El pensamiento de Fidel sobre la política migratoria cubana

 

Jesús Arboleya

 A pesar de que dentro de mis tareas como funcionario de la Misión de Cuba en la ONU había estado atender asuntos relacionados con la emigración cubana, me sorprendió escuchar a Fidel anunciar la convocatoria al “diálogo con figuras representativas de la comunidad cubana en el exterior” en 1978.

Lo hizo en una conferencia de prensa con periodistas de origen cubano y norteamericanos, celebrada en La Habana el 6 de septiembre del mismo año, los cuales habían viajado al país atraídos por la noticia de que Cuba había liberado a 48 presos por delitos contrarrevolucionarios y negociaba con el gobierno norteamericano su traslado a ese país, lo que hacía pensar en la posibilidad de que se decretara una amnistía general para los más de 3000 que aún se encontraban en cárceles cubanas.

Cayó como un jarro de agua fría cuando Fidel dijo que no existía ninguna decisión al respecto, pero que, entre otros temas de interés, podía ser objeto de conversaciones con figuras representativas de la emigración. Recuerdo que el corresponsal del Miami Herald me dijo que no sabía cuál era la noticia y le respondí: “puedes decir que todo ha cambiado”.

Creo no haberme equivocado, porque a partir de ese momento la política hacia la emigración dio un giro de 180 grados, yo diría que cambió del distanciamiento a la aproximación, y creo que fue el resultado de un convencimiento muy profundo de Fidel respecto a la necesidad de este cambio. “Nosotros estamos dispuestos a ser perseverantes, no vamos a cambiar. Decidimos una política y la seguimos”, dijo Fidel ese día.

Treinta y ochos años después, revisando las notas publicadas de esta conferencia[1], resulta sorprendente la visión estratégica de Fidel respecto a este asunto y la actualidad de las razones que le servían de fundamento.

En primer lugar, Fidel lo definió como un “problema nacional” que no podía ser objeto de negociaciones con el gobierno de Estados Unidos: “esa es la posición básica”, decía Fidel. Que de esta manera colocaba el problema en una dimensión que trascendía el estado coyuntural de las relaciones con Estados Unidos, como efectivamente lo era.

La sutileza del término “figuras representativas de la comunidad cubana en el exterior” demuestra la objetividad de su mirada respecto a la situación política de lo que acontecía en esos momentos el seno de esta comunidad y las posibilidades de influencia de Cuba, en un contexto hasta entonces percibido como monolítico.

“No decimos representantes, porque ¿quién puede decir que representa hoy a la comunidad?”, y convocaba a participar a un grupo amplio de personas, con la sola exclusión de los líderes de grupos contrarrevolucionarios que se mantenían en activo. “No estamos dispuestos a negociar con la contrarrevolución”, decía enfáticamente, estableciendo las fronteras de un proceso que, sin embargo, concebía muy abarcador.

Según sus palabras, en el diálogo debían estar representadas “las clases trabajadoras, de los negocios, los profesionales. Si es amplia, mejor”, con lo que, además, establecía una división básica para el tratamiento del tema y deslegitimaba la supuesta representación que tenían los grupos contrarrevolucionarios dentro del conjunto de la emigración.

No lo hacía en un momento de paz, sino particularmente agudo en el enfrentamiento al terrorismo. Hay que recordar que apenas dos años antes se había producido la voladura del avión cubano en Barbados y la “guerra por los caminos del mundo” había extendido la actividad de estos grupos dentro y fuera de Estados Unidos, pero Fidel comprendía que lo decisivo en esta confrontación era la política norteamericana y lo señalaba entre los “factores” que posibilitaban el diálogo en esas circunstancias.

Refiriéndose a la política de Carter hacia Cuba Fidel decía: “El Gobierno de Estados Unidos puede haber tenido una influencia indirecta en esto, no por su política verbal sobre los derechos humanos, sino porque indiscutiblemente esta Administración puso fin a la política de apoyo a las actividades terroristas contra Cuba, a las actividades terroristas y las actividades contrarrevolucionarias con relación a Cuba. Y con esta política creó condiciones que nos permiten a nosotros dar algunos de estos pasos”.

Vale llamar la atención de que la masa de emigrados de entonces constituía lo que después se dio en llamar “el exilio histórico”, en su mayoría personas que mostraban una gran hostilidad hacia la Revolución y resultaban funcionales a la política norteamericana contra Cuba. Al respecto decía Fidel:

“Cuando triunfó la Revolución, Estados Unidos abrió las puertas de par en par, y trató de estimular la emigración, principalmente para dejar al país sin técnicos, sin obreros calificados, sin profesionales (…) también para disponer de un material humano con qué organizar la contrarrevolución”.

De esta manera fijaba un elemento clave para comprender las diferencias respecto a la situación actual: factores objetivos han determinado que la emigración haya dejado de ser la base social natural de la contrarrevolución, por lo que ya no son funcionales a la política más agresiva de Estados Unidos contra Cuba y ello devino uno de los factores que explican el cambio de esta política.

Tan temprano como esta fecha, ya Fidel daba cuenta de los cambios que se estaban produciendo en la emigración y, más importante aún, en la percepción de la sociedad cubana sobre esta problemática:

“Y nosotros necesitamos que el pueblo entienda esto –decía Fidel–, porque nosotros no solemos hacer nada de espaldas al pueblo ni en contra del sentimiento del pueblo (…). Si no se entiende no se puede hacer”. Entonces argumentaba “se ha ido produciendo un cierto cambio de actitud tanto en la masa de la comunidad cubana en el exterior como en la propia opinión de nuestro pueblo y de la Revolución en general”.

Ya se habían dado pasos para calibrar la actitud del pueblo cubano frente a esta política. De manera particular, Fidel resaltaba el impacto favorable que había tenido la visita de la Brigada Antonio Maceo un año antes: “esos muchachos no tienen ninguna culpa del drama que han vivido sus padres, del drama de la Revolución (…) ellos nos han facilitado a nosotros comprender un poco los problemas de lo que nosotros llamamos la comunidad”.

Y continuaba: “A algunos les ha llamado la atención que empleemos un nuevo término: la comunidad. Porque siempre se empleaban aquí –todos nosotros los hemos empleado– (…) los términos apátridas, gusanos, todo ese tipo de cosas. Yo creo que eran injustamente genéricos, eran un poco partiendo de la idea de que todos los cubanos estaban haciendo contrarrevolución o estaban haciendo terrorismo. Yo creo que esos términos fueron propios del calor de la lucha y de las pasiones de la lucha”.

El “diálogo” se llevó a cabo a finales de 1978 . Por parte de la comunidad cubana participó un grupo diverso, pero representativo, de las corrientes que se habían distanciado de la contrarrevolución tradicional y adoptaban posiciones de defensa a una solución negociada de los problemas.

Entre las 140 personas que asistieron había 30 representantes de la izquierda, 34 intelectuales, 19 dirigentes de organizaciones coexistencialistas, cinco religiosos, así como expersoneros del gobierno de Batista, varios miembros de la Brigada Invasora de Playa Girón –los cuales fueron expulsados posteriormente de la organización– y algunos expresos contrarrevolucionarios. También empresarios de origen cubano, con los cuales Fidel había tenido varios encuentros privados.

Entre los acuerdos estuvo la liberación de 3 600 presos contrarrevolucionarios y la autorización de que los emigrados visitaran a sus familiares en el país, cosa que hicieron más de cien mil durante el año 1979, a pesar de las amenazas y agresiones de los grupos terroristas. Por primera vez se establecía una clara distinción entre el sentir de la mayoría de la emigración y los grupos contrarrevolucionarios, lo que explica la intensificación del terrorismo contra la propia comunidad cubana en el exterior.

Esta política tuvo un impacto tremendo en Cuba y no fue fácil establecer un consenso a su favor entre los revolucionarios cubanos. Hasta el propio Fidel fue criticado como nunca antes y se vio precisado a reunir a los principales cuadros del país en el teatro Carlos Marx para explicarle las razones de la política.

Fui testigo de aquella reunión y, aunque no puedo citarlo literalmente porque con posterioridad no he tenido acceso a la transcripción, recuerdo una frase que marcó para siempre mi visión respecto a esta problemática. Más o menos Fidel dijo: “el arte de la Revolución ha sido convertir a los enemigos en amigos”.

En verdad las cosas no salieron exactamente como se pensaron, porque muy rápidamente cambió la coyuntura de las relaciones con Estados Unidos y en particular la crisis del Mariel provocó reacciones muy negativas respecto a la política hacia la emigración.

Con posterioridad vino la debacle del campo socialista y la crisis de los balseros en 1994, lo que Fidel aprovechó para que se firmaran los acuerdos migratorios que aún mantienen su vigencia, a partir de los cuales se transformó de manera significativa la composición social y las actitudes políticas de la emigración.

Al final, se impuso la lógica de los factores objetivos previstos por Fidel que condicionaban esta política, y si algo es destacable es que a pesar de los enormes avatares que coyunturalmente han influido en su aplicación, la continuidad es la tendencia que la caracteriza.

Para terminar, quisiera enfatizar algunos conceptos planteados por Fidel en 1978 que explican esta continuidad y refuerzan su vigencia en las condiciones actuales:

En primer lugar, aceptar el reto de la política excepcional de Estados Unidos hacia la emigración cubana, bajo el principio de que aunque Cuba no estimula la emigración, tampoco ha sido inflexible ni impositiva respecto a la decisión de las personas a emigrar del país. Lo cual se ha concretado de manera muy amplia en la reforma de la política migratoria de 2013.

Respecto a las visitas de los emigrados a Cuba, Fidel expresó que la aspiración entonces era que se concretara “como un derecho y no como una excepción” y aunque la ley aún no lo expresa con tal claridad para todos los casos, así viene manifestándose en la práctica en los últimos años.

Finalmente, en 1978 Fidel estableció un precedente teórico que creo debe orientar nuestra política hacia la emigración y potenciar nuestra capacidad de influencia hacia la misma. Para explicarlo, termino con una cita de este encuentro:

“(La) comunidad cubana, como todas las comunidades que están en otro medio, en otro medio nacional, digamos que trata de mantener su identidad nacional (…) No importa lo que sean, si es un millonario en la emigración o es un trabajador cubano en la emigración (…) no se trata aquí de un problema de clase, es un problema de tipo nacional (…) Y eso lógicamente despierta la solidaridad nuestra (…) No importa que ellos no simpaticen con la Revolución, pero a nosotros nos satisface saber –y lo vemos, lo comprobamos– que la comunidad cubana trata de mantener su idioma, sus costumbres, su identidad nacional cubana”.

[1] Salvo que se especifique otra fuente, las citas de este trabajo provienen de “Entrevista de Fidel con un grupo de periodistas cubanos que escriben para la comunidad cubana en el exterior y varios periodistas norteamericanos”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978.

(Tomado del boletín de la UNEAC, SE DICE CUBANO)

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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