Voy a nombrarte

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Eusebio Leal: “Fidel se entregó sin límites a la causa de su patria y tuvo por patria al mundo”

Eusebio Leal junto al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.

Eusebio Leal junto al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro. Foto: Cortesía del entrevistado.

El triunfo de la Revolución abrió todas las puertas a varias generaciones de cubanos. “Seguir las palabras de Fidel, que eran compartidas por todo un pueblo, fue para mí más que una sensación y una vivencia, un magisterio.”

Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana, tenía entonces mucha avidez de conocimiento y le había sido negada en la pobreza familiar la educación escolar anhelada.

Las oportunidades posteriores fueron de gran provecho para quien hoy tiene sus espacios ganados en disímiles academias y altas casas de estudio de Cuba y el mundo. Pero ante cada lauro, la reacción siempre es de gratitud a quien le permitió integrarse al proceso revolucionario desde su singularidad, su condición de cristiano, su devoción por una historia patria despojada de arquetipos y omisiones y su probada pasión por la defensa del patrimonio nacional.

Una noche intercambiaron pañuelos bordados con las iniciales, y Leal correspondió a la deferencia: “Le doy mi Lealtad a cambio de su Fidelidad”. Y la lealtad y la fidelidad coronaron una amistad incondicional: “cuando tuve algún problema personal, se apartaba rápidamente de lo que estaba haciendo, me escuchaba, y si estaba en sus manos, daba una solución.”

Así Leal fue comprendiendo cómo el liderazgo de ese cubano universal se había inspirado en el ideario de José Martí “el más agudo, el más intenso intérprete de la realidad de su tiempo, el más profundo conocedor de los cubanos”. Fidel rechazó todo dogma, reinterpretó continuamente la realidad y creyó sinceramente en las capacidades del hombre, en la vocación redentora de todo revolucionario. No le gustaban el engaño y la simulación. Con él “había que estar dispuesto a la verdad”.

Pero el atractivo mayor fue descubrir en “Fidel a un hombre de la cultura, a un pensador que se prepara, estudia y nunca cree suficiente el conocimiento adquirido”. Frente a él “no se podía improvisar” y contrario a lo que algunos suponen, dada su inmensa capacidad como orador – podía hablar horas ininterrumpidamente -, en el brazo de su butaca quedó la huella del pequeño hoyuelo marcado por el golpe seco de su dedo durante las largas horas que dedicó a escuchar el testimonio de otros y a cultivarse en la sabiduría ajena.

“Cuando conocí de él a partir de los testimonios de su propia vida – asegura Leal – supe que, por ejemplo, en los estudios universitarios era capaz de llevar muchas asignaturas al mismo tiempo, estudiar y a la vez, como está consignado en su expediente académico demostrar la enorme lucidez y capacidad  para emplearse a fondo en muy diversas materias.

“Ha sido un lector incansable, ha leído de todo lo necesario para el conocimiento de la historia de la humanidad, de la cultura, la literatura, el arte. Ahí entran muchas apreciaciones cruzadas en mi memoria, de intelectuales que conocí que lo conocieron; de amigos y compañeros de lucha que compartieron con él momentos muy trascendentes y una de las cosas que a todos más nos impresionó fue su capacidad de adquirir conocimientos y proyectarlos en sus relaciones y en su discurso político.

“Una convicción le acompañó desde los primeros años de su vida: su destino estaba ligado indisolublemente a una causa de justicia social por la cual sacrificaría fortuna, tiempo, momentos para los amigos… todo cuanto fue necesario dejar a un lado para llevar adelante lo que él consideró justo, conveniente y necesario para Cuba”.

—Esa capacidad intelectual y ese cultivarse en el ejercicio constante del conocimiento le facilitaron sin dudas convertirse en el estadista y el hombre de connotación universal que es. ¿Qué hitos nos resaltaría hoy de esa impronta global de Fidel?

—Hay que depositar todo eso dentro de una personalidad muy singular. Un hombre pulcro, atildado, muy cuidado en su imagen en todo tiempo, un caballero, quiere decir, alguien que con cualquier persona, de cualquier ideología, de cualquier confesionalidad, podía hablar, conversar y traducir en su palabra ese sentimiento de respeto que su propia cultura y conocimiento humano le confirió como una virtud y una capacidad.

Lo recuerdo delante de mí conversando con figuras tan importantes como Rajiv Gandhi que era un hombre también de gran refinamiento personal; lo recuerdo hablando con el Papa Juan Pablo II y su impresión en relación con Su Santidad; lo recuerdo conversando con diferentes líderes revolucionarios latinoamericanos; lo recuerdo en las incontables visitas en las cuales guié a mandatarios que él acompañó al Centro Histórico habanero.

Tuve la oportunidad de estrechar la mano a distintos líderes mundiales y latinoamericanos con los cuales él sostuvo una intensa relación como fue, por ejemplo, Salvador Allende a quien saludé por intermedio de Fidel como senador visitante en Cuba primero y luego en su visita presidencial.

En sus encuentros, más privadamente, Fidel siempre expresó aquél comedimiento, ese sentido que lo llevaba a saber desde cómo comportarse a la mesa, cómo hablar y sentarse, cómo dirigirse a las personas. Ejercía una especie de magnetismo sobre los demás. Y es que, a diferencia de lo que algunos creen, Fidel tenía una gran capacidad de escuchar al mismo tiempo que una gran capacidad para lograr ser escuchado.

—Entre esos hombres universales resalta la amistad de Fidel con Hugo Chávez que se expresó cual amor entrañable entre un padre y un hijo. Usted fue testigo del surgimiento de esa relación ¿cómo se produjo ese abrir la puerta a una amistad para toda la vida?

—Tengo fundamentos para creer que la persona con la que tuvo la mayor empatía, la que le sorprendió tremendamente por su capacidad, su patriotismo que era como un manantial que brotaba de manera espontánea, también un lector voraz, poseedor de una memoria fotográfica increíble, fue Hugo Rafael.

Tuve la suerte de estar entre los primeros cubanos que le conocieron. Estuve presente en el recibimiento cuando llegó por primera vez a Cuba y en la primera conversación entre los dos. Recuerdo la fascinación que Fidel sintió por aquél joven que venía tras las huellas de los próceres y con el interés de visitar los escenarios progresistas latinoamericanos y conocer de otras experiencias de militares comprometidos. No olvidemos a Omar Torrijos, a la revolución de las fuerzas armadas en el Perú…  por ese camino andaba él inicialmente. Era un camino que debía lógicamente recorrer pues había sido un soldado formado, un oficial nacido en el seno de la academia, que tuvo muy buenos maestros, que conocía al dedillo la historia de su supremo mentor que era Simón Bolívar, quien lo fue también para Martí y Fidel. Seguir leyendo

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NO SOMOS MANSITOS

Por: Rubiel García González. Presidente de la Asociación Hermanos Saíz

Partiendo del cuestionamiento a la decisión de no exhibir el filme cubano Santa y Andrés en el venidero Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, han estado circulando en publicaciones digitales varias opiniones. El análisis se ha centrado no en el contenido del filme, que por cierto casi nadie ha visto, sino en el derecho de una institución cultural, en este caso el ICAIC, a no exhibir una película por considerar que “presenta una imagen de la Revolución que la reduce a una expresión de intolerancia y violencia contra la cultura”

El debate se ha polarizado, ya son varios los que han escrito y me llama la atención que medios como OnCuba se han prestado para publicar artículos, como el del realizador Eduardo del Llano, que hablan de una censura, y van más allá, toman el camino de la descalificación del ejercicio de la política cultural de nuestro sistema institucional. Desde hace años pertenezco a la Asociación Hermanos Saíz (AHS), organización que acaba de cumplir tres décadas de existencia y que tiene resultados probados en la promoción y circulación del arte que hacen los jóvenes, y también en el diálogo, a veces eficaz y a veces no tanto, con ese sistema institucional de la cultura que hoy se ataca. La membresía, nada homogénea de la AHS, se ha caracterizado por hacer y defender un arte crítico, diverso, complejo, incómodo, muchos son los ejemplos que pudiera poner en el caso del audiovisual, desde donde parte el debate en cuestión; puedo mencionar varios espacios que hoy son referentes del debate y exhibición sistemáticos de creaciones audiovisuales nada complacientes. Uno de ellos, El Almacén de la Imagen, anualmente se realiza en Camagüey, al que han asistido por décadas cientos de realizadores jóvenes, algunos casi desconocidos, quizás muchos de los que Del Llano considera “rebeldes”,  y que siguen creando aquí, y no “emigran a latitudes más tolerantes”.  Hacernos voz y ser escuchados, participar activamente de la vida cultural de la Isla y persuadir a funcionarios y decisores de la utilidad transformadora de las obras de esos realizadores forma parte de lo que hacemos cotidianamente desde la AHS, y puedo afirmar sinceramente, que siempre hemos encontrado interlocutores institucionales en ese diálogo.

Creo profundamente que los extremos casi siempre son malos, el papel del arte en la sociedad no puede concentrase solo en el enjuiciamiento, el ejercicio de la crítica debe ser capaz de captar la multiplicidad de mensajes de una época o contexto; lo contrario es polarización y caricatura del deber ser.  La obra, los valores estéticos, la fuerza del argumento y el momento de la creación refractan maneras de pensar, de sentir y reflejan la cosmovisión de la realidad de la que formamos parte. A veces el mensaje no cumple con su encargo y se empantana en una ensenada de subjetividades sociales que deben descifrarlo, asumirlo y multiplicarlo; para que este cumpla su cometido.

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Lo que Trump no entiende de Cuba

 

WASHINGTON. Donald J. Trump nunca se ha sentido obligado a jugar con reglas convencionales –ni en los negocios ni en la política– y esa iconoclastia lo ha convertido en multimillonario y en presidente electo de Estados Unidos. Pero si él cree que puede utilizar sus prácticas empresariales en el extranjero como modelo para  negociaciones con gobiernos extranjeros, tendrá un brusco despertar, en especial con Cuba. Los negocios extranjeros del señor Trump han sido lucrativos, pero solo ejemplifican el tipo de compadrazgo y negocios dudosos que caracterizaron las prácticas de negocios en Cuba antes de la revolución de Fidel Castro –prácticas que alimentaron el nacionalismo cubano, incrementaron la popularidad del señor Castro y provocaron la confiscación de más de mil millones de dólares en propiedades estadounidenses.
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Mi derecho inalienable a opinar (Una respuesta a Deán Luis Reyes)

 

Por: Fernando Rojas

Fuente: CUBARTE

Con excepción del hecho cierto de que el ICAIC decide sobre la exhibición pública de las películas, el texto de Deán Luis Reyes publicado ayer, 24 de noviembre, en On Cuba, no aporta elementos para la comprensión del llevado y traído tema de la censura.

La riqueza y los matices de Palabras a los intelectuales se reducen a una “expresión influyente”. El productivo debate de Conducta y su impacto son rebajados por una alusión peyorativa al Ministerio de Educación. El derecho institucional se sustituye por la “autoridad” de un colectivo o de la “sociedad”, enfoque que por demás no esclarece cómo resolver el asunto en términos prácticos. La ausencia de una posición clara al considerar el ejercicio de la prerrogativa institucional que se niega, se convierte en una pose anarquizante, que se presenta –nada nuevo en la historia de fracasos del anarquismo– como liberadora.

La idea de que en Cuba, con grandes hazañas y sacrificios, y también errores, hemos tratado de construir una sociedad alternativa al capitalismo, hostigados sin piedad por la mayor potencia mundial, no tiene ningún espacio en el razonamiento de Deán Luis Reyes. No hay que hablar de este asunto a cada paso; pero eludirlo significa, sin ninguna duda, excluir un fundamento esencial de la discusión. En consecuencia, se debate sobre la censura en abstracto, se apuesta por una promoción del arte que rechaza la existencia de principios en la política cultural y se priva a esta de su conexión orgánica con los propósitos de una Revolución como la nuestra.

Por el mismo camino, nada se dice del ejercicio sistemático, eficaz y brutal de la censura en el capitalismo, resuelto desde la hegemonía del mercado, que excluye a priori el sentido crítico de cualquier perspectiva emancipadora en el arte y el pensamiento, limita las búsquedas experimentales y cancela cualquier indagación que no resulte en beneficio material neto. No puedo concederle la excusa de que no hay que hablar de ello, si de señalar los errores propios se trata: precisamente por no atacar al capitalismo claramente solemos olvidar su esencia depredadora. Ese olvido es la fuente de no pocos errores.

Y por supuesto, si el adversario no existe, tampoco hay que razonar desde el fundamento de la larga y exitosa (sí, exitosa) práctica de la política cultural de la Revolución, que nunca ha excluido la reflexión autocrítica y el debate. He participado y participo personalmente de esa reflexión desde hace muchos años. Seguir leyendo

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Fidel y la conquista del tiempo

Hay crónicas que uno nunca desearía escribir. Líneas sobre el papel que brotan de pérdidas físicas, que jamás esperaríamos sucedieran. Pero la naturaleza humana, con sus leyes inexorables, reserva momentos en que nos estremecemos con la partida terrenal de hombres y mujeres que pertenecen a la eternidad.

Este 25 de noviembre es uno de esos instantes en que se tensaron al máximo todas las fibras, ante una noticia escalofriante. “Enciende el televisor que ocurrió algo muy grave”, me dijo un amigo del otro lado de la línea telefónica, al filo de la madrugada del sábado.

El mazazo me llegó primero a través de Radio Reloj. Minutos más tarde, observé a Raúl con voz entrecortada informando la muerte de Fidel, ese hecho que pensábamos se postergaría tantos años que en verdad no ocurriría.

Desde entonces nuestro pueblo, los hermanos de lucha de América y del mundo entero están sobrecogidos. Una andanada de sentimientos, emociones, remembranzas y argumentos se apoderó de todos, a partir de la dimensión íntima con que percibimos a ese hombre excepcional.

Es cierto que en horas como estas no se expresa con exactitud lo que queremos decir, pero también lo es que palabras, poemas, dibujos, lágrimas o cualquier otra manifestación que emana desde lo más profundo del alma, son absolutamente legítimas porque revelan la hondura de la relación que estableció un gigante del pensamiento y la acción, con los más diversos sectores de la sociedad.

Ya habrá oportunidad para los análisis sosegados y la meditación exhaustiva, sobre cada faceta de su obra colosal, pero ahora —es un imperativo que retrata su ascendencia entre nosotros—, hay que abrir el pecho para que salga a borbotones todo lo que nos inculcó. La cascada que irrumpe de cada cual conforma el manantial impresionante que la nación y el mundo le tributan.

El Comandante en Jefe, invicto antes e invencible siempre, caló hasta la médula de nuestro pueblo desde que a finales de la década del cuarenta del pasado siglo, siendo apenas un veinteañero, se enroló en el traslado de la Campana de la Demajagua; en la expedición de Cayo Confites, para ayudar al pueblo dominicano a liberarse de un sátrapa; o recorrió varias naciones latinoamericanas, fomentando la unidad del movimiento estudiantil.

En lo adelante, desde el Moncada hasta el combate como soldado de las ideas, Fidel creció en el corazón de cada ser digno del planeta. Lo más trascendente, sin embargo, es que se multiplicó en seres humanos de carne y hueso y en “hechos y realizaciones concretas” —como denominó a la batalla en el terreno de las ideas librada por el regreso del pequeño Elián González— diseminados en cada geografía.

Su vida, pletórica de acontecimientos sui géneris, es un canto a la redención y solidaridad humana y a la “utilidad de la virtud” que preconizó José Martí. La vocación de servir a la humanidad la aprendió del Apóstol, para relanzarla mediante incontables obras a favor de los desposeídos y vilipendiados de todo el orbe.

Fidel es un caso único en la historia. De un lado es síntesis del mejor acervo de emancipación universal, que tiene en Rousseau, Petion, Miranda, Bolívar, San Martín, Lincoln, Marx, Engels, Céspedes, Gómez, Maceo, Mariana, Alfaro, Lenin, Rosa Luxemburgo, Sandino, Mella, Guiteras, Lázaro Cárdenas o Albizu Campos a figuras paradigmáticas.

Fidel junto a Salvador Allende

Fidel junto a Salvador Allende

Del otro, es anticipación de un futuro —cincelado desde la pujanza del hombre y la mujer nuevos que vaticinó el Che—, que encuentra íconos en Amílcar Cabral, Sekú Touré, Lumumba, Malcon X, Martin Luther King, Ho Chi Min, Mandela, Allende, Ángela Davis, Hugo Chávez o los médicos que curaron el ébola en África Occidental. Seguir leyendo

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La Feria del Libro de Quito, fiesta de la cultura y homenaje a Fidel Castro

Réplica de la Embajada de Cuba en Quito a un artículo de Miguel Molina

El pasado miércoles 23 de noviembre de 2016, en su columna de Opinión, el Diario La República, publicó un desacertado y grotesco texto de Miguel Molina Díaz, bajo el título “La Feria del Libro de Quito, o una masturbación a Fidel Castro”.

Basta con leer el título de su artículo, para conocer la catadura moral y sobre todo las perversas intenciones de esta persona.

El mencionado escrito pretende evaluar, desde la ofensa y el descrédito más insensato, a la recién finalizada Feria del Libro de Quito y, particularmente, a la muestra artística y la participación de una numerosa delegación de prestigiosos autores e intelectuales cubanos que viajaron a Ecuador trayendo una representación de la cultura cubana e interesados en intercambiar con el público quiteño que colmó el stand y las presentaciones que se hicieron durante toda la Feria, en un clima de amistad y entendimiento.

Cuba tiene la fortuna, como pocas naciones en América Latina, de contar con una pléyade de escritores surgidos como resultado de las políticas que se implementaron desde los albores de la Revolución Cubana, cuando se identificó el impulso a la cultura como pilar invaluable para construir una nueva sociedad, un nuevo sujeto social. Una representación de ese universo de consagrados y noveles autores de las letras cubanas, participaron en FIL Quito 2016, como reflejo de la diversa y autóctona creación de la isla caribeña. Seguir leyendo

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