultura, veinte años antes, se orientaba a «aplicar los principios enunciados por Fidel en Palabras a los intelectuales y para desterrar radicalmente las debilidades y los errores que habían surgido en la instrumentación de esa política».

La experiencia del marxismo soviético está cargada de ejemplos de una hermenéutica distrófica del pensamiento revolucionario, concebida para justificar arbitrariedades políticas consumadas o a consumar. También en Cuba, durante muchos años, la crítica de posiciones soviéticas era objeto de una severa descalificación ideológica; poco importaba que fuera justa o no. Hoy esa crítica parece intrascendente, pero los censores vuelven a alzarse, una y otra vez, para obstaculizar el disenso y el debate, ahora en torno a los problemas propios de nuestro socialismo. Como si la clave de la unidad se cifrara en exclusiones. Precisamente cuando más se necesita de la mirada crítica y cuando más inteligencia hemos desarrollado para ello. Y lo más complicado es que el futuro del pensamiento no está exento –no lo estará nunca, ni aquí ni en ninguna latitud– de la recurrencia a estas deformaciones. Es la vertiente más escabrosa de la real batalla de ideas.
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UN COMBATE DE IDEAS EN EL SIGLO XIX: JOSÉ MARTÍ Y EL AUTONOMISMO.

Elier Ramírez Cañedo

 

Es imprescindible, si se quiere lograr un análisis exhaustivo del fenómeno autonomista, y de la respuesta que encontró en los seguidores irreductibles de la vía independentista, remitirse al pensamiento martiano. José Martí encarnó las posiciones más avanzadas del pensamiento democrático radical cubano de su tiempo, no por casualidad sus ideas signaron proverbialmente la lucha revolucionaria y progresista de Cuba y del resto de los países latinoamericanos durante muchos años. En la actualidad, su pensamiento es aún estandarte de lid.

 

Martí tuvo una total comprensión de la necesidad del debate de ideas como vía para que el proyecto revolucionario y los lineamientos generales del modelo de república al que aspiraba, y consideraba viable y necesario en nuestras condiciones históricas, pudieran ser concientizados por las masas humildes que, a su juicio, debían dirigir la revolución. Sabía que a la práctica revolucionaria debía anteceder una enconada lucha de pensamiento, como antesala indispensable para la reorganización política e ideológica y militar de las fuerzas revolucionarias. Asimismo, entendía necesario ganar el sentimiento patriótico, y a la vez, la conciencia de los más amplios sectores de la población. Era también de importancia ir anulando las dudas sobre la posibilidad de la victoria militar, a pesar del fatídico recuerdo de los fracasos anteriores. A su vez, se hacía vital la unidad de las distintas tendencias dentro del movimiento patriótico y en fin, que se generalizara el convencimiento de la capacidad de los cubanos para el gobierno propio. Por tales motivos, en su ardua labor organizativa de la nueva acometida mambisa, Martí dedicó una significativa parte de su tiempo, para referirse al autonomismo, trasmitiendo en sus discursos, escritos y cartas: análisis, valoraciones y críticas profundas respecto a esta corriente política. Se percataba de que el autonomismo podría convertirse en un poderoso dique de contención frente al ideal independentista. A sus preocupaciones se le añadía, su acertada valoración de lo ponzoñoso que resultaba para la causa revolucionaria, que  los autonomistas gozaran de la ventajosa posición de desplegar su labor propagandística al interior de la Isla, mientras que su radio de acción quedaba restringido fundamentalmente a la emigración cubana. Conocía muy bien que las figuras más egregias del autonomismo: Rafael Montoro, Eliseo Giberga, Antonio Govín, Rafael Fernández de Castro, etc, eran prestigiosos intelectuales y que, sus excelsas aptitudes para hacer vibrar las sensibilidades de los cubanos desde los púlpitos, podía devenir en la suma de simpatías a su bandera política en desmedro de la causa redentora. Ante tal situación, Martí justipreciaba que los autonomistas resultaban mucho más perniciosos que los anexionistas y los propios integristas. Hacia esta corriente política quedó entonces enfocada la mayor parte de su artillería ideológica.

 

El 21 de abril de 1879, encontrándose Martí en la Isla conspirando por un nuevo estallido revolucionario, fue invitado a un banquete que el Partido Liberal le ofreció en los altos del Louvre al periodista Adolfo Márquez Sterling, director del periódico La Libertad. El “Sinsonte del Liceo de Guanabacoa”, como le llamaban por su elocuencia, tuvo allí la posibilidad de mostrar su inmensa valentía política y sus excelentes dotes como orador dentro de la misma patulea autonomista:

 

“…por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana. Pero si, entrando por senda tortuosa, nos planteamos con todos sus elementos el problema no llegando por lo tanto a soluciones inmediatas definidas y concretas; si olvidamos como perdidos o deshechos, elementos potentes y encendidos; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa por los labios; si hemos de ser más que voces de la patria disfraces de nosotros mismos; si con ligeras caricias en la melena, como el domador desconfiado, se pretende aquietar y burlar al noble león ansioso, entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana”.[1]

 

Después de electrizado el auditorio ante las hermosas palabras de Martí, estallaron los aplausos, que fueron una transacción entre la cortesía y la disciplina del partido. José María Gálvez, presidente de la organización autonómica, inmediatamente pasó un recado discreto a Montoro, y este se levantó a contestar. Se produjo entonces el duelo entre dos de las mentes más ilustradas de la época, pródigos en el arte de la palabra. El ideólogo del partido defendió entonces las proyecciones de la organización en la que con orgullo militaba, y a partir de este momento, los campos quedaron dramáticamente escindidos.[2]

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¿Es posible unir lo mejor del capitalismo y el socialismo? Responde Enrique Ubieta

El intelectual cubano, Enrique Ubieta, concedió una entrevista a Cubadebate en ela sede del portal Cubasí. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.

El intelectual cubano, Enrique Ubieta, concedió una entrevista a Cubadebate en la sede del portal Cubasí. Foto: Annaly Sánchez/ Cubasí/ Cubadebate.

Cuando el mundo era bipolar, alguien dijo lo que suena a obviedad: “juntemos lo mejor del capitalismo y el socialismo en un solo sistema“. Si cada uno tiene sus defectos y virtudes por qué no desechar lo inútil. La idea es atractiva, sería algo así como la sociedad idílica. Pero qué impide realizarla ¿Por qué se sigue hablando de capitalismo y socialismo? Detrás de aquella obviedad habita otra: no puedes sacar lo mejor del capitalismo como si se tratara de una fruta que se dañó al caer del árbol. Las virtudes de ese sistema se sustentan en sus defectos.

Al parecer la idea no era lo que prometía y continúan las mismas opciones: o mantienes el modo de vida que daña cada rincón de este planeta o buscas una alternativa que solucione los problemas desde la raíz.

En la política, como en la vida, estar en el centro resulta complicado. Sin embargo, existe el funambulismo.

Cubadebate conversó sobre el Centrismo Político con el intelectual cubano, Enrique Ubieta, quien a preguntas sencillas respondió con disertaciones sobre la historia, vigencia y posible aplicación en Cuba de la llamada Tercera Vía.

–¿Es posible que el centrismo represente lo mejor del capitalismo y el socialismo?

–El capitalismo no es una suma de aspectos negativos y positivos, de elementos que pueden ser rescatados o desechados: es un sistema, que en algún momento fue revolucionario y hoy no lo es. Lo engloba y lo encadena todo: la alta tecnología, la más sofisticada riqueza y la miseria más absoluta. Los elementos que contribuyen a una mayor efectividad en la producción son los mismos que enajenan el trabajo humano. Los que generan riqueza para unos pocos, producen pobreza para las mayorías, a nivel nacional e internacional. Me parece una falacia establecer semejante meta: no existe “lo mejor del capitalismo”, como si este pudiera ser depurado, como si un capitalismo bueno fuese factible. Hay versiones muy malas, como el neoliberalismo o el fascismo, pero no conozco ninguna buena. El capitalismo siempre es salvaje.

Por otra parte, el socialismo, a diferencia del capitalismo, no es una totalidad orgánica, una realidad ya construida, sino un camino que no deja atrás de golpe al sistema que intenta superar. Probamos por aquí y por allá, adoptamos nuevas formas, avanzamos y retrocedemos, eliminamos lo que no resulta, rectificamos los errores una y otra vez; un camino hacia otro mundo, en medio de la selva, porque el capitalismo es el sistema hegemónico. Lo que lo caracteriza es su intención confesa, consciente, de superar al capitalismo.

¿Existe un centro? ¿Sobre qué bases se establece? En el sistema electoral capitalista supuestamente existe una izquierda y una derecha, pero esa izquierda, cuya matriz ideológica es la socialdemocracia, que en sus orígenes era marxista y pretendía reformar el capitalismo hasta hacerlo gradualmente desaparecer, hoy es funcional al sistema, y ha renegado del marxismo, y se diferencia de los partidos conservadores en sus políticas sociales y en su comprensión desprejuiciada de la diversidad. La fórmula centrista funciona al interior del sistema capitalista como un recurso electorero. El elector –que se maneja como un cliente porque las elecciones funcionan como si fueran un mercado– está harto de que los partidos de derecha y de izquierda se alternen y apliquen políticas similares, y el sistema construye entonces una falsa tercera vía. Seguir leyendo

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Volver a Palabras a los intelectuales

El paso del tiempo obliga a nuevas lecturas de Palabras a los intelectuales. No son pocos los representantes de las nuevas hornadas de jóvenes que desconocen la trascendencia de aquellos intercambios sostenidos los días 16, 23 y 30 de junio de 1961, en la Biblioteca Nacional, entre la dirección de la Revolución Cubana, en especial su líder histórico Fidel Castro y un grupo de escritores, artistas e intelectuales. Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada, es la frase a la que se recurre en muchos casos como único referente de las memorables Palabras…

En aquellas reuniones que marcarían el destino de la política cultural de la Revolución, participaron entre otros destacados intelectuales: Roberto Fernández Retamar, Alfredo Guevara, Graziella Pogolotti, Isabel Monal, Lisandro Otero, Pablo Armando Fernández, Lezama Lima y Virgilio Piñera. El más joven era Miguel Barnet, actual presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), con apenas 21 años. El detonante de la reunión fue la prohibición del documental PM (Pasado Meridiano) por la dirección del Icaic, pero en realidad la cuestión lo trascendía. El audiovisual que reflejaba en 14 minutos lo que ocurría en algunos bares de la noche habanera sirvió de pretexto para acelerar un acontecimiento que ya estaba en la mente del líder de la Revolución, pero que las difíciles circunstancias históricas que se vivían habían ido postergando. Asimismo Fidel –con apenas 34 años– aprovecharía esos intercambios para exponer su visión de lo que debía ser la cultura y su papel en la sociedad, ideas que venía madurando desde antes del triunfo revolucionario.

El fantasma del «realismo socialista» provocaba temores en algunos círculos intelectuales y, al mismo tiempo, la dirección de la Revolución, enfrascada en un proceso de unidad entre las tres fuerzas principales que habían luchado contra la dictadura de Batista, necesitaba extender también ese proceso al terreno de los escritores y artistas cubanos, donde existían no pocos conflictos y divisiones. El intercambio daría su primer fruto con la creación de la Uneac en agosto del propio año, al celebrarse su primer congreso.

Por supuesto, el alcance de las Palabras… de Fidel hay que verlo también en el contexto en que fueron pronunciadas. El pueblo cubano había prácticamente acabado de derrotar una invasión mercenaria y aún permanecía movilizado. El presidente John. F. Kennedy, después de sufrir el mayor fiasco de toda su carrera política, solo pensaba en la posibilidad del desquite. En noviembre de ese año firmaría la Operación Mangosta, el plan de guerra encubierta más grande orquestado por Washington contra país alguno, que debía culminar con la intervención directa en la Isla de las Fuerzas Armadas de los EE.UU. Existían bandas armadas en distintas zonas montañosas del país y los planes de atentados contra la vida de los dirigentes de la Revolución seguían su curso. La lucha interna de clases en Cuba estaba en pleno apogeo y la agresión sicológica hacía sus estragos, en especial a través de la llamada operación Peter Pan.1 Es en medio de ese contexto de hostilidad abierta y encubierta contra Cuba, que el líder de la Revolución dedica una buena parte de su tiempo a los problemas de la cultura. Durante tres días, escucha pacientemente las preocupaciones y reclamos de los escritores y artistas, hasta que finalmente el día 30 pronuncia las históricas palabras.

Estos intercambios ocurridos hace 56 años en la Biblioteca Nacional demuestran cómo la cultura estuvo desde los propios inicios en el corazón mismo del proyecto revolucionario cubano. La Revolución, para poder sobrevivir y avanzar tenía que ser por sobre todas las cosas un hecho cultural. No se trataba solo de la toma del poder político, sino de la creación de una cultura diferente y superior a la del capitalismo, de un nuevo sujeto para el cambio revolucionario. No en balde la nueva institucionalidad de la cultura había comenzado a crearse desde 1959. El país se encontraba además inmerso en la Campaña de Alfabetización, «la verdadera invasión del año 61», como le escuché decir en una ocasión a ese paradigma del pensamiento revolucionario que es Fernando Martínez Heredia. Esa acelerada revolución cultural es la que explica en gran medida por qué en Cuba –un país donde el anticomunismo se había inoculado hasta el cansancio–, se pudo declarar en tan corto tiempo el carácter socialista de la Revolución, y que, cuando los milicianos fueron a las arenas de Playa Larga y Playa Girón, lo hicieron no solo con el objetivo de enfrentarse a una invasión mercenaria, sino dispuestos a morir en la defensa del socialismo.

Cuando se conoce y analiza esta historia es fácil entender la famosa frase de Fidel en los más difíciles años del periodo especial, cuando dijo que lo primero que había que salvar era la cultura. Y es que en la cultura –entendida en su visión antropológica– ha estado siempre la respuesta de los mayores éxitos de la Revolución Cubana.

Fidel despeja inmediatamente en sus Palabras… cualquier duda que pudiera existir sobre una posible variante en Cuba del «realismo socialista»: «Permítanme decirles, en primer lugar, que la Revolución defiende la libertad; que la Revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades; que la Revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación de algunos es que la Revolución va a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene razón de ser».2 Más adelante expresa: «La Revolución no puede pretender asfixiar el arte o la cultura cuando una de las metas y uno de los propósitos fundamentales de la Revolución es desarrollar el arte y la cultura, precisamente para que el arte y la cultura lleguen a ser un patrimonio real del pueblo».3 Seguir leyendo

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De aquellas Trece Colonias a hoy

Luis Toledo Sande

 

Cuando el 4 de julio de 1776 se firmó su Declaración de Independencia,las que habían sido Trece Colonias británicas merecieron admiración y suscitaron grandes esperanzas. Fue el primer territorio de las Américas convertido en nación soberana, libre de un dominio europeo, y nimbada con la imagen de una república nacida para consumar ideales de democracia y libertad.

Pocosaños después se da contra el colonialismo francés la Revolución de Haití, que el 1 de enero de 1804 proclamará su independencia. Fue el primer pueblo que la alcanzó en tierras latinoamericanas. Pero se le hizo pagar muy caro la osadía. Lo castigarían y siguen castigándolo hoy los representantes, beneficiarios y sirvientes del pensamiento dominante de entonces, que perdura, regido por intereses materiales y calzado por espejismos. Entre estos tenía y tiene gran peso en sí, y como virus que infecta todo el entramado social —incluidas las víctimas—, una lacra cultivada como instrumento para dominar a grupos humanos y a pueblos enteros, y que durante siglos se ha llamado racismo, aunque está demostrado que en la humanidad no existen razas.

Tal pensamiento no podía dejar impune el desacato que para los poderes hegemónicos representaba el ejemplo de un pueblo que, formado primordialmente por esclavos “negros”, se permitió desafiar a la Francia esclavista. Allíla burguesía, como en la generalidad del planeta, capitalizó para sí las aspiraciones de Libertad, Igualdad y Fraternidad con que la emblemática Revolución Francesa de 1789 se había hecho admirar en el conjunto humano.

A la república instaurada en una parte de la América del Norte, y cuya Declaración de independencia postulaba que todos los seres humanos habían sido creados iguales, la prestigiabala aureola de sí misma propalada por una nación que se formó a partir del núcleo de ingleses llegados a esa comarca para zafarse de la dominación monárquica en su nación de origen. El prestigio de esa nación —llegado a la actualidad por muchos caminos: entre ellos la canción Now!, que idealiza a sus fundadores y dio lugar al memorable documental cubano homónimo— lo propala una poderosa maquinaria cultural, que edulcora lo hecho por las armas, la dominación y el saqueo.

La fuerza dominante en las Trece Colonias, aquellos colonos que procedían de Inglaterra, y sus descendientes, arremetieron contra los pobladores originarios del territorio. A los sobrevivientes los confinaron en reservas equivalentes al apartheid que el propio colonialismo británico impuso en Sudáfrica. Simultáneamente explotaron la mano de obra esclava, “negra”, trasladada de África a tierras americanas con los criminales manejos de la trata.

Si todos los colonialismos y modos de esclavitud son odiosos, el británico sobresalió entre ellos por la tenacidad con que segregó a los seres humanos que consideraba inferiores. A los arrancados de Áfricay a los descendientes de estos en todo el ámbito dominado por él los discriminó no solo hasta el punto de mantenerlos esclavizados después de firmarse la independencia nacional. También, marginación mediante, se las arregló para privarlos masivamente del pensamiento que pudo haberlos estimulado a considerarse a sí mismoscomo lo que son: hijos de países —incluyendo los Estados Unidos— que, al igual que todos sus otros pobladores,tenían y tienen derecho a transformar.

En tal práctica —asociable asimismo al modo como en general se ha tratado a los inmigrantes— se halla uno de los más perversos recursos de dominación empleados particularmente en los Estados Unidos antes y después de constituirsecomo nación. Ese país representóy privilegió el triunfo de la avanzada británica trasladada a la América del Norte, y, si de poderío e influencia se trata, no tardó en desplazar a la madre putativa de la cual procedían. Ello explica las relaciones de complicidad, paternalismo y supeditación apreciables entre la vieja metrópoli y la nuevasurgida de sus Trece Colonias, y esa realidad se tornó ostensible en el siglo XX, no solo con la OTAN.

El afán de conquista mantenido por las fuerzas sociales que formaron para sí la nueva nación, no terminaría en su territorio. Al bautizarseEstados Unidos de América mostraran —lo han señalado distintos autores— su voluntad de apoderarse de todo el continente. No poco han logrado si, incluso,se tiene en cuenta la inercia o desprevención —no se mencione, de momento, la complicidad lacayuna, que sería ingenuo descartar— con que también en otras lenguas, como el español,y hasta por parte de antimperialistas conscientes, se acepta de hecho, si no que los Estados Unidos son América, como se autodenominan en inglés, sí que a sus naturales les corresponde la primacía, cuando no el derecho absoluto, en el uso del gentilicio los americanos. A falta de un nombre propiamente nacional, les corresponde el derivado de su estructura política, estadounidenses, ni siquiera —de manera exclusiva— norteamericanos, que pertenece por igual a México y a Canadá.
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La proyección del poder simbólico de los Estados Unidos

 

Por: Mcs Carlos del Porto

 

Se acercan guerras jamás vistas por la humanidad; no precisamente por ser militares, sino por ser culturales, lo cual las hace mucho peores.

Gianni Vattimo, 11 de septiembre de 2001, mientras presenciaba por televisión las imágenes de los aviones impactando las Torres Gemelas.

 

 

El escritor estadounidense Norman Mailer hizo un diagnóstico muy interesante de su país en la obra Armies of the Night, al decir: “La enfermedad política más seria de los Estados Unidos es ser una nación que se cree superior”. Sin embargo, la clave del problema está en que a partir de esa valoración se trata de imponer cánones al resto de los países del mundo, pero uno se podría preguntar ¿qué imperio no lo ha hecho antes?

Con la llegada de los emigrantes británicos a la costa este de Norteamérica en el siglo XVII, arribó también el sentimiento de excepcionalidad de ese grupo humano. Súmesele a esto que se encontraron con un territorio vasto que no fue tan codiciado por las otras potencias de la época. Estas condiciones facilitaron que se desarrollara ese sentimiento. Los Padres Fundadores al constituir la nueva república, y posteriormente sus primeros presidentes, potenciaron esa idea como forma de garantizar la futura expansión y conformación del país. El investigador cubano Jorge Hernández lo ilustra de la siguiente forma [1]: “Los componentes que ensamblan como piedra angular del “americanismo” incluyen principios, valores, definiciones, que desde el proceso de formación de la nación se expresan en el pensamiento de los padres fundadores y en los documentos históricos que simbolizan la independencia y el surgimiento de los Estados Unidos: el rol mesiánico, la vocación expansionista, la convicción de ser un pueblo elegido, el fundamentalismo puritano, la ética protestante, el destino manifiesto, la consagración de la propiedad privada, la armonización entre los intereses individuales y el interés general, el mito sobre la igualdad de oportunidades, la certeza en el papel del mercado y la competencia como reguladores de todas las relaciones sociales, la complementación entre liberalismo y conservadurismo, el etnocentrismo y la convicción de que el Estado requería ciertos límites en su acción social”.

Una vez que los Estados Unidos llegaron a la adultez, y con ella debutaron como potencia imperial, la utilización del poder simbólico no los abandonó más y han logrado un nivel de sofisticación tal en su uso que en ocasiones ha hecho innecesario el uso del poder militar para lograr sus fines. Ese afán de superioridad necesitó un andamiaje teórico que lo justificara. El historiador estadounidense Howard Zinn lo ejemplifica de la siguiente forma [2]: “En el verano de 1845, John O´Sullivan, director de Democratic Review, usó una frase que se hizo famosa, diciendo que era ‘nuestro destino manifiesto llenar el continente otorgado por la Providencia para el libre desarrollo de nuestra cada vez más numerosa gente’”.

Un ejemplo bien conocido de la proyección del poder simbólico de los Estados Unidos se dio en 1898 cuando se produjo el hundimiento, todavía no completamente esclarecido, del acorazado Maine en la bahía de La Habana. En ese momento el magnate de la prensa neoyorkino William Randolph Hearst – ¡qué casualidad que tiene la misma nacionalidad chica que el Magnate Presidente de ese país en la actualidad!- expresó al historietista Frederic Remington, quien se encontraba laborado en La Habana para los periódicos de Hearst: “Remington. La Habana, Ruégole se quede. Proporcione ilustraciones, yo proporcionaré la guerra”. Si se quiere observar la vigencia de tal práctica, hágase el ejercicio de cambiar el nombre de la capital cubana por las de Vietnam, República Dominicana, Granada, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Ucrania, Venezuela, entre otras, y se percatará de su completa vigencia. Seguir leyendo

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Pensar o no pensar: he ahí el dilema

 

Ernesto Limia Díaz • Cuba

Hace 70 años, en el Hôtel du Parc de Mont-Pèlerin, Suiza, se reunieron 36 empresarios, economistas, historiadores, filósofos y periodistas del más alto nivel, con el objetivo de articular los esfuerzos académicos, económicos, políticos y en materia de comunicación para imponer la doctrina neoliberal. El austriaco Friedrich A. Hayek advirtió durante los intercambios que la batalla por las ideas iba a ser determinante y demorarían en ganarla, al menos, una generación. La cruzada no se limitaría al renovado antagonismo entre capitalismo y socialismo; debían cargar también contra los presupuestos de John Maynard Keynes que sustentaban el Estado de bienestar en Europa Occidental y el New Deal (Nuevo Trato) norteamericano —política desplegada por Franklin D. Roosevelt con fines electorales, que pretendió transmitir la imagen de unos Estados Unidos empeñados en la reforma de su administración interna y relaciones internacionales para hacer frente a la Gran Depresión de 1929, que puso en riesgo la supervivencia del sistema.

La Sociedad de Mont-Pèlerin, creada como resultado del encuentro, puso en claro que el neoliberalismo no era una corriente de política económica, ni se reducía a un simple programa de gobierno. Era una manera de concebir el mundo desde la preponderancia del individualismo extremo, con un marco de actuación social desregulado; una concepción ideológica que implicaba un ideal de sociedad con cánones políticos, económicos, jurídicos y educacionales enraizados en los fundamentos del liberalismo económico neoclásico que emergió en la segunda mitad del siglo XIX para enfrentar los postulados de Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx; aunque sostenían con Smith que la mano invisible del mercado constituye el mecanismo idóneo para movilizar los instintos más profundos del ser humano en pro del bien común.

Tres lustros más tarde, otro asistente a Mont-Pèlerin: Milton Friedman, con Capitalismo y libertad aportó el manual necesitado por el neoliberalismo para su implementación, sustentado en el más cínico darwinismo social:

Las libertades económicas que proporciona el mercado incluyen la libertad de morirse de hambre, para usar una frase muy querida por los enemigos del mercado. El mercado le garantiza al individuo la libertad de aprovechar al máximo los recursos que están a su disposición, siempre que no interfiera con la libertad de los demás de hacer lo mismo. Pero no garantiza que tendrá los mismos recursos que otro. Los recursos que pueda tener reflejan, en gran medida, los accidentes de nacimiento, herencia y previa buena o mala fortuna. Y no hay nada que pueda evitar que conduzcan a una gran disparidad en riquezas e ingresos. Para muchas personas, estas disparidades son moralmente repugnantes y plantean difíciles problemas éticos que no pueden explorarse aquí (Friedman, 1966: 5-6).

La ley de la selva. No importaba en qué rincón del planeta estuviese un país ni cuáles fueran sus condiciones de desarrollo histórico, económico y social; Friedman sostuvo como hecho irrefutable que la libertad solo podía alcanzarse en un capitalismo “competitivo” de orientación neoliberal, e instó a los individuos a asociar consumo y bienestar material con libertad: “…la libertad económica es un fin en sí misma” (Friedman, 1966: 22).

Capitalismo y libertad constituye un panegírico a la economía de mercado, con disfraz científico para encubrir su esencia ideológica. Friedman alegó que la competencia era la única fuerza capaz de generar el bienestar del consumidor y conminó al individualismo sobre un presupuesto engañoso: las personas conocen sus intereses mejor que un funcionario del gobierno o que cualquier otra institución. Según afirmó, el libre mercado es el único medio eficaz de organizar los recursos; abogó por desmontar toda regulación que obstaculizara la acumulación de capital, sin importar los costos sociales, e incitó a subastar cualquier activo público, en primer lugar, los correspondientes a salud, educación y seguridad social. Llamó a implementar recortes drásticos de los fondos para programas sociales y a dejar los precios —incluida la contratación de la mano de obra— a merced del mercado. En materia de comercio internacional, exhortó a eliminar las barreras establecidas por los Estados para proteger su industria y al empresariado local; en fin, la Tierra a disposición del capital financiero y de las grandes transnacionales.

Poco a poco la ideología neoliberal se abrió paso. La puesta en práctica en Chile y su extensión al resto del Cono Sur —de la mano de la Operación Cóndor que, supervisada por la CIA, desapareció a decenas de miles de militantes de izquierda en toda el área— le sirvieron de ensayo; mientras la llegada al poder de Margaret Thatcher, en 1979, y de Ronald Reagan, en 1980, acabaron por sepultar la idea del Estado de bienestar en Europa. Seguir leyendo

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