Laberinto de cultura y ajiaco de pasión

Rafael Cruz

-Tú eres cubano.
No era una pregunta, era una afirmación dicha con total seguridad por la muchacha que se plantó, toda ansiosa, delante de mi. Asentí con expresión de no saber qué estaba pasando.
-¡Gracias a Dios!, ¿Por dónde se sale de aquí?
Los Grandes Almacenes de Moscú, son un complejo de tiendas que le hace honor a su nombre, enormes, con miles de departamentos, pasillos interiores, estantes interminables. Es natural perderse, en particular si no entienden los carteles indicativos. Tomé a la muchacha de la mano y la acompañé a la salida. Por el camino hablamos de todo un poco y hubo una pregunta obligada. ¿Cómo supiste que era cubano?
Mi niño- respondió ella- los de allá no nos parecemos a nadie, en medio de esta locura de gente, en la distancia, con solo una mirada, fue suficiente para saber que tú eras cubano.

¿Será cierto? ¿No puedo, por ejemplo, camuflarme con un dominicano alegre, con un nica viajero? ¿Salta a la vista lo que me (nos) distingue como pueblo, como cultura de ese trazo mínimo en el mapa del mundo, de esta pizca en la multitud de almas que habitan este flotante azul en el río cósmico? ¿Cómo es esa marca de nacimiento, esa emoción de pertenecer a un pueblo?, ¿Qué es lo que se desliza bajo las etiquetas de cubanidad y cubanía? De ello, y de mucho más, de tan “abigarrada urdimbre” trató el espacio Dialogar Dialogar ante un “cultivo” muy joven de la Facultad de Biología en la Universidad de la Habana; conducido por el Dr. C Elier Ramírez Cañedo quien esta vez estuvo acompañado por el profesor Miguel Barnet, presidente de la UNEAC y Enrique Ubieta Gómez, director de la revista Cuba Socialista.

Elier, Ubieta, Barnet

“Los conceptos de cubanidad y cubanía son peligrosos porque pueden derivar a un nacionalismo estéril y hasta nocivo

Luego de las presentaciones de rigor, un Barnet profesor, con ese tono suave y calmo de los maestros rurales y de los hombres de paz, se adentró en el laberinto ignoto de la formación y expresión de la identidad cultural, nacional de los cubanos. Estas fueron sus primeras palabras “Los conceptos de cubanidad y cubanía son peligrosos porque pueden derivar a un nacionalismo estéril y hasta nocivo”. Seguir leyendo

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Una vez más, banderas

Luis Toledo Sande

 

Hace pocos días por calles de La Habana un hombre relativamente joven —no muchacho— arrastraba, llenas de viandas, dos cajas plásticas similares a las empleadas para empacar botellas. ¿Sería uno de esos mensajeros que llevan víveres a domicilio, o un revendedor? En ambas llevaba, prendidas a sendas pequeñas astas, banderitas cubanas de las que hace un tiempo se portan en actos públicos.

Esas banderas, por ser de un material mucho más duradero que el papel, no terminan profanadas en la basura, y pueden tener luego otros usos, como en las cajas de las que aquel hombre tiraba de un modo que al testigo le pareció que revelaba orgullo, como en los diplomáticos al engalanar su automóvil con la enseña del país que representan.

También —pensó el testigo, mientras deploraba no haber fotografiado la escena— el hecho contravendría normas legales vigentes sobre el empleo de los símbolos patrios. Pero, si algo infringía, ¿no sería preferible una transgresión como aquella antes que la flagrante proliferación de banderas de otras naciones por todo el país? Suelen aparecer entre indicios de pésimo gusto, a veces acompañadas de la cubana, ignorando el digno reclamo del poeta patriota Bonifacio Byrne, quien frente a la intrusión de la bandera imperialista enérgicamente declaró que aquí basta una sola, la nuestra.

Inflexibilidad no equivale a firmeza

En la proliferación de pendones foráneos predominan el británico y, sobre todo, el estadounidense, sean piezas enteras o motivos visuales que remiten a ellos. Los hay incluso con la presencia del águila que en el siglo XIX —lo denunció José Martí ante la ofensiva del panamericanismo imperialista— “apretaba en sus garras los pabellones todos de la América”.

Parecería que nada se ha instrumentado en el país contra la actual invasión de símbolos imperiales. Tampoco existe la flexibilidad legal que facilite el uso afectivo, no necesariamente protocolar, de los propios, sin mancillarlos como ocurre al usarlos como simples adornos, estampados en cualquier tipo de objeto: zapatos, ropa exterior e interior, pañuelos para protegerse el cabello o soplarse la nariz, delantales… Eso hace el mercado de los Estados Unidos con su bandera, que así es manejada también como invasor recurso propagandístico. ¿Debe Cuba imitar el despropósito?

Otra cosa sería que la inflexibilidad legal —quebrantada en los hechos— desaprobara el uso de acordes del Himno en una pieza de música popular, enraizada en el pulso de la nación y enfilada a enaltecerla. Salvando distancias de diversa índole, en este punto vale recordar una obra que no es tan conocida como merece: la Paráfrasis para piano con la cual Hubert de Blanck, nacido en Holanda en 1856 y radicado desde 1883, hasta su muerte, en Cuba —cuyo independentismo apoyó, y donde una insigne sala de teatro de la capital perpetúa su nombre—, honró con variaciones sobre el original el Himno creado en Bayamo por Perucho Figueredo.

La enseñanza y la persuasión son básicas para la sociedad. En ninguna parte las sustituyen las disposiciones legales, por muy importantes que estas puedan ser, y lo son, máxime donde se vivió una etapa colonial que fomentó, junto a otros males, esta idea patógena: “La ley se acata, pero no se cumple”. La educación es responsabilidad del hogar y de la sociedad toda —no solo de la escuela, llamada a ser particularmente eficaz—, y entre sus fines vitales debe sobresalir el abono del civismo y la civilidad y el respeto a las leyes. Son propósitos inseparables de la formación cultural: de la siembra, el cuidado y la cosecha de nociones arraigadas en hechos, conocimiento y sentido de responsabilidad.

¿Esperar por normas?

Martí, con su vida ejemplar, incluida su heroica muerte, sin mengua de su universalidad legó a la patria un inmenso legado moral de sabiduría y conducta. Aunque la celebración de su natalicio y la conmemoración de su caída en combate sean estimulantes para recordarlo, se le debe tener presente y asumirlo todos los días, como semillero de lecciones para pensar y actuar.

El fundador no necesitó de ley ni de imposición alguna para tener la conducta que testimonió en el poema X de Versos sencillos, al recordar su disfrute, en Nueva York, de la actuación de la bailarina española, gallega, Carolina Otero: “Han hecho bien en quitar/ El banderón de la acera;/ Porque si está la bandera,/ No sé, yo no puedo entrar”, dijo en la segunda estrofa, refiriéndose al pendón de España, la metrópoli que oprimía a su patria y a los propios pueblos españoles.

No se debe menospreciar la importancia de estudios sociológicos para saber bien quiénes usan en Cuba prendas de vestir en las cuales se reproducen la bandera de Gran Bretaña y, sobre todo, la de los Estados Unidos, o —ya sea en la cabina o fuera de borda— la ostentan en sus vehículos particulares, y hasta en los estatales que están bajo su cuidado. Pero ¿se necesita alguna investigación especial para suponer que se trata de hechos ante los cuales la gran mayoría del pueblo, integrada por patriotas conscientes, no podrá menos que sentir irritación, rechazo?

En un “almendrón” que está lejos de ser el único automóvil en circular por La Habana con la bandera de los Estados Unidos desplegada, se ha visto al chofer vistiendo una camiseta con esa insignia estampada en el pecho. Como ilustración de un texto donde se refirió a normas que, en Noruega, controlan o prohíben allí el empleo de banderas de otros países, el ensayista cubano Desiderio Navarro difundió la foto de una vivienda de Bauta, provincia de Artemisa, en cuyo techo se alza la bandera estadounidense a una altura y de un modo inexplicables como fruto de la casualidad.

¿Confiarse a la industria y el mercado?

Aunque descollante, ese caso es uno solo entre los numerosos de un mal que prospera sostenidamente ante la vista pública y distintos autores han repudiado. Quien escribe este artículo ha dedicado ya otros al tema: “¿Banderas nada más?”, “Banderas y más” (Bohemia impresa y digital); “Porque si está la bandera…” (Cubarte), “¿Se trata de símbolos?” (Cubadebate), con ilustraciones elocuentes, y reproducidos todos en espacios digitales. Que no intente repetir ahora todo lo dicho en aquellos textos se explica por apremios de espacio, no porque ignore el valor de la reiteración, que pedagogos, políticos, sacerdotes y otros propagadores de conocimientos e ideas saben necesaria.

El asunto es preocupante en sí, y porque se ha instalado como una moda de larga duración. Para alarmar —diga lo que diga el “cosmopolita” avispero neoliberal, listo siempre a lanzarse contra quienes hablen de revolución y patriotismo— bastaría que expresara indolencia. Pero también pudiera revelar ansias anexionistas o una manera simbólica de emigrar sin salir físicamente del país, desvinculación del proyecto revolucionario, un paso hacia su abandono afectivo o factual.

Las justificaciones aducidas para portar banderas imperiales son indefendibles. Por confusión o por afán doloso, a veces se invocan las normas protocolares establecidas para reuniones políticas de representantes oficiales de dos o más países, o en encuentros internacionales de diversa índole. También se aduce que las banderas cubanas no aparecen en el mercado o son caras para la gran mayoría de la población. Pero en las luchas patrióticas se han enarbolado banderas hechas con amor y respeto por personas que no se sentaron a esperar soluciones industriales. La fértil iniciativa se manifestó asimismo ante la muerte del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, cuando hubo quienes quisieron rendirle homenaje llevando brazaletes del 26 de Julio.

A cubanas y cubanos patriotas les sobran razones e historia para no avalar que en su país se rinda culto acrítico —no digamos ya entusiasta— a la bandera que debería ser emblema de todo un pueblo, pero oficialmente representa a un imperio agresivo.

Extremos que se tocan

La voracidad de ese imperio se ha sufrido y se sufre en todos los continentes, y el actual césar la prolonga. Sus actos patean las ilusiones que hubo en quienes quisieron albergarlas viendo en el predecesor un estadista presto a actuar honestamente, y cuyo lema electorero We can!(¡Podemos!) evidenciaría cambios favorables para otros pueblos en la política imperial. Quizás la mayor celebridad la alcanzó al anunciar que, para que se levantara el bloqueo impuesto por su país a Cuba, daría pasos que ciertamente pudo haber dado pero no dio. Se quedó cortísimo, y no por falta de pista.

En general, dio curso a la deportación de inmigrantes en cifras comparables con las anunciadas por el nuevo césar y, usando como patente de corso el Premio Nobel de la Paz—que, venido a menos, se le regaló, al igual que a otros—, sobresalió desatando guerras. Por el mismo camino, su sucesor prometió poner fin al expansionismo belicista del imperio, y poco después de llegar a la Casa Blanca empezó a ejecutar —con “bomba madre” incluida— planes del poderío bélico-militar que domina al establishment regente, del cual forma parte, aunque algunas mentes quisieron creer que lo desafiaba, ¡y no faltó quien lo calificara de revolucionario!

Ser o parecer torpe al estilo de George W. Bush, o elegante como Barack Obama, o todo lo que ya se sabe de Donald Trump, puede aportar subterfugios a una potencia que busca salir de su crisis sistémica, de su decadencia, que es manifiesta, aunque sea prolongada. A ese imperio se le rinde pleitesía factual cuando se ostenta su bandera, y en eso las ingenuidades, si las hay, serían tan peligrosas como la ignorancia o la complicidad. La pleitesía puede apoyarse en extremos que se tocan, entre los cuales oscilaría el no llegar o pasarse que se tiene como sabia y críticamente advertido por Máximo Gómez.

Uno de esos extremos sería creer que lo único o lo más contrarrevolucionario es una consigna de ese carácter pintada en una pared o impresa en papel u otro soporte. Se soslaya así el efecto, como de bomba de tiempo, de terribles males voluntaria u objetivamente contrarrevolucionarios como la corrupción, la mala actitud ante el trabajo, la indisciplina social, la violación de las normas de convivencia, el irrespeto a los derechos y deberes colectivos, la desatención de la historia.

El otro extremo —¿asociado quizás al deseo de compensar impertinentes o excesivas interdicciones de otros momentos?— sería un peligroso dejar hacer. En él cabrán hasta pronunciamientos de algún alto funcionario que dé por bueno librar de muros de contención a la venta por particulares de los productos que a estos se les antoje comercializar, aunque pululen objetos mal habidos y discos piratas que han terminado en tremendos paquetes.

Y no es cuestión de adornos

En cuanto a conducta social, ese dejar hacer puede ser más peligroso que el acuñado en francés (laissez faire) para caracterizar a la burguesía cuando ella capitalizó el rótulo de liberal para actuar a sus anchas en la economía, no para desentenderse del control de la sociedad. Más recientemente ese rótulo —digno de mejor suerte— mutó en neoliberalismo, también recurso de dominación. No importa que el césar de turno haya amenazado con sustituirlo por la vuelta al proteccionismo: otra arma a la que el imperio puede seguir acudiendo para autoprotegerse y agredir a todo el mundo.

En Cuba, un mal entendido, trasnochado o timorato laissez faire puede abrir las puertas a letales caballos de Troya, no sublimados en una obra literaria clásica, sino infusos en burdas o sofisticadas fullerías políticas, cuyas consecuencias pudiera ser tarde enfrentar si se les deja tomar cuerpo. Frente a ello conforta saber que la lucidez patriótica, histórica, revolucionaria, cívica, ha garantizado la capacidad de resistencia, lucha y victoria de la mayoría del pueblo.

Con esa lucidez ha encarado y vencido Cuba los grandes desafíos que la han asediado, y ha de mantenerla como arma principal para conservar la independencia indispensable. Solo así podrán triunfar aquí planes justicieros por los que han luchado y muerto tantos hijos y tantas hijas de la patria. En ella un par de cajas usadas por un mandadero o hasta por un revendedor, y engalanadas con la bandera que la representa desde sus luchas por la independencia, siempre serán preferibles —dígase sin apoyar por ello un mayor desmadre de la ilegalidad— al espectáculo de una población disfrazada con insignias del imperio que por todos los medios ha intentado estrangularla, aunque no lo ha conseguido. Ni lo conseguirá mientras la mayoría del pueblo lo mantenga a raya, y eso incluye lo simbólico.

(Tomado de Bohemia Digital)

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Sombras, confluencias y dispersiones en primeros cien días de Trump.

 

Luis René Fernández Tabío y Hassan Pérez Casabona⃰

Si bien es un análisis que se erige sobre bases y hechos en modo alguno definitorios, representa una práctica generalizada a escala global llevar a cabo una disección del ejercicio presidencial, una vez estas figuras arriban al centenar de días al frente de sus respectivos aparatos gubernamentales. En el caso estadounidense dicho proceder es también una tradición de larga data que se remonta a la etapa de Franklin D. Roosevelt quien prometió –y logró– cumplir con una serie de iniciativas de emergencia durante ese lapso de tiempo, para contrarrestar los efectos de la Gran Depresión.

Se trata a todas luces de un ejercicio simbólico de utilidad pero que, es válido reiterarlo, no puede asumirse, por disímiles razones, como proyección concluyente de la figura examinada ni de las tendencias que marcará su presidencia. Esa precisión, aunque a simple vista no parece compleja de comprender, es violentada frecuentemente en valoraciones de diverso corte, las cuales tratan de fijar –bajo claros perfiles propagandísticos- la idea de que todo, o al menos lo más importante, se explica con el desempeño de los mandatarios en los poco más de tres meses que transcurrieron desde sus investiduras.

Unido a la brevedad en el desempeño  de sus funciones (para un mandato de cuatro años, como el de Donald Trump, cien días –cumplidos el sábado 29 de abril-  entraña lo mismo que un maratonista recorra apenas 2, 89 kilómetros de los 42 km y 195 metros pactados en la competencia; un lanzador no saque aún el segundo out del primer inning de un partido de  béisbol o que, en términos cinematográficos, veamos solo los 37 minutos iniciales de El Padrino de Francis Ford Copola, cuya saga de tres partes -más allá de los dieciocho años que mediaron entre la exhibición de la primera de ellas en 1972 y el epilogo exhibido en 1990, producida en todos los casos por la Paramount Pictures- suman en conjunto 538 minutos) está el lastre –para quienes se aferran a emitir vaticinios definitorios- de ignorar mutaciones, reacomodos y ajustes, estructurales y de proyección (lo que tampoco niega persistencias y reiteraciones visualizadas desde la apertura) que se producen concluido el periodo de arrancada, motivado por la combinación de las más diversas causas internas y externas, esta últimas tanto en el plano regional como de alcance planetario.

En otras palabras, lo más sensato es asumir la convocatoria como botón de muestra (sin atrincheramientos ni especulaciones) y tratar de desentrañar, con las herramientas disponibles, en qué medida la puesta en marcha contiene claves que se afianzarán hasta el ocaso de ese equipo de gobierno. Esa es en última instancia la tarea principal: desbrozar en lo posible la hojarasca relacionada con cuestiones circunstanciales y determinar aquellos aspectos que sí parecieran reflejar la médula en el comportamiento de quienes detentan la más alta responsabilidad dentro de los Estados Unidos en la etapa actual.

  1. Volver atrás, ¿cómo explicar lo inesperado?

A pesar del barraje informativo que generó la más reciente contienda presidencial estadounidense, queda aún mucho por analizar sobre la manera en que se condujo el candidato republicano y las causas que motivaron que una figura tan controversial, con el rechazo de la cúpula de su propia maquinaria partidista, se levantara a la postre como vencedor.

Es cierto que su “triunfo”  (luego de recibir casi tres millones de votos menos que su oponente demócrata Hillary Clinton) es únicamente explicable en apego a las vetustas y anacrónicas reglas del Colegio Electoral, pero también lo es que en base a dichas regulaciones de juego, Trump logró hilvanar una certera estrategia, que le permitió asegurar la puntuación necesaria en los estados claves dentro de la disputa. [i]
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Estados Unidos y las bases ideológicas del “trumpismo”: Conservadurismo, derecha radical y populismo *

 

 

   Jorge Hernández Martínez

 

      El triunfo electoral de Donald Trump en las elecciones  realizadas en los Estados Unidos el pasado 8 de noviembre y su ulterior toma de posesión como Presidente de ese país el 20 de enero ha estimulado la reflexión sobre los factores que determinaron ese acontecimiento, y colocado en el debate el tema del auge del movimiento conservador, del populismo, de las corrientes de extrema derecha, como reacciones de desencanto, rechazo y ajuste de cuentas con la política de la doble Administración Obama. Esa ofensiva ideológica cuestiona desde los años de 1980, bajo la llamada Revolución Conservadora, con Reagan, al liberalismo tradicional y a las prácticas de gobiernos demócratas. Al terminar el decenio de 2010, a ello se  agrega el disgusto de sectores de la clase media blanca, protestante –afectada desde el punto de vista socioeconómico con Obama–, cuyos resentimientos se enfocaban no sólo contra el gobierno demócrata que terminaba su mandato, sino de modo específico contra la figura presidencial en el plano personal –un hombre de piel negra, de origen africano–, con beligerantes expresiones  de racismo y xenofobia que había anticipado el Tea Party y que Trump retoma con  fuerza, añadiendo una estridente nota de intolerancia étnica, misoginia, machismo, homofobia y sentimientos antiinmigrantes, con un discurso patriotero que afirma defender a los “olvidados”. A la vez, promete restaurar el espíritu de la nación, fortaleciendo el rol mundial de los Estados Unidos, a través de la consigna America First.

 

Los Estados Unidos han sido escenario de una prolongada crisis y de hondas transformaciones en la estructura de su sociedad y economía, llevando consigo importantes mutaciones tecnológicas, clasistas, demográficas, con expresiones también sensibles para las infraestructuras industriales y urbanas, los programas y servicios sociales gubernamentales, la cultura, la composición étnica y el papel de la nación en el mundo. Se trata de cambios graduales y acumulados, que durante más de  treinta años han modificado la fisonomía integral de la sociedad norteamericana. Sin embargo, a pesar de que en buena medida ha dejado de ser monocromática — simbolizada por la  exclusividad, como país, del prototipo del white-anglosaxon-protestant (wasp)–, y se puede calificar de multicultural multirracial y multiétnica, ello no significa que se haya diluido o mucho menos, perdido, esa naturaleza, de una clase media cuyas representaciones son esencialmente conservadoras. Sin ignorar la heterogénea estructura clasista estadounidense, conformada por la gran burguesía monopolista, la oligarquía financiera, la clase obrera, los trabajadores de servicios, un amplio sector asociado al desempleo, subempleo y la marginalidad, junto al granjero — cual singular expresión del hombre de campo–, acompañada de las correspondientes representaciones ideológicas y psicológicas, es aquella la simbología cultural que presentan los textos de historia, la literatura, el cine y la prensa.

 

Es importante esta precisión en la medida en que, con frecuencia, se le atribuye a la sociedad norteamericana un perfil tan cambiante y cambiado que se absolutizan sus  transformaciones, perdiéndose de vista factores de continuidad. Ello ha llevado a interpretaciones como las que a partir del lugar creciente de las llamadas minorías –como los latinos y los negros–, estimaron que en las elecciones de 2016, las bases sociales y electorales del partido demócrata estaban garantizadas, y auguraban  una victoria segura a Hilary Clinton. Desde esa perspectiva, se concluía con cierto simplismo que en esa sociedad ya existían las condiciones que hacían posible que luego de que un hombre de piel negra ocupara la Casa Blanca durante ocho años, ahora era el turno de una mujer.

 

Con otras palabras, si bien la mayoría de los pronósticos y sondeos de opinión apuntaban con elevados porcentajes de certeza hacia el triunfo demócrata, existía un entramado objetivo de condiciones y factores –insuficientemente ponderado, cuando no ignorado–, que permitía vaticinar la derrota demócrata y el retorno republicano a la Casa Blanca. Ese trasfondo tenía que ver con la crisis que define a la sociedad norteamericana, como ya se indicaba, durante ya más de tres décadas, la cual no sólo se ha mantenido, en medio de parciales recuperaciones –sobre todo en el ámbito económico, propagandístico y tecnológico-militar–, sino que se ha profundizado entre intermitencias y altibajos, en el terreno cultural, político e ideológico. En un lúcido y conocido análisis, Michael Moore se anticipaba a visualizar el resultado de la elección presidencial de 2016[i]. Asimismo, Noam  Chomsky aportaba claves analíticas, cuando muchos meses atrás, al referirse a las primarias, señalaba que “haciendo a un lado elementos racistas, ultranacionalistas y fundamentalistas religiosos (que no son menores), los partidarios de Trump son en su mayoría blancos de clase media baja, de las clase trabajadoras, y con menor educación,  gente que ha sido olvidada durante los años liberales”[ii]. De ese modo, llamaba la atención hacia las bases sociales que podía capitalizar el candidato republicano.

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Pepe Ramírez: “El repentismo no puede morir”

(En el día del campesinado cubano, reproduzco este texto de Pedro de la Hoz, que tanto me emociona y enorgullece)

 

Por: Pedro de la Hoz

Ante la pérdida el último 8 de enero de José Ramírez Cruz, líder histórico del campesinado cubano, tengo la certeza del dolor compartido por los artistas cultivadores de los diversos géneros de la música rural a quienes Pepe tanto alentó.

El hombre que luchó contra la secular injusticia padecida por la gente de campo, que sufrió cárcel por sus acciones combativas, que se sumó a la lucha insurreccional en el Segundo Frente Oriental Frank País a las órdenes de Raúl Castro, que organizó el Congreso Campesino en Armas, que dedicó lo mejor de sí a la fundación y a las tareas del Partido, fue sensible a las expresiones culturales autóctonas.

Particularmente gustaba del repentismo y los sones de tierra adentro, y prestaba atención al talento. Un conocido decimista contó que al término de una plenaria en Güira de Melena, donde se había discutido con pasión y criterios contrapuestos el tema de las cooperativas, llegó el momento del guateque. Pero como, al parecer, prevalecía en el ambiente la discusión anterior, nadie prestaba oídos al duelo de los repentistas. Entonces Pepe tomó el micrófono y con su voz enronquecida puso orden: “Compañeros, ustedes no saben lo que se están perdiendo. El que quiera seguir discutiendo, que salga. Yo los invito a darse un baño de buena cultura, que buena falta nos hace”.

Era frecuente, tanto en los años en que presidió la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) como después, ver a Pepe en medio de la Jornada Cucalambeana en Las Tunas. Durante el evento de junio de 2001, después de mucha insistencia —“entrevisten a los protagonistas, yo solo formo parte del público”, dijo una y otra vez—, accedió a conversar con un pequeño grupo de periodistas que cubríamos el festival.

Conservo las notas de aquel encuentro. La urgencia periodística hizo que solo utilizara para la crónica del día parte de sus declaraciones y reflexiones. Vale la pena extendernos en ellas:

Yo quiero que ustedes, en la medida de sus posibilidades, le pongan mayor énfasis a la difusión de la música y la poesía campesinas. Aquí hay un tesoro que hemos ido descubriendo en los años de Revolución, Porque antes, cuando yo era un muchacho, las canturías solo se daban entre campesinos y la gente de la ciudad pensaba que era cosa de guajiros. Lo mismo pasaba con el guaguancó, se pensaba que era cosa de negros. El guaguancó y las tonadas pertenecen a todos los cubanos y hay que cultivar a las  nuevas generaciones en el gusto por esas manifestaciones tan nuestras como ese cielo y aquellas palmas. Antes solo había unos cuantos espacios en la radio; hoy contamos con Palmas y Cañas y en todas las emisoras del país hay un lugar para la música campesina. A mí me llegan críticas sobre Palmas y Cañas. Bienvenidas sean. Pero no me digan que el programa pasó de moda. Siempre habrá que actualizarlo, hacerlo más dinámico, pero si se pierde, la cultura campesina se queda sin presencia en la televisión, porque ustedes saben mejor que yo cómo está ausente de otros programas.

Años atrás los compañeros de Cultura trabajaron en el Atlas de la Cultura Tradicional y Armando Hart me decía que se estaban descubriendo cosas fabulosas, fiestas olvidadas, músicas perdidas en los campos. La ANAP colaboró con los compañeros del Atlas, En una ocasión expliqué que no era una tarea más, porque en la medida que supiéramos de nuestros orígenes y de las características de cada zona campesina, estaríamos más preparados para entender las necesidades de nuestros afiliados, su idiosincrasia y hasta cómo hallar motivaciones a partir de la cultura. Seguir leyendo

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Diálogo con Walter Martínez y Alida Sanoja: “Botar la máquina y agarrar la metralleta”

Walter Martínez y Alida Sanoja, con el destacado historiador cubano Rolando Rodríguez. Foto Cortesía del autor.

Walter Martínez y Alida Sanoja, con el destacado historiador cubano Rolando Rodríguez. Foto Cortesía del autor.

De visita en Cuba, el periodista Walter Martínez concertó una cita con el presidente del Instituto Cubano del Libro (ICL), Juan Rodríguez Cabrera, para conversar acerca de la posible publicación de 76 domingos, Premio Nacional de Periodismo en la Prensa venezolana. De intermediario sirve Rolando Rodríguez, historiador, presidente fundador del ICL (institución que cumple 50 años), amigo personal de Walter y colaborador estrecho del Comandante en Jefe, Fidel Castro. La casualidad hace que La Jiribilla se entere del asunto y busque la manera de “colarse” en la cita, como una chaperona que no quiere perder la oportunidad de escuchar, de buena tinta, los criterios de tan relevante periodista acerca de la situación en Venezuela, en su relación con el contexto latinoamericano inmediato.
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Elogio del pelotero cubano

despaigneSé que estas palabras se moverán a contracorriente, que el consenso que existe no respalda mi fe. Pero los consensos no son verdades, se construyen. A veces, expresan realidades; a veces, las producen. Un lento y arduo proceso de construcción ha convencido a muchos de la superioridad del profesionalismo (que no es igual a profesionalidad) en el deporte, sobre el ya casi extinto ideal del amateurismo. Y ese convencimiento –sobre el que pesan mitos, argumentos y deserciones bien remuneradas: toda una estrategia de imposición persuasiva–, ha disminuido nuestra autoestima en el deporte nacional. El más reciente Clásico Mundial –no por la ubicación conseguida en él, sino por las sucesivas derrotas que sufrió nuestro equipo en la segunda etapa, la última por nocaut– ha sido, para decirlo en términos beisboleros, el puntillazo. Algunos han dicho, supongo que sin alegría, «al fin podemos apreciar el nivel real del béisbol cubano».

No estoy de acuerdo con esa frase. Mi posición no pretende que se ignoren deficiencias y carencias actuales –organizativas, técnicas, incluso conceptuales– que sin duda afectan a nuestro deporte nacional, desde sus bases hasta el nivel superior. Durante décadas sostuvimos una Serie Nacional de alta calidad, a pesar de que el número de equipos y peloteros involucrados no se correspondía con la cantidad de habitantes en el país; en realidad, tampoco se «corresponde» la cantidad de médicos, de científicos o de bailarines clásicos, para solo citar tres ejemplos, pero de eso se trata cuando se habla de Revolución. Ello no significa que hoy, ante circunstancias nuevas, no podamos reestructurar la Serie y disminuir la cantidad de equipos contendientes ­–aunque esa no es la solución real–, para mantener la calidad.

Pero sobre estos y muchos otros temas, ya se ha escrito.

Quiero exponer mis criterios personales sobre aquellos tópicos que sobrepasan lo estrictamente deportivo, y que sin embargo lo condicionan. Porque la derrota transitoria del sistema deportivo socialista –que el atleta de alto rendimiento sea un profesional no significa que aceptemos gustosamente las reglas del profesionalismo; el socialismo no puede prescindir del mercado, pero se opone por esencia al mercantilismo en el arte y en el deporte–, es una de las consecuencias naturales de la derrota transitoria del ideal socialista. Dejaron de existir los escenarios internacionales de prestigio para el deporte amateur, y la guerra en torno al deporte cubano, y al béisbol –que es parte de la identidad nacional, de la autoestima que la Revolución sembró en el pueblo–, se intensifica.

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La desaparición del llamado «sistema socialista» tuvo un efecto económico devastador en el país, y sin dudas, también, en el deporte cubano. Sin embargo, ninguno de los tres primeros Clásicos logró demostrar la inferioridad del béisbol nacional. Recuerdo que en días previos al I Clásico, los medios contrarrevolucionarios auguraban la más rotunda derrota de Cuba y la politizaban. En una publicación en Internet que supuestamente abogaba por el reencuentro entre cubanos, se afirmaba:

«El Clásico Mundial de Béisbol (CMB) dará la posibilidad, de una vez y por todas, de comprobar cuál es el nivel real del béisbol cubano. […] Alejada del mejor béisbol del mundo por casi cinco décadas, Cuba competirá con una presión adicional. El equipo de la Isla no puede darse el lujo de una derrota aparatosa, pues se derrumbaría toda la propaganda montada durante tantos años. El béisbol ha sido el principal baluarte de una política propagandística dirigida a demostrar la superioridad del sistema deportivo cubano […].»
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