Enseñar, enseñar y enseñar

 

Oscar Loyola, uno de los académicos más influyentes y respetados del Departamento de Historia de Cuba de la Universidad de La Habana, repasa parte de su vida y comenta sus experiencias como pedagogo durante más de 40 años de trabajo

Por EMILIO L. HERRERA VILLA nacionales@bohemia.co.cu
Fotos: RANDY RODRÍGUEZ PAGÉS fotografia@bohemmia.co.cu

7 de agosto de 2014

Doctor Oscar Loyola
En su extensa trayectoria docente ha impartido
más de una decena de conferencias en diversas
universidades extranjeras y en congresos de
historiadores. También ha publicado 58 artículos
y ensayos en revistas especializadas, tanto
nacionales como internacionales.

Pudiéramos discrepar de sus palabras, criticar su ironía, e incluso reprochar lo que podríamos considerar escasa capacidad diplomática –a la verdad desnuda, transparente-, pero no podemos negar el adjetivo de fantástico a ese mismo hombre que irradia sabiduría y respeto desde la cátedra.

Conformar el retrato del doctor en Ciencias Históricas Oscar Loyola Vega resulta inquietante, debido a esa dualidad irreverente y afectuosa que fluye con fuerza en su interior. “El profe Loyola” es demasiadas cosas juntas y con profusos contrastes entre ellas.

Sin duda, un intelectual, un investigador, un apasionado a la historia que busca y fundamenta los porqués de su vida. “Jamás alguien me obligó a hacer algo. Asumo cada acto de mi existencia hasta el día de hoy y tengo plena conciencia de ello. Nunca he olvidado el compromiso social con mi país; de violarlo no me llamaría Oscar Loyola”, le expresa a este periodista.

Una buena entrevista adquiere en razón de la calidad de las respuestas. Por eso yo buscaba refugio en la facilidad de palabra del historiador. De a poco su brillante conversación toma el protagonismo que le corresponde y deshace cada interrogante formulada. ¿Cómo no hacerlo si ante mi persona se erige en su condición de profesor titular, presidente de la Comisión de Grados Científicos de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de La Habana y miembro del Tribunal Nacional de Doctorados de Historia? ¿Cómo ser indiferente ante un académico que cuenta con un currículo impresionante: 19 páginas sin el fantasma del doble espacio?

Poco interés muestro en las preguntas que solo ensalcen los méritos profesionales. Más me atrae lo oculto, el misterio inherente a una imagen genuina, porque si algo no va a perdonarme este pedagogo es que traicione su esencia. Por ello, de forma tan espontánea como se inició este encuentro, deseo reproducir la historia del Dr. Oscar Loyola, o más bien mi historia sobre él.

-Muchas personas lo ven como un hombre difícil, porque siempre dice lo que piensa en cualquier momento o circunstancia. ¿Qué opina usted de la verdad?

-Resulta complicado saber cuál es la verdad, pero yo voy a asumir el criterio del historiador francés Henry Marrou: “La verdad es todo aquello que me haga sentir satisfecho conmigo mismo”. Si yo pienso que debo actuar de una manera puedo equivocarme, pero esa es mi verdad. Yo no asimilo verdades ajenas. De traicionar esta idea debería cambiarme el carné de identidad y ponerme otro nombre.

Presidencia del acto de graduación de la promoción “Oscar Loyola Vega”
Los graduados del curso l994 de la Universidad Michoacana
de San Nicolás de Hidalgo, en Morelia, México, denominaron
su promoción como “Generación Oscar Loyola Vega”, en
reconocimiento a la labor pedagógica de dicho profesor.
Este honor se otorgó por excepción a un intelectual no fallecido.

-¿Por qué la historia?

-Me gusta mucho esta definición: “La historia es la forma espiritual en que una cultura se rinde cuenta de su pasado”. Yo me enriquezco espiritualmente acercándome a la historia. A través de ella puedo saber quién soy y por qué estoy orgulloso de estar aquí. La historia otorga un sentido de pertenencia, te impregna una identidad colectiva, te hace sentir que formas parte de un conglomerado humano, situado en tiempo y espacio, con problemáticas determinadas de las cuales no logramos escapar ni aunque vivamos a cien mil kilómetros de distancia.

-¿Después de graduarse como historiador se especializó en las guerras por la independencia?

-Yo no lo escogí. A mí me fascinaba la Historia de Cuba de 1902 hasta la década del 30, pero cuando era muy joven aún el Departamento de Historia de Cuba dividió las etapas históricas entre diferentes profesores. Por múltiples factores, donde influyó directamente mi carácter y mi defecto de nunca quedarme callado y tratar siempre de interpretar los sucesos de forma crítica, les dieron este período a otras personas. A mí y a un grupo de compañeros de características similares, deseosos de impartir la historia del siglo XX hasta la Revolución, como los doctores Diana Abad, Eduardo Torres Cuevas y Arturo Sorhegui, se nos dijo que trabajaríamos la colonia. Fue bastante duro. Recuerdo que fuimos a la heladería Coppelia y allí nos prometimos que en 20 años había que contar con nosotros para tratar la colonia. Estudiamos e investigamos con ganas y por suerte no esperamos ese tiempo para hacernos sentir. Hoy les doy gracias a todos aquellos entes cuadrados y dogmáticos que decidieron por mí, porque todavía vivo enamorado de las guerras por la independencia.

-Si tuviera la oportunidad de presenciar un momento histórico, ¿cuál escogería?

-Por razones obvias, relacionadas con inquietudes históricas, “me gustaría vivir el 10 de octubre de 1868 y pararme delante del Padre de la Patria y decirle: “Carlos Manuel, deberías abolir tajantemente la esclavitud, no centralizar el mando, y no marchar sobre Yara sin la debida preparación. Evita algunos errores y ahórrame trabajo cada vez que explique este día en el aula.

Sevilla, España, 2001, junto al doctor Julio Le Riverand
En Sevilla, junto al doctor Sergio Guerra, durante una de
las actividades del Congreso de la Asociación de
Historiadores de América Latina y el Caribe del año 2001. 

“Claro, estas cosas las conoce el historiador porque vio toda la película; los protagonistas no, hicieron lo mejor que creyeron. No obstante, quisiera presenciar ese momento, pues resultaría increíble observar cómo a un grupo de personas, sin ninguna tradición patriótica, se le ocurrió pararse frente a una potencia cinco veces más grande que Cuba, 10 veces más poblada, y decirle: ‘¡Esto se acabó!’”.

-¿A cuál personaje histórico admira más?
-Me apasiona una figura que se estudia muy poco en Cuba: Máximo Gómez. Llegar desde otro país, sentir tantas desilusiones, angustias y maltratos de muchos hijos de esta tierra y a pesar de todo seguir luchando por esta Isla, amándola y entregando sus hijos a la causa independentista, me parece algo fabuloso y digno de admirar.

-Entonces, ¿le hubiera gustado impartirle clases a Máximo Gómez?

-Sinceramente, me hubiera encantado darle clases a Carlos Manuel de Céspedes. Discutiríamos mucho, porque el Padre de la Patria era una persona que nunca se quedaba callada y con un espíritu de lucha incansable. Si hubiera esa oportunidad, habría tratado de ser un profesor digno de él.

-Su obra recurre una y otra vez al pensamiento y a la acción de Gómez, Martí y Céspedes. ¿A qué se debe su interés por estos héroes?

-Son figuras troncales de la historia nacional. Los tres reflejan las mejores cualidades del cubano: combativo, impetuoso, fuerte de carácter, etcétera. Estuvieron por encima de las miserias humanas y supieron cargar en sus hombros los derechos de este país. Su amor por Cuba no puede olvidarse. Estar dispuesto a cualquier sacrificio por la patria es un mérito maravilloso. Por eso los admiro tanto.

En varias ocasiones el diálogo se interrumpe por alumnos de cursos pasados. Poco importa que estuviésemos en un rinconcito apartado de la Fundación Fernando Ortiz. Los estudiantes querían saludar a su maestro, gesto significativo para cualquier pedagogo y a la misma vez fuente de inspiración y reto para otros. Poco tengo que decir del doctor Oscar Loyola, pues esta entrevista habla por sí sola; lástima que estas líneas no plasmen la viveza de su mirada, o sus gestos más representativos. Ante la grandeza del profesor, continuaba siendo una entrevista más, otra que cualquier periodista pudiera hacerle… Sin embargo, mi ofuscación dura bien poco porque el historiador continúa la plática:

El doctor Oscar Loyola con su familia
La familia ocupa un lugar importante en la vida de Loyola.  

<

p style=”text-align:justify;”>“Un buen profesor crece constantemente con el intercambio de sus alumnos, entrando en contacto con ellos y conociendo sus problemas. No soy nada excepcional; soy un simple catedrático que aprovechó las oportunidades de la vida. Ayudar a un alumno cuya novia está embarazada y donarle la sangre para la interrupción, que me perdonen todos, es más importante que enseñarle la Guerra de los Diez Años, porque eso ayuda a sentirnos como seres humanos, fomenta la solidaridad entre las personas y denota una preocupación entre las generaciones. Yo pudiera ser el padre o el abuelo de ese alumno. La relación con los estudiantes me ayuda a mantenerme joven, a aprender de su vida y no convertirme en una pirámide de Egipto, varada en lo aprendido hace cien mil millones de años”.

-¿Qué es para usted una buena clase?

-Es cuando el alumno está en desacuerdo con una gran cantidad de planteamientos que el profesor le expone. Dicho en otra forma, una buena clase no es un monólogo de 50 minutos de una persona parada delante de un aula, sino una interacción lógica y productiva entre el alumno y el profesor. He tenido muy buenas clases en mi vida, pero cada vez tengo menos, porque los jóvenes llegan a la universidad con cientos de deficiencias. Se interesan más por oír y aceptar lo dicho por el docente que por polemizar con él.

-¿Piensa que está en crisis la enseñanza de la Historia en Cuba?

-Debemos ser justos: existe una gran preocupación por el Ministerio de Educación para mejorar la enseñanza de la Historia.
No es un secreto que la secundaria y el preuniversitario presentan los mayores problemas. Los errores en la pedagogía no se remedian ni en dos, ni en cinco años. Las deficiencias duran casi dos generaciones, y resolverlas, muchos años. La enseñanza de la Historia a cualquier nivel requiere profesores, motivaciones y métodos especiales. No obstante, la historiografía cubana actual tiene una salud muy grande. Los jóvenes investigadores crean contenidos con ópticas diferentes a la de mi generación. Producto de ello ha aparecido una gama de temáticas que enriquecen esta asignatura y la desarrollan. Cada vez se imbrican más los saberes: la Historia ligada a la cultura, a la Sociología, la Psicología, etcétera. Todo esto permite una eclosión de nuevos estudios realmente muy buenos.

-Hábleme de la “Generación Oscar Loyola Vega”, de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, en México.

-Durante los años 90 existía un intercambio en diferentes materias entre la Universidad de La Habana y la Universidad Michoacana. Era muy positivo para ambas partes. Yo fui a cumplir con mi trabajo y meses después los alumnos mexicanos me mandan un diploma diciendo que querían ponerle mi nombre a su generación.
Reunieron el dinero del pasaje y me invitaron a la graduación. El acto fue hermosísimo y emocionante. Allí tuve una experiencia que nunca la tendré afortunadamente en Cuba. En ese grupo se graduaba una muchachita de una comunidad indígena del estado de Morelia. Era la primera universitaria de su etnia. En medio de la gala, la madre de la joven quiso conocer al profesor que llegó de quién sabe donde, porque no sabían ni que Cuba existía, a darle clases a su hija. En el teatro y delante de todo el mundo aquella mujer se arrodilló y me besó los zapatos. Yo no sabía cómo reaccionar, imagínese. Me agaché y casi cargué a aquella india diciéndole que no hiciera eso. Sin embargo, la hija me detuvo y me expresó que su madre tenía que agradecérmelo de esa forma. Fue un choque muy brusco de culturas y de civilizaciones. No obstante, saber que existe un grupo de graduados con mi nombre, estando aún vivo, representa una gran satisfacción.

-¿Cuál investigación tiene un significado especial para usted?

-Mi tesis de doctorado sobre la dirección revolucionaria en la Guerra de los Diez Años, o sea, cómo se plantea la dirección de una revolución sin experiencia conducir una guerra anticolonial que debe cumplir dos funciones: expulsar a la metrópoli y dar paso a un gobierno completamente distinto. Tengo especial cariño por esta investigación, porque me ha ayudado en todo lo que he escrito hasta la fecha.

-De todos los premios y distinciones recibidos, ¿cuál guarda con mayor cariño?

-Poseo un galardón que no puedo enseñar; no es material. Un día llegué al aula en el mes de junio, sudando salvajemente y agobiado por el “camello”. No podía soportar el calor y comenté delante del aula lo siguiente: ‘¿Por qué mi madre no me habrá parido en Finlandia?’ Y una muchachita que nunca hablaba, sentada al final del aula me dijo: ‘Usted sería muy desgraciado en Finlandia, porque no podría explicar Historia de Cuba’. Eso me estremeció y me pareció un homenaje tan lindo que jamás se me ha olvidado. Tenía razón; yo nunca hubiese sido feliz en Finlandia, porque me faltaría mi pedacito de patria.

-Pero ¿cree que su trabajo ha sido reconocido?

-Esa pregunta depende de quién me lo reconozca. Yo estoy muy feliz por esta entrevista, porque es una forma de reconocer mi trabajo. Soy muy feliz de llegar a la facultad y que los alumnos vengan a saludarme. Soy muy feliz cuando un joven en cualquier congreso me cita sin saber que estoy allí. Por esas cosas, que a simple vista parecen pequeñas, no puedo quejarme de reconocimiento. Pero las estructuras oficiales se mueven de otra manera. Ahora no voy a hablar solo por mí, sino por una gran cantidad de mis compañeros que piensan lo mismo: a los profesionales de las ciencias sociales, dígase historiadores, periodistas, psicólogos, etcétera, se les reconoce muy poco su trabajo. El nivel de reconocimiento colectivo no funciona de la misma manera en todos los renglones. Escasean los estímulos morales y materiales. El gremio del historiador carece de una medalla para el trabajo histórico serio. No hay un reconocimiento especial y es muy desilusionador para todos porque muchos de nosotros nunca hemos dejado de investigar.

-¿Algo más?

-Sí, se queda algo y quiero que esto salga publicado. No lo elimines: “Créalo o no, esta es la primera entrevista personal que un periodista me hace en más de 40 años de trabajo”.

-¿Cómo le gustaría que se titulase este trabajo?

-Me has sorprendido y no sé qué decirte… El título debe definirme, tal vez… no sé… ¡Ya lo tengo! Enseñar, enseñar y enseñar. Esas palabras resumen toda mi vida.

Acerca de Dialogar, dialogar

Historiador, investigador, papá de María Fernanda y Alejandra
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