EL 10 de abril*

José Martí

Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la libertad; y va como empañada y turbia, sin el sol elocuente de la tierra redimida, ni el júbilo del campo, ni la salud del aire, allí donde los hombres, al despertar cada mañana, ponen la frente al yugo, lo mismo que los bueyes. Guáimaro libre nunca estuvo más hermosa que en los días en que iba a entrar en la gloria y en el sacrificio. Era mañana y feria de almas Guáimaro, con sus casas de lujo, de calicanto todas, y de grandes portales, que en calles rectas y anchas caían de la plaza espaciosa a la pobreza pintoresca de los suburbios, y luego el bosque en todo el rededor, y detrás, como un coro, las colinas vigilantes. Las tiendas rebosaban. La calle era cabalgata. Las familias de los héroes, anhelosas de verlos, venían adonde su heroísmo, por ponerse en la ley, iba a ser mayor. Los caballos venían trenzados, y las carretas venían enramadas. Como novias venían las esposas; y las criaturas, como cuando les hablan de lo sobrenatural. De los estribos se saltaba a los brazos. Los españoles, alegres, hacían buena venta. Era que el Oriente y las Villas y el Centro, de las almas, locales perniciosas componían espontánea el alma nacional, y entraba la revolución en la república. El jefe del Gobierno provisional de Oriente acudía al abrazo de la asamblea de representantes del Centro. El pabellón nuevo de Yara cedía, por la antiguedad y la historia, al pabellón, saneado por la muerte, de López y Aguero. Venía Céspedes, a detenerlo a la puerta de la Cámara, en el caballo que le pidió al Camaguey permiso para ir por su territorio a beber las aguas del Almendares. El que había sabido deponer, se deponía. El sable que Céspedes regaló a Agramonte, en la visita en que el Oriente quiso seguir hasta palacio con su ley, y el Centro quiso poner a la guerra las formas de la república, esperaba impaciente antes que desenvainarse mal, la carta de libertades que ha de poner por sobre su cabeza, y ha de colgar del pecho de su caballo, todo militar de honor. En los modos y en el ejercicio de la carta se enredó, y cayó tal vez, el caballo libertador; y hubo yerro acaso en ponerles pesas a las alas, en cuanto a formas y regulaciones, pero nunca en escribir en ellas la palabra de luz. Ni Cuba ni la historia olvidarán jamás que el que Ilegó a ser el primero en la guerra, comenzó siendo el primero en exigir el respeto de la ley… Estaba Guáimaro más que nunca hermosa. Era el pueblo señorial como familia en fiesta. Venían el Oriente, y el Centro, y las Villas al abrazo de los fundadores.

¿A quién salen a ver, éstos, saltando el mostrador, las casas saliéndose a los portales, las madres levantando en brazos a los hijos, un tendero español sombrero en mano, un negro canoso echándose de rodillas? Un hombre erguido y grave, trae a buen paso, alta la rienda, el caballo poderoso; manda por el imperio natural, más que por la estatura; Ileva al sol la cabeza de largos cabellos; los ojos, claros y firmes, ordenan, más que obedecen: es blanca la chamarreta, el sable de puño de oro, las polainas pulcras.

¡Y qué cortejo el que viene con Carlos Manuel de Céspedes! Francisco Vicente Aguilera, alto y tostado, y con la barba por el pecho, viene hablando, a paso de hacienda, con un anciano florido, muy blanco y canoso, con el abogado Ramón Céspedes. Van callados, del mucho amor el uno, y el otro de su seriedad natural, José María Izaguirre, que en los de Céspedes tiene sus ojos, y Eligio, el otro Izaguirre, rubio y barbado. Corte a caballo parece Francisco del Castillo, que trae a la guerra su fama y su fortuna, y en la Habana, cuando se enseñó, ganó silla de prohombre: y le conversa, con su habla de seda, José Joaquín Palma, muy mirado y celebrado, y muy arrogante en su retinto. El otro es Manuel Peña, todo brío y libertad, hecho al sol y al combate, brava alma en cuerpo nimio. Jesús Rodríguez es el otro, de más hechos que palabras, y hombre que se da, o se quita. Van y vienen, caracoleando, el ayudante Jorge Milanés, muy urbano y patricio; el gobernador Miguel Luis Aguilera, criado al campo leal, y prendado del jefe, y un mozo de ancha espalda, y mirada a la vez fogosa y tierna, que monta como quien nació para mandar, y es Fernando Figueredo. -En silencio pasan unas veces; y otras veces se oye un viva.

¿Por quién manda Céspedes que echen a vuelo las campanas, que Guáimaro se conmueva y alegre, que salga entero a recibir a una modesta comitiva? Entra Ignacio Agramonte, saliéndose del caballo, echando la mano por el aire, queriendo poner sobre las campanas la mano. El rubor le Ilena el rostro, y una angustia que tiene de cólera: “iQue se callen, que se callen las campanas!” El bigote apenas sombrea el labio belfoso: la nariz le afina el rostro puro: Ileva en los ojos su augusto sacrificio. Antonio Zambrana monta airoso, como clarín que va de silla, seguro y enfrenado; el Marqués va caído, el ardiente Salvador Cisneros, que es fuego todo bajo su marquesado, y cabalga como si Ilevara los pedazos mal compuestos; Francisco Sánchez Betancourt le trae a la patria lo que le queda aún del cuerpo pobre, y todos le preguntan, rodean y respetan. Pasa Eduardo Agramonte, bello y bueno, Ilevándose las almas.-¡Allá van, entre el polvo, los yareyes, y las crines, y las chamarretas!

Los de las Villas llegaron más al paso, como quienes venían de marchas muy forzadas, y a bala viva ganaron el camino al enemigo. Les mandaba la escolta al polaco Roloff, noble jinete, que sabe acometer, y sabe salvar, alto de frente, inquieto y franco de ojos, reñido con las esperas, e hijo fanático y errante de la libertad. Doctores y maestros y poetas y hacendados vienen con él;¡y esto fue lo singular y sublime de la guerra en Cuba: que los ricos, que en todas partes se le oponen, en Cuba la hicieron! Por el valer y por los años hacía como de cabeza Miguel Jerónimo Gutiérrez, que se trajo a pelear el juicio cauteloso, el simple corazón, la cabeza inclinada, la lánguida poesía, el lento hablar: y su hijo. Honorato Castillo venía a levantar la ley sin la que las guerras paran en abuso, o derrota, o deshonor,-y a volverse al combate, austero e impetuoso, bello por dentro, corto de figura, de alma clara y sobria. Manso, “como una dama”, en la conversación, peinadas las barbas de oro, y todo él consejo y cortesía cabalgaba Eduardo Machado, ya comentando y midiendo; y con él Antonio Lorda, en quien el obstáculo de la obesidad hacía más admirable la bravura, y la constancia era igual a la llaneza; las patillas negras se las echaba por el hombro: clavaba sus ojos claros. Arcadio García venía con ellos, natural y amistoso; y patria todo, y buena voluntad; y Antonio Alcalá, popular y querido, y cabeza en su región; y Tranquilino Valdés, de voto que pesa, hombre de arraigo y calma. Iba la cabalgata, fatigada y gloriosa: se disputaban a los valientes villareños las casas amigas: ¿no venían bajo un toldo de balas?

Tienen los pueblos, como los hombres, horas de heroica virtud, que suelen ser cuando el alma pública, en la niñez de la esperanza, cree hallar en sus héroes, sublimados con el ejemplo unánime, la fuerza y el amor que han de sacarlos de agonía; o cuando la pureza continua de un alma esencial despierta, a la hora misteriosa del deber, las raíces del alma pública. Son entonces los corazones como la flor de la maravilla de nuestras sabanas, todos sensibles y de color rico; y hay guirnaldas de almas, lo mismo que de flores. Dejan caer la pasión los pechos más mezquinos, y la porfía es por vencer en la virtud. Manos heladas, del poco uso, se dan con vehemencia: los hombres no se murmuran los méritos, ni se los picotean: miran de frente los ojos resbaladizos. Guáimaro vivió así, de casa en casa, de junta en junta, de banquete en banquete. Hoy Céspedes convidó a su mesa larga, y entre rústica y rica, con ochenta cubiertos, y manteles y vinos: y en la mirada ceremoniosa, y siempre suya, se le veía la felicidad:¡qué arranques conmovedores, de jóvenes y de viejos, y qué mezcla de pompa aprendida y de grandeza natural en los discursos! Luego el Centro invitó a Oriente y a las Villas. Y las Villas invitaron después. Y después Manuel Quesada, General del Centro entonces, la palabra entre melosa y altanera, el vestido ejemplar y de campaña, alta y calzada la estatura. No había casas con puertas, ni asambleas sin concordia, ni dudas del triunfo. La crónica no era de la que infama y empequeñece, sobre mundanidades y chismes; sino de las victorias más bellas de los héroes, que son las que alcanzan sobre sí propios. Las conversaciones de la noche eran gloriosos boletines.

Que Céspedes, convencido de la urgencia de arremeter, cedía a la traba de la Cámara. Que Agramonte y Zambrana, porque no se les tuviera la idea de la Cámara por aspiración personal, ponían, en el proyecto de constitución que la junta de representantes les encargó, lejos de su alcance por algunos años la edad de la presidencia. Que Céspedes cedía la bandera nueva que echó al mundo en Yara, para que imperase la bandera de Narciso López, con que se echó a morir con los Agueros el Camaguey. Que el estandarte de Yara y de Bayamo se conservaría en el salón de sesiones de la Cámara, y sería considerado como parte del tesoro de la República. Que aunque suene, por parte de los unos a amenaza o reticencia, los otros consentirán en que la Cámara quede con el derecho de juzgar y de deponer a los funcionarios que puede nombrar. Que la Cámara pueda nombrar al Presidente de la República.

Y mientras concertaban los jóvenes ilustres, en el proyecto del código de la guerra, las entidades reales y activas del país y sus pasiones y razones criollas, con sus recuerdos más literarios que naturales, e históricos que útiles, de la Constitución extraña y diversa, de los Estados Unidos; mientras en junta amigable componían, en el trato de su romántica juventud con lo que la prudencia ajena pudiera añadir a la suya, un código donde puede haber una forma que sobre, pero donde no hay una libertad que falte, crecía en Guáimaro, con el afecto íntimo, la cordialidad que dio aquellos días inolvidable hermosura. Era ya la cabalgata tempranera, por fatigar el caballo o por lucirlo, a la fonda del chocolate del país, con las roscas de catibía servidas entre risas, y el buen queso fresco. Era el pasear de brazo, admirándose y señalándose; y contando unos, si regatear, el mérito de los otros. Era el visitar la casa hospitalaria de Francisco Sánchez Betancourt, donde tenían estrado Amelia y Luisa o la de Manuel Quesada, con Ana y Caridad; o la de Céspedes siempre afable y ameno. Era el enseñarse en el paseo del portal a Rafael Morales, de viril etiqueta, empinado y vivaz, verboso de pensamiento, y todo acero y fulgor, como tallado en una espada; a Julio Sanguily, amigo universal, llano y feliz, oyendo más que hablando, saliéndose del grupo en cuanto le trataban de sus proezas; a Manuel Sanguily, siempre de cara al enemigo y al debate, y con la palabra, como la cabellera, de oro; a Francisco la Rua, fino y sencillo, con aquella rectitud de su alma militar que ya anunciaba en él el flagelo de los que quieren alzarse sobre la república por la fama ganada en su servicio; a Luis Ayestarán, velada por la cultura su tristeza, y bueno y silencioso, como un enamorado; a Luis Victoriano Betancourt, que veía las entrañas de las cosas, y las del hombre, con sus espejuelos de oro; a Tomás Mendoza, austero y cabeceador con chistes que eran sentencias, y autoridad que le alzaba la estatura; a Cristóbal Mendoza, con el alma en los labios chispeantes y la cabeza llena de letras y de lenguas; Domingo Guiral, más notorio por el brío con que condenó a Napoleón Arango, que por la frase social y el esmero inmaculado del vestido; a Francisco Diago, jubiloso y menudo, valiente como cien, siempre al pie de una dama; a Ramón Pérez Trujillo, disputando, negando, flagelando, arguyendo; a Federico Betancourt, de burla amiga y suave, y con los brazos siempre abiertos. Al caer la noche, cuando el entusiasmo no cabe ya en las casas, en la plaza es la cita, y una mesa la tribuna: toda es amor y fuerza la palabra; se aspira a lo mayor, y se sienten bríos para asegurarlo; la elocuencia es arenga: y en el noble tumulto, una mujer de oratoria vibrante, Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia del martirio no calientan con más viveza el alma del hombre que la de la mujer cubana. Del brazo andan las gentes, y el día entra en la noche. Así, hombro a hombro, se acercaba el día diez.

Era la casa de la Asamblea vasta y hermosa, a una esquina de la plaza del pueblo: casa de calicanto, de ancho portal de horcones y las rejas de la madera del país. Adentro, en dos hileras a los lados aguardaban, al centro del salón, los asientos de rejilla de los representantes, y de cabecera estaba la mesa presidencial, y a ambos cabos las dos sillas de la secretaría. Suele el hombre en los grandes momentos, cuando lo pone por las alturas la nobleza ajena o propia, perder, con la visión de lo porvenir, la memoria minuciosa de lo presente. Sombra es el hombre, y su palabra como espuma, y la idea es la única realidad. Aquel tesoro de pureza que busca en vano el hombre se viene a la mano, y sólo a él se ve, y todo lo del rededor se olvida, como sólo ve la luz de un rostro la mujer de repente enamorada. Sí: Céspedes presidió, ceremonioso y culto: Agramonte y Zambrana presentaron el proyecto: Zambrana, como águilas domesticadas, echaba a cernirse las imágenes grandiosas: Agramonte, con fuego y poder, ponía la majestad en el ajuste de la palabra sumisa y el pensamiento republicano; tomaba al vuelo, y recogía, cuando le parecía brida suelta, o pasión de hombre; ni idólatras quiso, ni ídolos; y tuvo la viveza que descubre el plan tortuoso del contrario, y la cordura que corrige sin ofender; tajaba, al hablar, el aire con la mano ancha. Acaso habló Machado, que era más asesor que tribuno. Y Céspedes, si hablaba, era con el acero debajo de la palabra, y mesurado y prolijo. En conjunto aprobaron el proyecto los representantes, y luego por artículos, “con ligeras enmiendas”. El golpe de la gente en las ventanas, y la muchedumbre, no muy numerosas, de los bancos del salón, más con el corazón encogido que con los vítores saludaron en la república nueva el poder de someter la ambición noble a la voluntad general y, acallar ante el veto de la patria la convicción misma, fanática o previsora, del modo de salvarla. Un tierno apego se notó a la salida, de la multitud confusa, a los jóvenes triunfantes, y había algo de regio de una parte, qué se envuelve en el armiño y desaparece, y algo por la otra del placer de la batalla.

Momentos después iba de mano en mano la despedida del general en jefe del ejército de Cuba, y jefe de su gobierno provisional. “El curso de los acontecimientos le conduce dócil de la mano ante la república local”: “La Cámara de Representantes es la única y suprema autoridad para los cubanos todos”: “El Destino le deparó ser el primero” en levantar en Yara el estandarte de la independencia: “Al Destino le place dejar terminada la misión del caudillo” de Yara y de Bayamo: “Vanguardia de los soldados de nuestra libertad” llama a los cubanos de Oriente: jura “dar mil veces la vida en el sostenimiento de la república proclamada en Guáimaro”.

El once, a la misma mesa, se sentaban, ya en Cámara, los diputados, y por la autoridad del artículo séptimo de la constitución eligieron presidente del poder ejecutivo a quien fue el primero en ejecutar, a Carlos Manuel de Céspedes; presidente de la Cámara, al que presidía la Asamblea de representantes del Centro, de que la Cámara era ensanche y hechura, a Salvador Cisneros Betancourt; y general en jefe de las fuerzas de la república al general de las del Centro, a Manuel Quesada.

Era luz plena el día 12 cuando, con aquel respeto que los sucesos y lugares extraordinarios ponen en la voz, con aquella emoción, no sujeta ni disimulada, que los actos heroicos inspiran en los que son capaces de ellos, fueron, rodeados del poder y juventud de la guerra, de almas en quienes la virtud patriótica sofocaba la emulación, tomando asiento en sus sillas poco menos que campestres los que, con sus manos novicias habían levantado a nivel del mundo un hato de almas presas. Juró Salvador Cisneros Betancourt, más alto de lo usual, y con el discurso en los ojos, la presidencia de la Cámara. De pie juró la ley de la República el presidente Carlos Manuel de Céspedes, con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino: aquellos juveniles corazones, tocados apenas del veneno del mundo, palpitaron aceleradamente. Y sobre la espada de honor que le tendieron, juró Manuel Quesada no rendirla sino en el capitolio de los libres, o en el campo de batalla, al lado de su cadáver. Afuera, en el gentío, le caían a uno las lágrimas: otro apretaba la mano a su compañero: otro oró con fervor. Apiñadas las cabezas ansiosas, las cabezas de hacendados y de abogados y de coroneles, las cabezas quemadas del campo y las rubias de la universidad, vieron salir, a la alegría del pueblo, los que de una aventura de gloria entraban en el decoro y obligación de la república, los que llevaban ya en sí aquella majestad, y como súbita estatura, que pone en los hombres la confianza de sus conciudadanos.

Un mes después, se ordenó, con veinticuatro horas de plazo para la devastación, salvar del enemigo, por el fuego, al pueblo sagrado, y darle ruinas donde esperaba fortalezas. Ni las madres lloraron, ni los hombres vacilaron, ni el flojo corazón se puso a ver cómo caían aquellos cedros y caobas. Con sus manos prendieron la corona de hogueras a la santa ciudad, y cuando cerró la noche, se reflejaba en el cielo el sacrificio. Ardía, rugía, silbaba el fuego grande y puro; en la casa de la Constitución ardía más alto y bello. Sobre la ola de las llamas, en la torre de la iglesia, colgaba la campana encendida. Al bosque se fue el pueblo, al Derrocal. Y en la tierra escondió una mano buena el acta de la Constitución¡Es necesario ir a buscarla!

Patria, 10 de abril de 1892.

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De “La influencia de la cultura norteamericana en Cuba”

 

Por Elier Ramírez Cañedo

(Palabras de presentación del libro de Jesús Arboleya, La influencia de la cultura norteamericana en Cuba, Ocean Sur, 2018)

Creo ha sido una idea feliz y oportuna que la editorial Ocean Sur haya tomado la decisión de publicar este ensayo del destacado intelectual cubano Jesús Arboleya, bajo el título La influencia de la cultura norteamericana en Cuba.

El libro, como podemos percatarnos, no es muy extenso, apenas llega a las 70 cuartillas, pero a la vez es inmenso por el tema abordado y la manera brillante en que el autor logra sistematizar su profundo conocimiento sobre el mismo, y provocar la reflexión aguda de los lectores. Esa fue mi experiencia personal desde que leí una versión inicial de este ensayo. Recuerdo que solicité permiso al autor para publicarlo de inmediato en mi blog Dialogar, dialogar. Él quedó impresionado por el nivel de aceptación y reproducción que tuvo su texto en Internet y las redes sociales.

Por supuesto, para quienes conocemos la obra de Arboleya, su prosa limpia, segura y atrayente, no podía constituir una sorpresa la amplia circulación de alguno de sus trabajos. Estamos hablando, además, de uno de los mayores expertos con el que contamos en la Isla sobre el tema de los Estados Unidos, en especial, de las relaciones bilaterales entre Washington y La Habana, así como en los estudios sobre la emigración de origen cubano en la vecina nación del norte, con numerosas obras publicadas en Cuba y el exterior.

Arboleya ha escogido ahora un tema aún insuficientemente estudiado y visibilizado en nuestra realidad, a pesar de que por sus implicaciones políticas, trasciende en importancia lo estrictamente académico. No obstante, para hacer justicia, me gustaría mencionar como referencias bibliográficas anteriores publicadas en Cuba, las siguientes: revistas Temas número 8 de octubre-diciembre de 1996 y número 10 de abril-junio de 1997 —ambas con un dossier sobre esta temática—; Huellas culturales entre Cuba y los Estados Unidos, un libro compilado por Rafael Hernández (Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2000); Norteamericanos en Cuba. Estudio Etnohistórico, de José Vega Suñol (Fundación Fernando Ortiz, 2004); Ser Cubano: identidad, nacionalidad y cultura, de Louis A Jr. Pérez, (Editorial de Ciencias Sociales, 2006); el dossier Relaciones Cuba-Estados Unidos: Influencias y confluencias culturales en los nuevos escenarios, publicado en el sitio web Cubarte el 27 de octubre de 2016 y la obra Colegios Protestantes en Cuba, de Yoana Hernández (Editorial de Ciencias Sociales, 2018).

En La influencia de la cultura norteamericana en Cuba, Arboleya aporta nuevas visiones y análisis, en un contexto en el cual se multiplica su pertinencia. Aunque el ensayo fue escrito en tiempos de Obama, cuando más se intentó potenciar los instrumentos del «poder inteligente», la seducción más que la fuerza en la política hacia Cuba —aunque en muchas ocasiones lo que prevaleció fue una simbiosis de ambas tácticas—, no deja de perder actualidad y de proyectarse en importancia hacia el futuro. A pesar de que la administración de Donald Trump no ha mostrado interés en privilegiar la influencia cultural como recurso de dominación sobre Cuba, aún pervive en sectores de la clase dominante de ese país un consenso en torno al llamado «nuevo enfoque» de Obama en la política hacia Cuba, que solo espera la oportunidad para retomar su curso. De ahí que este libro salga a la luz en un momento crucial, en el que se necesita seguir debatiendo y profundizando sobre este tema en nuestro país, para ganar en mejor preparación de cara a los posibles escenarios futuros. Un escenario que puede ser más desafiante en el terreno ideológico y cultural, pero al menos mucho más interesante y superior al estancamiento y retroceso en que hoy se encuentran las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y además el único al que permitiría más intercambio entre ambos pueblos y gobiernos.

Por eso y mucho más, el tema que aborda este libro no es para nada una cuestión del pasado o de segundo orden, ya que inevitablemente está atravesado por la confrontación histórica entre Estados Unidos y Cuba, aunque no totalmente subsumido a ella. En ese sentido, habría que tener siempre presente el pensamiento martiano a la hora de distinguir a las dos Norteamérica, la de Lincoln y la de Cutting, de la primera reconoció siempre sus valores culturales, de la segunda —a la cual llamó Roma Americana— no solo criticó los aspectos políticos que más conocemos, sino también el modo de vida norteamericano que exaltaba la violencia, la irracionalidad y el culto desmedido hacia el dinero. Como expresara Alfredo Guevara:

El problema está en no confundir la fascinación eventual de una cultura de esas características, una cultura que tiene todas las riquezas de la literatura, de las artes, etcétera, pero también de la tecnología, y de la tecnología que ha sabido aprovechar la lección de las artes y hacer cada producto bello y funcional; no confundirlo con el Estado norteamericano.

El libro hace un recorrido histórico imprescindible sobre cómo incidió la influencia estadounidense en la formación de la cultura nacional cubana, desde el siglo XIX hasta la Revolución en el poder, para luego, en su último acápite, presentarnos el análisis de los desafíos y oportunidades que, en el orden cultural, el proceso de restablecimiento de las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, anunciado el 17 de diciembre de 2014, representó para Cuba. También el autor delinea tanto las debilidades como fortalezas del pueblo cubano para, de manera crítica, enfrentarse al alud cultural proveniente de los Estados Unidos:

A favor de Cuba —destaca Arboleya— está el hecho que la cultura norteamericana no se presenta con el atractivo de lo exótico, como puede ocurrir en otros países, sino como una realidad con lo que el pueblo cubano ha tenido que convivir a lo largo de su historia y donde la «promoción de los valores estadounidenses», como recurso de la dominación, ya ha pasado por el filtro de la confrontación.

Por supuesto, esto no implica para el autor, que todo debe dejarse a la espontaneidad o actuar con ingenuidad, ante las intensiones de quienes nos adversan de utilizar lo más nocivo de la influencia cultural estadounidense como estrategia de dominación sobre Cuba, pero tampoco que la respuesta sea solo reactiva y mucho menos de aislamiento, sino de ofensiva a partir de nuestras fortalezas, ampliando el acceso a la información y el intercambio con la sociedad estadounidense, así como potenciar su análisis, mediante la investigación y el debate de lo que allí acontece. Muchas veces las intenciones del enemigo por utilizar el intercambio pueblo a pueblo con pérfidos propósitos ha terminado convirtiéndose en un bumerán, pues el atractivo y la fortaleza de la cultura cubana para asimilar lo foráneo, metabolizarlo y convertirlo en algo propio, así como el impacto de su realidad, genera tal impacto en los visitantes estadounidenses, que inmediatamente se derrumba el discurso altamente politizado y de satanización que sobre Cuba promueven los sectores más extremistas del gobierno de los Estados Unidos y de la emigración de origen cubano en ese país. No por gusto, estos sectores se aferran a eliminar los viajes y los contactos entre ambas sociedades.

El desafío mayor sigue estando para Cuba, como se ha repetido en muchas ocasiones, en la formación de un sujeto crítico capaz de discernir entre todo aquello que en términos culturales nos empobrece y enajena como seres humanos y lo que realmente nos eleva y emancipa. Al respecto señala el autor:

[…] en el proceso de liberación es necesario saber discriminar lo que realmente requiere ser erradicado y lo que constituyen aportes legítimos de la cultura norteamericana al desarrollo del país, hasta integrarse en el concepto de lo «nacional» para enriquecerlo.

Para finalizar, me gustaría detenerme, en un análisis problematizador que sugiere Arboleya y en torno al cual se hace necesario seguir reflexionando:

No basta adoptar una posición antiimperialista en términos políticos para erradicar en la conciencia de las mayorías los sedimentos ideológicos y culturales que sirvieron de sustento al sistema neocolonial cubano, máxime cuando tales presupuestos han devenido paradigma de la cultura universal, como resultado de la hegemonía alcanzada por Estados Unidos en el mundo.

Precisamente en este punto descansa uno de los mayores retos que sigue enfrentando la Revolución Cubana, como proceso que aspira a la transformación cultural más profunda del ser humano, pues el sedimento del colonialismo cultural, es mucho más sutil, se resiste a desaparecer y reproduce en las conductas y hábitos de la cotidianidad, tanto desde la institucionalidad como fuera de ella. Solo si logramos avanzar en esa difícil, pero trascendental batalla, podremos entonces afianzar más que nuestra cultura de la resistencia, nuestra cultura de la liberación.

(Tomado de Contexto Latinoamericano)

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Un libro para remover la conciencia

 

(Palabras de presentación del libro de Elier Ramírez Cañedo Obama y el “nuevo enfoque” hacia Cuba, Casa Editorial Verde Olivo, La Habana, 2017, 485 páginas, el 16 de febrero de 2019, en el marco de la Feria Internacional del Libro de La Habana)

 

Jorge Hernández Martínez*

 

Ante todo, queremos reconocer la iniciativa de la Editorial Verde Olivo, del Instituto Cubano del Libro, el Ministerio de Cultura y los organizadores de la Feria, por la presentación de esta obra, Obama y el “nuevo enfoque” hacia Cuba, así como felicitar a su autor, el joven historiador e investigador, Elier Ramírez Cañedo, y agradecer la posibilidad que nos han brindado, de decir unas palabras sobre este texto, lo cual asumimos con gran satisfacción.

Al presentar un libro, es necesario destacar al menos tres cosas. Se debe hablar del autor, de la obra y de su significación. Procuraremos hacerlo con brevedad, teniendo en cuenta que en espacios como éste, lo que más desean los asistentes es que la presentación termine, para proceder a adquirir el texto.

Conocemos al autor desde que no hace aún mucho tiempo, realizaba sus estudios universitarios en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, donde se distinguía por su liderazgo en las organizaciones juveniles, y desde cuando casi de inmediato, prosiguió su acelerado proceso de desarrollo profesional a través de sus tesis de Maestría y de Doctorado, bajo la tutela del profesor Esteban Morales, con quién luego escribiera algunas de sus primeras obras. Desde entonces mostraba sus condiciones para el quehacer intelectual, caracterizándose por su talento, dedicación, laboriosidad, rigor y compromiso revolucionario. Hoy, Elier es ya un conocido profesional en el campo de los estudios históricos, de lo cual habla la calidad y cantidad de los textos que ha aportado a la bibliografía referida a la Revolución Cubana y a las relaciones con los Estados Unidos. Su activismo intelectual en la Asociación “Hermanos Saíz” (la AHS), ha contribuido a hacer familiar su rostro, coordinando el espacio “Dialogar-Dialogar”, unido a su participación en numerosos foros académicos, culturales y políticos, en los que ha compartido ideas y resultados investigativos con importantes figuras, exponentes del pensamiento crítico latinoamericano y del quehacer revolucionario en nuestro país. Así ha sucedido en eventos tan disímiles como las mesas redondas televisivas, los congresos anuales de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), las Conferencias Internacionales por el Equilibrio del Mundo, el Foro de Sao Paulo, las Cumbres de las Américas y encuentros de solidaridad promovidos por la Red en Defensa de la Humanidad, como el realizado recientemente en Caracas, en apoyo a la Revolución Bolivariana de Venezuela. En la última etapa, no podemos omitir, desde luego, su condición de Diputado en nuestra Asamblea Nacional, ni su muy intensa labor, relacionada con la elaboración, en su  versión definitiva, de la nueva Constitución de la Patria.
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El debate: instrumento que nos prepara para ver

 

(Prólogo de Enrique Ubieta al libro Hacia una cultura del debate, espacio dialogar, dialogar de la AHS, Volumen 2, Casa Editora Abril, 2018)

 

Atender la solicitud de Elier, el amigo, el pensador que está en ninguna y en todas las páginas de este libro, el conductor noble y agudo de los debates que cada mes convoca la Asociación Hermanos Saíz, y que este libro recoge –antes apareció un primer tomo, y seguramente vendrán otros después–, de que escribiese las palabras de presentación, es una “tarea” placentera y sin embargo, a mi parecer, innecesaria. Su legítima introducción, que explica las razones y los fundamentos del libro, es suficiente como pórtigo de entrada. Los “diálogos”, todos vitales, exponen diferentes ángulos y posiciones, y no requieren de guía alguna.

La justificación a la que adscribo mis palabras, radica acaso en la necesidad de enfatizar el título mismo del libro: la importancia y el alcance del debate social que propone y promueve Elier, para desinflar los consensos que el enemigo fabrica –y que percibimos falsamente como propios– y construir los nuestros; para la creación de una mirada crítica que nos permita enfrentar la proliferación de mensajes, discursos y embustes en los medios trasnacionales, que las nuevas tecnologías, buenas para lo mejor y para lo peor, hacen circular por las venas sociales. Los jóvenes de hoy lo verán y lo leerán todo –a veces creerán que eligen, pero la elección viene ya empaquetada–, y por ello, debieran aprender a mirar y a cuestionar sus certezas. A identificar cuál es el Poder real (con sus tentáculos ideológicos y corruptores en el territorio nacional) y cuál el Contrapoder que defiende cada espacio conquistado, dónde lo Oficial Hegemónico finge ser rebelde, encandila o seduce, ofrece fama y éxito espúreos; y dónde la rebeldía de lo Antihegemónico, a veces sucia, tosca en su desnuda verdad, estrella que ilumina y mata, se manifiesta. Como señala Graciela Pogolotti en sus comentarios a Calibán, el extraordinario ensayo de Roberto Fernández Retamar:

el uso perverso de las palabras (…) lleva a cancelar criterios, opiniones, puntos de vista de muchos intelectuales de este mundo de acá y particularmente de nosotros los cubanos, con el apelativo de oficialista. Todos lo hemos aceptado, se usan aquí y allá, y desde luego oficialista es Roberto. Esa es una manera de acallar su palabra.

Pero la capacidad de discernimiento crítico no surge de manera espontánea, no es una simple suma de conocimientos. Conozco a intelectuales eruditos que son incapaces de advertir el doble filo de las palabras, la trampa en el decir a medias, el peso político de una afirmación pretendidamente aséptica.

Para franquear los barrotes de oro de ese “universo light que corroe el pensamiento, un universo de fuegos artificiales”, según la Pogolotti, es necesario el debate, ese es el instrumento que nos prepara para ver. No es un debate concebido como mero ejercicio del saber. Conscientes de la magnitud de “la guerra de pensamiento” que se nos hace (guerra de valores, de modelos y sentidos de vida, que distorsiona la naturaleza misma del conocimiento), Elier y sus convocados no planean torneos de retórica ni se proponen la caza de “verdades” abstractas: las ideas enfrentan y rebaten ideas, intentan legitimar “a pensamiento” la única verdad plausible, la que nace de la justicia y la belleza. Se trata, para decirlo de manera clara y en palabras de Fernando Martínez Heredia, de un hecho ya inocultable: en la sociedad cubana “ha venido creciendo una contraposición o vida en paralelo de factores socialistas y capitalistas, que están librando ahora una abierta guerra cultural.” A lo que el intelectual revolucionario añade: “Desde diciembre de 2014 Estados Unidos está tratando de sobredeterminar esa pugna para que triunfe un capitalismo cómplice y subordinado a él, que es el único tipo de capitalismo que podría restablecerse en Cuba.”

Los autores invitados a esos debates y a este libro no representan a una sola generación, ni son exponentes de una única tendencia de pensamiento dentro del amplio arco de la Revolución. Hay figuras mayores, como Graciela Pogolotti (1932), Fernando Martínez Heredia (1939 – 2017), Miguel Barnet (1940), o Eusebio Leal (1942) por ejemplo; y otras, no menores, como José Luis Rodríguez (1946), Ana Cairo (1949), Luis Toledo Sande (1950), Jesús Guanche (1950) o Luis Álvarez (1951); y autores nacidos en todas las décadas revolucionarias. El lector encontrará que también en este cuaderno se libran batallas, a veces muy sutiles. Pero, tal como debe ser, hay un autor invisible y último, consciente de su tarea, que es el organizador de los debates y el seleccionador de los textos.

Si repasamos esos debates –todos se entrelazan, son instantes de un gran tema universal, que ya definimos con Martínez Heredia como la puja abierta o solapada entre los “factores” socialistas y capitalistas en Cuba, o dicho de otra manera, de los pueblos opresores que pretenden que Cuba retorne a la condición de pueblo oprimido–, podríamos concordar en los siguientes agrupamientos temáticos: 1. Las ciencias sociales y su enseñanza en Cuba: “El reto de las ciencias sociales”, “Humanismo y Universidad” y “Problemas de la enseñanza y la divulgación del marxismo en Cuba”; 2. El tránsito al socialismo en Cuba: “Las herejías del Che en El socialismo y el hombre en Cuba”,  “A diez años del histórico discurso de Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana”, “¿Por qué cayó el socialismo en Europa?”, “La impronta de Alfredo Guevara” y “Volver a Palabras a los intelectuales”; 3. La memoria histórica: “La segunda victoria de Girón: la batalla por la indemnización”, “Historia y medios audiovisuales”, “Hubert Matos y la desaparición física de Camilo Cienfuegos”; 4. Identidad nacional y Revolución: “Calibán, ayer y hoy”, “Cincuenta años de Biografía de un cimarrón”, “Si de símbolos se trata”, “Cubanidad y cubanía” y “Cultura y Turismo” y 5. Las relaciones con el imperialismo estadounidense: “Cuba – Estados Unidos: intercambios académicos y culturales” y “Visión martiana de los Estados Unidos”. Pero todos los temas convergen al fin y al cabo en esa íntima relación que teje la historia de los oprimidos entre identidad y emancipación; ¿acaso esa relación no determina el sentido de textos como Palabras a los intelectuales, Calibán, El socialismo y el hombre en Cuba o Biografía de un cimarrón?, ¿acaso no establece las coordenadas del socialismo en Cuba, los contenidos y los deberes de su Universidad? Acudo nuevamente a Fernando, en uno de los textos del libro:

Con el triunfo de la idea de progreso, el cientificismo y la supuesta tarea del varón blanco europeo de “civilizar” al mundo entero se completó el campo ideológico capitalista y colonialista desde el cual se consumó el despliegue de las ciencias sociales. La supuesta “objetividad” de esas ciencias fue el logro superior del control ideológico por parte de quienes tenían las variables fundamentales en su poder. Apunto dos de sus corolarios principales: el divorcio entre la ética y los conocimientos sociales; y la creencia en que el científico social puede “flotar”, libre de la adscripción a alguna clase social y de tomar parte en sus conflictos.

Es decir, que la ciencia descolonizadora tiene que beber, como pedía Martí, de todas las fuentes, y crecer en tierra americana; tiene que tomar partido con los pobres de la tierra –los de cualquier “tierra”–, y remangarse la camisa para hundir sus brazos en el barro de lo inmediato, que es la manera en que suele aparecer lo universal. El debate conlleva la crítica, y a veces sus “defensores” no la conciben para sí; la crítica no es censura, es, debe ser, creación. Incluso los más grandes intelectuales se equivocan. Bienvenida la crítica revolucionaria, la que construye, la que vislumbra nuevos horizontes. Agradezco a Elier su espacio de “diálogos”, que su tesón, su militancia y su nobleza han convertido en horno del saber comprometido. Este libro es testimonio de mis palabras.

 

 

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Ser un hombre de Fidel

A pesar de todos los argumentos vertidos durante años de intensa lucha por la excarcelación de los Cinco, por la verdad y la justicia, creo necesaria una explicación inicial, sobre todo pensando en que todavía puede existir algún lector extranjero víctima de la manipulación mediática o con poca o ninguna información sobre quiénes eran los Cinco, cuál fue la misión que cumplieron en los Estados Unidos y por qué fueron llevados a prisión.

Portada del libro Hombre del silencio. Diario de prisión, de Ramón Labañino Salazar. Foto: Internet

El caso de Los Cinco (Antonio Guerrero, Ramón Labañino, René González, Gerardo Hernández y Fernando González), fue un caso fabricado por el gobierno norteamericano, con participación sobresaliente del FBI. Fueron acusados de espionaje y además, Gerardo Hernández, de conspiración para cometer asesinato. Sin embargo, en mayo del 2001 la propia Fiscalía solicitó que se retirara la acusación formulada contra Gerardo, reconociendo que no podía sustentarla. Por su parte, en el 2009, la Corte de Apelaciones decidió revocar las sentencias impuestas por el cargo de “conspiración para cometer espionaje”, porque 14 jueces habían determinado por unanimidad que, en este caso, no había nada que afectase la seguridad nacional de los EE. UU., ni prueba alguna de espionaje. Pero el gobierno estadounidense evitó nuevamente que se hiciera justicia y que estos acontecimientos se convirtieran en noticia.

Lo más perverso de toda esta historia es el hecho de que el gobierno norteamericano trató de vender la imagen de los Cinco como la de unos criminales que querían destruir esa nación y, al mismo tiempo, protegió a los verdaderos terroristas que actuaban en su territorio, de cuyos movimientos y planes tenían la información necesaria para ponerlos tras las rejas, poniendo en riesgo así no solo la vida de los cubanos, sino la de los propios ciudadanos estadounidenses. Lo ratifica Ramón en este libro: “Porque la lucha nuestra contra el terrorismo es contra todo tipo de terrorismo, y no solo contra el que afecta a la Isla”. De ahí que sostenemos que los Cinco —y en eso coinciden estadounidenses honestos que conocen su historia— podrían ser considerados no solo héroes de Cuba, sino de muchos países del mundo, incluyendo hasta los propios Estados Unidos. Uno de esos estadounidenses honestos fue el abogado de Ramón, William Norris, quien llegó a plantear en la Corte: “Quiero decirle a la Corte que para mí ha sido un privilegio defenderlo, porque ya quisiera Estados Unidos tener dentro de sus filas de militares a hombres como Ramón”.

El único “delito” de los Cinco consistió en haber penetrado las organizaciones que desde los EE. UU. practicaban el terrorismo contra Cuba. Terrorismo que ha costado al pueblo cubano 3 478 fallecidos y 2 099 incapacitados.

El terrorismo contra la Mayor de las Antillas también ha provocado dolor y daños materiales más allá de nuestras fronteras. Por mencionar solo algunos ejemplos: los seis marinos franceses que murieron cuando el brutal sabotaje al vapor La Coubre en marzo de 1960, los 11 guyaneses y cinco norcoreanos fallecidos cuando la voladura en pleno vuelo del avión de Cubana en Barbados, en octubre de 1976, o Fabio di Celmo, el joven turista italiano víctima de un acto terrorista contra Cuba, al explotar una bomba que ordenó poner Luis Posada Carriles en el Hotel Copacabana, en La Habana. La lista es mucho más amplia y las secuelas de dolor y sufrimiento de los seres queridos, incalculables. También, por investigaciones realizadas, se conoce que el territorio estadounidense fue el más afectado por el terrorismo de origen cubano en los años 70, como parte de lo que se denominó la “guerra por los caminos del mundo”.

Los Cinco fueron acusados de “conspiración”, cuando la verdadera conspiración vino del gobierno estadounidense para someterlos a los más crueles e inhumanos castigos. La Corte de Apelaciones de Atlanta, en agosto de 2005, había decidido anular el juicio amañado que tuvo lugar en Miami, considerándolo como una flagrante violación a los principios constitucionales de los EE. UU., pero las presiones del gobierno lograron a la larga una retractación. Parte de esta conspiración gubernamental consistió en el pago a la prensa local miamense y a otros periodistas reclutados, utilizando ilegalmente fondos del presupuesto federal, para desatar contra los cubanos toda una campaña sensacionalista, que influyera en la decisión del jurado.

Hombre del silencio. Diario de prisión, de Ramón Labañino Salazar, es un libro que estremece. Para aquellos que aún puedan pensar que los Cinco vivieron un ambiente diferenciado y fácil dentro de las cárceles de los Estados Unidos, esta obra es el mejor mentís. Como describe Ramón, sobrevivir las condiciones de las prisiones en los Estados Unidos fue una experiencia muy difícil: para nosotros era muy importante aprender a convivir, para que no se nos quedaran las mañas, y era tan importante porque nos lo habíamos propuesto firmemente, debíamos salir mejores seres humanos de lo que éramos al entrar, y eso parece que no, pero es un reto”. La convivencia con otros presos, el tráfico de drogas, la violencia, los asesinatos, el hueco, la tuberculosis y otras enfermedades infectocontagiosas, las peleas, las mafias y otros fenómenos de la prisión, son descritos por Ramón. Tal pareciera que se trata de un filme hollywoodense, pero no, es la pura realidad. En aquel contexto, que se extendió durante más de 16 años, la familia, la solidaridad, la patria y Fidel fueron para Ramón —Luis Medina era su seudónimo— los principales resortes para resistir y vencer.

Ramón hace referencia a una anécdota que impacta y emociona, y tiene que ver con lo que significó para él, dentro de aquella prisión de máxima seguridad en Beaumont, Texas, ser considerado por el resto de los reclusos un hombre de Fidel, no la adelanto al lector para que pueda disfrutarla directamente de la narración de su autor, pero sí me parece importante citar su reflexión acerca de esa experiencia: Por eso lo he dicho donde quiera y ahora lo vuelvo a repetir, cualquiera que sea el trabajo que usted realice un día, cualquiera que sea la misión que usted cumpla en la vida, el orgullo más alto que tenemos los cubanos de hoy en día es que nosotros somos y tenemos el honor de ser los hombres y mujeres de Fidel”.

Debemos agradecer hoy y siempre a Ramón el hecho de haberse decidido a ofrecer este testimonio, verdaderamente edificante. Ya contábamos con el diario de René, Escrito desde el banquillo, publicado por la Editorial Capitán San Luis, en tres tomos. Ojalá pronto también podamos disfrutar los cubanos de las memorias de Fernando, Tony y Gerardo. Cuba, en especial las nuevas generaciones, necesitan de ese capital simbólico, más cercano a su tiempo histórico. Los Cinco, sin duda, nos recuerdan todos los días que lo épico sigue formando parte de nuestra realidad. Cuando la gran epidemia de ébola en África, volvió a ponerse de manifiesto; cientos de médicos cubanos estuvieron dispuestos a partir a tierras lejanas a salvar vidas, bajo el riesgo incluso de entregar la suya. Y es que, sin duda, ese sentido de justicia, esa cultura de la resistencia y de la liberación, forma parte de nuestro tejido espiritual. En las coyunturas más aciagas, brota aún con más fuerza de las entrañas más auténticas de nuestro pueblo.

No podemos olvidar las circunstancias en que los Cinco salieron a cumplir sus honrosas misiones, en esos difíciles años 90 de período especial, cuando pocos apostaban por la sobrevivencia de la Revolución cubana ante el desplome del campo socialista, sin embargo, ellos supieron inspirarse en lo más glorioso de nuestra tradición patriótica y rebelarse una vez más contra el imposible histórico. Pero no solo salieron a cumplir honrosamente su misión, sino que en ellos no hubo la más mínima vacilación frente a las adversidades y, en las horas más inciertas, supieron crecerse como esos revolucionarios que Bertolt Brecht llamó los imprescindibles, que no son otros que los que luchan toda la vida.

Con su actitud, los Cinco escribieron una de las páginas más hermosas de dignidad y heroísmo de nuestra historia contemporánea, que nos recuerda la posición de Céspedes en el momento crucial del levantamiento del 10 de octubre de 1868; la de Maceo en la Protesta de Baraguá; la de Martí cuando no cejó en el empeño de reiniciar la lucha a pesar del dramático fracaso de la expedición de La Fernandina; la de Mella, Villena y Guiteras frente a gobiernos corrompidos y el imperialismo yanqui; la de Almeida con su grito de Aquí no se rinde nadie… en Alegría de Pío; la del Che, dispuesto a dejar sus huesos en cualquier rincón del mundo en defensa de los más nobles ideales de justicia y libertad; la de Raúl y Fidel, en el Moncada, el desembarco del Granma, la Sierra, en Girón, la Crisis de Octubre, y en muchos otros momentos de nuestra epopeya revolucionaria; así como otras muchas figuras de nuestra historia, que forjaron un espíritu de lucha en nuestro pueblo que estuvo también presente en los momentos de mayor definición de los Cinco. Como destaca Ramón: “para nuestro pueblo, rendirnos no es una opción, luchar sí”.

El libro termina con un final feliz y emocionante, el 17 de diciembre de 2014, día de San Lázaro, con el regreso definitivo a la patria de Ramón, Tony y Gerardo, sus encuentros con el General de Ejército Raúl Castro, y el Comandante en Jefe. Un jurado de millones terminó con la injusticia. Cuba y sus líderes no dejaron de luchar ni un solo instante por sus valerosos hijos. No se equivocó aquel desconocido prisionero que, en las horas más críticas del arresto, dijo a los Cinco: “Fuerte ahí, que a la patria no se le traiciona. Fidel no los va a abandonar”. Y una vez más no se equivocó el Comandante, cuando con su fe infinita en la victoria, basada en una férrea voluntad de lucha, señaló: ¡Volverán!

(Tomado de La Jiribilla)

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Multilateralismo versus unipolarismo

Desde 1959 ha sido invariable el compromiso de Cuba con el multilateralismo y la igualdad soberana de los estados, así como el rechazo a los hegemonismos, las sanciones unilaterales, la violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas. Principios que están hoy refrendados en una nueva Constitución redactada con la opinión y participación de millones de cubanos -ejercicio democrático pocas veces visto en la historia- y que será sometida a referendo popular en la Isla el próximo 24 de febrero.

Lejos de haber constituido garantía de la paz y la seguridad internacional, el injusto orden mundial actual, no ha logrado frenar los conflictos bélicos, la exorbitante carrera armamentista –incluyendo armamento nuclear- los cada vez más nocivos efectos del cambio climático, las extremas desigualdades y otros muchos flagelos que ponen en riesgo la sobrevivencia misma de la especie humana.

Se hace evidente que el gobierno de los Estados Unidos solo se ha comprometido con el multilateralismo, cuando este ha sido funcional a su aferrada unipolaridad. La clase dominante de ese país se niega a aceptar el nacimiento de un nuevo orden internacional multipolar y multicéntrico, donde prevalezca un real multilateralismo. Un mundo en el que Washington deba compartir su liderazgo con otros estados y organismos internacionales sobre la base del diálogo, la negociación y la construcción de consensos, no a través del uso o la amenaza del uso de la fuerza.

Hemos venido precisamente a este evento de parlamentarios, en los mismos instantes en que más se vulnera y desprecia el multilateralismo por el actual gobierno estadounidense.

Washington de manera sistemática ha estado aplicando contra la República Bolivariana de Venezuela y su gobierno legítimo y constitucional, una política de sanciones económicas, bloqueos financieros y comerciales, en flagrante violación del derecho internacional y de la Carta de las Naciones Unidas, con el propósito de crear asfixia económica e inestabilidad política interna en esa nación y, finalmente, el cambio de régimen. No son los derechos humanos del pueblo venezolano lo que preocupa al gobierno de los Estados Unidos, sino el control de importantes reservas de petróleo y otros recursos estratégicos de esa nación, así como afianzar su dominio en un punto geográfico que constituye unos de los epicentros fundamentales de la lucha geopolítica en el escenario internacional. Andrew McCabe, ex director interino del FBI en su nuevo libro afirma que, en 2017, el presidente Trump dijo sobre Venezuela: “Ése es el país contra el cual debíamos ir a una guerra (…) Tienen todo ese petróleo y están justo en nuestra puerta trasera”.

Guerra psicológica y mediática, intentos de magnicidio, y otros planes maquiavélicos han formado parte también de la conspiración contra la Revolución Bolivariana. El fracaso de todas esas obsesivas políticas ha llevado recientemente a Washington a la amenaza de una intervención militar directa en Venezuela, bajo el pretexto de una “crisis humanitaria” junto al reconocimiento de un autoproclamado presidente.

El futuro del multilateralismo, la seguridad internacional y paz mundial está en juego hoy en Venezuela. Hacemos un llamado a defender la paz en Venezuela y a exigir la no injerencia en sus asuntos internos. Permitir tal bofetada al derecho internacional, crearía un precedente funesto para el futuro de la región latinoamericana y caribeña, declarada como zona de paz en La Habana, en 2014, en ocasión de la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños. Aún estamos a tiempo de hacer sonar más alto los tambores de la paz frente a los tambores de la guerra. Creo que no hay asunto más urgente para los que defendemos el multilateralismo en las relaciones internacionales que salvar la paz en Venezuela.

La guerra económica que hoy se practica contra Venezuela es una historia muy bien conocida por las cubanas y los cubanos, quienes desde los años iniciales de la Revolución hemos sido víctimas de un genocida bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Washington, con el objetivo de crear hambre y desesperación en el pueblo cubano, y el derrocamiento del gobierno. Esto acompañado como es costumbre en la política exterior de los Estados Unidos, bajo la sombrilla de la defensa de los derechos humanos y la democracia. Si Estados Unidos dejara de politizar el tema de los derechos humanos en Cuba, encontraría a 90 millas de sus costas un aliado formidable para la cooperación multilateral en materia de derechos humanos en numerosos países del mundo, incluido los Estados Unidos.

Si vamos a hablar y debatir sobre los desafíos que enfrenta el multilateralismo, es casi obligado recordar que Estados Unidos ha ignorado olímpicamente el voto contra el bloqueo de casi la absoluta mayoría de los países miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas, durante ya 27 años consecutivos. De ahí que sea cada vez más necesaria una reforma profunda que democratice la ONU, que refleje mejor los intereses de los pueblos y que la Asamblea General ocupe el lugar que le corresponde. “Un país, un voto” debe dejar de ser un eslogan y convertirse en realidad conquistada.

Quisiera terminar mi intervención recordando las siguientes palabras de Fidel que reafirman su pensamiento y compromiso con un mundo regido por los principios del multilateralismo y que hoy continúa siendo uno de los fundamentos de la política exterior de Cuba:

“Queremos un mundo sin hegemonismos, sin armas nucleares, sin intervencionismos, sin racismo, sin odios nacionales ni religiosos, sin ultrajes a la soberanía de ningún país, con respeto a la independencia y a la libre determinación de los pueblos, sin modelos universales que no consideran para nada las tradiciones y la cultura de todos los componentes de la humanidad, sin crueles bloqueos que matan hombres, mujeres y niños, jóvenes y ancianos, como bombas atómicas silenciosas.”

(Tomado de Cubadebate)

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En nuestra Constitución está Martí

Por Alina Martínez

Este 24 de febrero, aniversario del estallido de la Guerra Necesaria organizada por Martí, los cubanos estamos convocados para un Referendo que ratificará una nueva Constitución socialista, donde está presente de varias maneras el pensamiento del Apóstol.

Pedro Pablo Rodríguez, doctor en ciencias histórica del Centro de Estudios Martianos.

Así lo asegura el Doctor en Ciencias Históricas Pedro Pablo Rodríguez, Investigador Titular del Centro de Estudios Martianos, donde es director general de la edición crítica de las Obras Completas de José Martí.

Toda Constitución, explica, obedece a una época y hay una tradición en los revolucionarios cubanos, desde Guáimaro, de que las constituciones traten de adecuarse al momento histórico y abran un camino hacia el futuro, dentro de los principios generales que rigen los movimientos revolucionarios en cada coyuntura.

Eso estaba en el centro del espíritu de Martí. No copió ni repitió en su labor como líder político todo lo que habían pensado y hecho los luchadores del 68, ni siquiera los de la Guerra Chiquita en la que estuvo involucrado. Quizás su gran lección es que las formas organizativas de una sociedad tienen que adecuarse a las condiciones concretas del país, a su identidad cultural, porque de lo contrario se estaría actuando en contra de sus propias raíces.

Si algo ha caracterizado la ideología de la Revolución cubana es precisamente su capacidad de preservar sus raíces nacionales, y de no perder la influencia decisiva del ideario de Martí.

Cuando el Apóstol hablaba de cómo organizar a Cuba, por lo general estaba aportando conceptos éticos, principios morales que están recogidos en la Ley de leyes por la cual vamos a votar.

Es bueno subrayar que el sentido democrático de la Constitución no está solo en su letra, sino en la manera en que se ha procedido para llegar a su formulación definitiva. La Comisión encargada de redactar el texto llevó al Parlamento un proyecto que suscitó un gran debate por parte de los diputados, y después se realizó una amplia consulta popular en la que se recogieron múltiples opiniones que transformaron en un poco más de la mitad el articulado.

Creo que así está representada la voluntad, el deseo y sobre todo las aspiraciones de la inmensa mayoría del pueblo, y en ello también está el espíritu martiano.

Un elemento bien fijado en la Carta Magna que llevaremos a Referendo es el respeto a la individualidad, algo que en ocasiones ha sido tergiversado y quizás no suficientemente contemplado en las ideas sobre la sociedad socialista. Reconocer que cada persona es un ente propio, que comparte cosas con los demás, pero a su vez es un individuo, constituye un elemento importante y creo que ahí hay también un espíritu martiano, que está presente asimismo en la amplitud que se le otorgaron en la Constitución a los derechos de todo ciudadano, de un modo que cierra el paso a cualquier tipo de discriminación.

Martí dijo, y a veces hay personas que no lo entienden y piensan que es un error suyo, que la república tenía que buscar un equilibrio entre las fuerzas sociales, lo que no quiere decir, igual que su frase famosa que se repite tanto de “con todos y para el bien de todos”, que no comprendiera que había luchas de clases, intereses encontrados. Lo que estaba tratando de hacer era ver qué factores, fuerzas, elementos sociales, de ideas, culturales, de diverso tipo, se podían emplear para lograr la independencia.

Sabía que una vez alcanzado este propósito aparecerían otros elementos a tomar en cuenta, por eso él expresó en un momento dado que “ahí vendría el señorío napolitano”, fíjese que manera elegante de calificar a algún sector propietario en Cuba, ese señorío a la antigua que no podría admitir los derechos democráticos de las grandes mayorías de la población, y que posiblemente se excluirían a sí mismos del proceso que conduciría a la república, que al ser con todos y para el bien de todos, estaba indicando que no era de pocos, y para el bien de pocos, como sí ocurría en la colonia.

La Constitución reafirma cosas básicas por las que Martí luchó, como la soberanía nacional y la independencia de Cuba como Estado. La república cubana de hoy no puede ser para los que están pensando en un país dominado por Estados Unidos. El propio Martí alertó de ese peligro y trató de conjurarlo. ¿Cómo después de tantos años de independencia, de soberanía, aunque la Revolución como toda obra humana haya cometido errores, vamos a volver a la Cuba prerrevolucionaria que es lo que nos ofrecen las fuerzas imperialistas, sus ideólogos y algunas personas que se dicen cubanos, pero no piensan como tales? De lo que se trata, como dijo Fidel en su concepto de Revolución, es de transformar todo lo que haga falta ser transformado, en función siempre de mantener los objetivos logrados y continuar avanzando.

Pensemos en el desastre ocasionado por el reciente tornado que azotó a La Habana y la velocidad con que se ha emprendido la recuperación, y comparemos esa situación con lo ocurrido en Puerto Rico, donde mucho tiempo después del paso de un ciclón, la población padece todavía graves secuelas sin que se hayan emprendido acciones para resolverlas. La respuesta cubana ante un fenómeno de esta naturaleza solo es posible en un régimen social que tiene como prioridad a las personas y no a intereses poderosos.

Ahí está otra de las claves del espíritu martiano, ese trabajar pensando en función de los demás, pensando en la patria, una sociedad basada en principios éticos como lo quiso el Apóstol, como la solidaridad y el humanismo, recogidos en el texto constitucional y consustanciales a la Revolución.

 

Fuente: Trabajadores

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